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Bogotá, una ciudad que respira vitalidad a 2.600 metros

Escribe: Marcela Beltrán Gómez

Son las 5:30 de la mañana, el canto del copetón que adorna los parques bogotanos anuncia que el día está por empezar, poco a poco el cielo aclara y la ciudad comienza un movimiento frenético que va hasta altas horas de la noche.

Así, todos los días esta ciudad de más de 8 millones de habitantes, se transforma en una urbe con múltiples ofertas culturales, gastronómicas y turísticas para quienes deseen ver la otra cara de la capital.

 Ubicada aproximadamente a 2600 m sobre el nivel del mar, Bogotá se ha convertido en el hogar de miles de colombianos, quienes se han asentado en esta tierra cuyas calles son testigos de los cambios políticos, sociales y económicos de un país con más de 200 años a cuestas.

Si bien los libros de historia adjudican la fundación de la ciudad a Gonzalo Jiménez de Quesada el 6 de agosto de 1538, algunos textos argumentan que la fundación jurídica de la ciudad se llevó a cabo 8 meses después en presencia de Nicolás de Federmán y Sebastián de Belalcázar, quien ya seguía una travesía desde el sur del país. No obstante, con el correr de los años fue Jiménez de Quesada quien se quedó con el honorífico título de fundador. Hoy el punto en el que se cree se asentó el primer campamento militar que dio origen a Bogotá está ubicado en el Chorro de Quevedo, una emblemática plaza ornamentada con una fuente que conecta a través de callejones angostos al resto de La Candelaria.

Este sector inmerso en pleno corazón de Bogotá cuenta con una amplia variedad de hoteles y restaurantes que ofrecen lo mejor de la gastronomía local e internacional. Sus coloridas casonas fueron hogar de ilustres personajes como el poeta bogotano José Asunción Silva y el político Gilberto Alzate Avendaño, además de guardar entre sus muros historias de ultratumba.

MONSERRATE

UN CERRO QUE TODO LO VE

Ubicado en lo alto de los cerros orientales, esta elevación insignia de Bogotá, recibe cada semana a miles de visitantes que por medio del funicular, teleférico o camino peatonal, ascienden al templo cuya construcción finalizó en 1925. En el Santuario se exhibe una talla en madera del Señor Caído de Monserrate, elaborada por Pedro de Lugo y Albarracín en el siglo XVI.

Ya en el interior del Santuario los más creyentes tienen un espacio de reflexión y en donde a través de varias capillas laterales y un oratorio en la parte posterior del altar central, tienen la posibilidad de alejarse por un instante del ruido y lograr una conexión espiritual con el lugar. Cientos de placas con  agradecimientos por los favores recibidos adornan los muros de la nave occidental del Santuario.

Desde la cima se tiene una vista panorámica de la ciudad hacia el occidente, muchos turistas tienen una visual privilegiada, pues en días despejados se alcanzan a ver los nevados del Ruiz y del Tolima. El mirador es un punto obligado para los turistas, quienes aprovechan el paisaje para hacerse fotos y ver la inmensidad de la capital. “Mire, se ven la pista del aeropuerto y el techo del Campín” señala un joven a un grupo de amigos. “Uno ve realmente lo grande que es Bogotá desde aquí”, asegura.

DISTRITO GRAFITI, Urbe de colores

 Los muros de La Candelaria hablan por sí solos. Entre los estrechos callejones de esta localidad, decenas de artistas del grafiti han dejado su huella con códigos que dan cuenta de este arte que hoy cobra fuerza en la ciudad y que poco a poco se ha ido ganando espacios en Bogotá. La calle 26, los barrios Santa Fe y Puente Aranda, cuentan con una importante galería del grafiti para que los turistas y locales disfruten de esta expresión artística.

Hoy Bogotá es un epicentro dentro de la escena del grafiti en todo el mundo y es quizá esa importancia que ha cobrado la ciudad que se han destinado galerías para que los colectivos y los artistas urbanos dejen huella en los muros que utilizan como lienzos en blanco. Con aerosol y vinilos, 21 artistas plasmaron sus diseños en Distrito Grafiti, un espacio ubicado en Puente Aranda, al occidente de Bogotá y que busca convertirse en un paso obligado para los viajeros que visitan la capital.

“Los seres humanos desde sus inicios han escrito en los muros porque siempre han tenido algo que contar”, asegura Mulato, quien desarrolla proyectos artísticos urbanos con grupos juveniles en el centro de Bogotá. Esta muestra contó con la participación de artistas provenientes de Colombia, Perú, Francia y Estados Unidos, artistas que ven en la ciudad un excelente escenario para el desarrollo de proyectos encaminados al grafiti y el muralismo, una técnica que se percibe en diversos espacios de la ciudad y en los que artistas como Carlos Trilleras ha fijado una clara posición entre resistencia indígena y arte urbano, una mezcla que los turistas disfrutan a su paso por la capital.

ESMERALDAS, VERDE PARA TODOS LOS GUSTOS

Crónica (1)La riqueza natural del altiplano cundiboyacense ha convertido a esta zona de Colombia en un importante punto para la extracción de esmeraldas, un mineral que ha sido reconocido en todo el mundo y que anualmente traen al país a cientos de coleccionistas, joyeros e incluso geólogos, que se sienten atraídos por esta piedra. Bogotá no escapa de ser un referente para adquirir el precioso mineral, por eso algunos guías optan por incluir en sus tours recorridos por importantes tiendas como Galería Minas de Colombia o el Museo Internacional de la Esmeralda, dos emblemáticos lugares que dan cuenta de una tradición minera en la región.

Allí, con la seguridad de un búnker militar, el verde de las piedras reluce entre los mostradores que exponen las piezas, joyas de todos los estilos que llevan impresa parte de una tradición que ofertan con elegancia: “Aquí recibimos a turistas de todas partes del mundo quienes quedan fascinados con el trabajo que hacemos”, cuenta una de las encargadas del lugar.

Al ingreso, los turistas ven a escala el proceso de extracción de la esmeralda y cómo el departamento de Boyacá cuenta con importantes minas que ubican al país como el segundo productor de este mineral en el mundo, pero el primero en pureza y valor. Más adelante, un hombre de avanzada edad pule con precisión una esmeralda que poco a poco toma la forma para un juego de pendientes. Con la habilidad de un experto, maniobra su maquinaria que enfoca con un enorme lente bajo sus ojos para detallar la piedra que trabaja. En las manos talentosas de los pulidores está el valor de las esmeraldas, pues gracias a las formas que obtienen, el costo de una pieza puede ascender a los miles de dólares.

Por su parte, el Museo Internacional de la Esmeralda, ubicado en el piso 23 del edificio de Avianca en pleno corazón de Bogotá, se ha convertido en un espacio donde los turistas pueden, además de contemplar la belleza del mineral verde, conocer algunos aspectos de la geografía e historias de la región ligadas a la esmeralda.

A DOS RUEDAS POR LA CIUDAD

Las calles de Bogotá están siendo tomadas por los biciusuarios, quienes han encontrado en este medio una alternativa de transporte ecológico y por qué no, muy saludable. Junto a esta iniciativa la ciudad presta algunos planes turísticos a bordo del popular caballito de acero y que para los turistas se convierte en una manera interesante de conocer la capital. Sobre toda la calle 4 entre carreras 12 y 13, se encuentra uno de los puntos que ofrece el servicio. A través del portón de madera se asoman tímidamente decenas de bicicletas que están dispuestas a esperar a los viajeros para emprender un recorrido por las concurridas calles de Bogotá.

A lo lejos, un grupo de 6 turistas deciden aventarse a la calle para conocer, de manera más experiencial, lo que significa rodar por la ciudad. Entre los recorridos más populares se encuentran la Carrera Séptima hasta el Planetario Distrital, la plaza de mercado Las Nieves, ubicada en la carrera 8 con calle 20, abajo de la plazoleta del mismo nombre; la calle 26, un plan para visitar los grafitis de la zona, Teusaquillo y los murales del barrio Santafé. Por cerca de dos horas los viajeros, que van en ordenada fila india custodiados por dos guías, tienen la posibilidad de hacer paradas explicativas con historias de la ciudad; adicionalmente quienes hacen el tour cuentan con extensiones para las bicicletas en caso de que algunos visitantes no sean expertos, y si la lluvia amaga interrumpir el viaje, los guías llevan consigo capas plásticas para mitigar los impases del clima capitalino.

“Esta es una experiencia única, la verdad así se tiene otra visión de la ciudad”, cuenta un turista chileno, quien a pesar de la lluvia disfruta al máximo de este bicipaseo por Bogotá, una ciudad que poco a poco le ha ido apostando a este medio de transporte. Por su parte, uno de los guías asegura que a pesar de llevar años sobre una bicicleta, lanzarse a las calles siempre será un reto para ellos, por eso al cerrar la caravana siempre el último será un guía para atender cualquier eventualidad.

RITMOS DE LA NOCHE CAPITALINA

La noche cae en Bogotá y muchos habitantes inician como en procesión su regreso a casa; sin embargo, algunas zonas del centro de la ciudad se preparan para iniciar una jornada a ritmo de bugalú, guaguancó y son cubano que llenan de ritmo las frías noches capitalinas.

“Cali es reconocida por ser la capital de la salsa, pero Bogotá poco a poco ha ido mostrando una propuesta interesante en el género”, comentó Germán Ortiz, creador de Salsa Tour y quien acompaña a los turistas, en su mayoría extranjeros, a sumergirse en bares especializados.

Casi siempre, el recorrido inicia con una rápida clase de baile en alguna academia de salsa en Bogotá, esta vez el lugar elegido es en el barrio Modelia, al occidente de la ciudad. Allí el instructor guía los primeros pasos de baile para, posteriormente, hacer una pequeña coreografía en grupo. Se enseñan pasos básicos, a dar vueltas y a integrar los brazos y los pies al son de la música. Una vez se tienen nociones sobre cómo defenderse en la pista, el tour se dirige al centro, un punto importante para los amantes de la salsa, pues allí hay una amplia variedad de bares en donde la técnica es lo que menos importa y donde el ambiente está impregnado de la música y las letras de Pete Rodríguez, Joe Cuba, Celia Cruz, Richie Ray y Bobby Cruz, entre otros genios de la canción.

Y es que gracias a esa multiculturalidad que ofrece Bogotá, hoy por hoy la salsa no es solo un asunto de rumba, sino que ha ido forjando orquestas y bailarines que ganan reconocimiento en Colombia y el exterior. Festivales como Salsa al Parque son un claro ejemplo de que en el interior del país, a pesar del frío, la salsa calienta la sangre, pues este evento reúne anualmente más de 35 mil personas en escenarios como el Parque Metropolitano Simón Bolívar.

LA CANDELARIA, UN PUNTO DE ENCUENTRO CON LA HISTORIA

Calles con portones de todos los colores, muros aferrados al tiempo y balcones que evocan la época republicana en el país, son las fachadas más recurrentes en el corazón de La Candelaria, un espacio que mezcla la cultura, la historia y el buen comer.

Cientos de personajes ilustres de la vida nacional dejaron su huella en esta localidad, como Simón Bolívar, quien el 25 de septiembre de 1828 tuvo que saltar por la ventana del Palacio Presidencial, hoy Palacio de San Carlos, para salvar su vida de los soldados que comandaba el militar venezolano Pedro Carujo y cuya hazaña se recuerda a través de una placa al borde del antiguo ventanal. El peso de la historia en esta localidad también ha estado teñido de sangre; uno de los episodios más recordados fue la violencia que desató la muerte del caudillo Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, cuando iglesias, comercio y entidades gubernamentales fueron saqueados por un pueblo sediento de venganza.

Hoy el edificio en el que funcionaban las oficinas del DAS para la época es un importante conjunto de apartamentos con restaurantes en su sótanos que guardan el misticismos propio de una ciudad llena de fantasmas.

Recorrer el centro de Bogotá es encontrarse con historias que datan del siglo XVI, cuando los colonizadores españoles hacían presencia en el Nuevo Reino de Granada y la religiosidad era un elemento fundamental dentro del sistema social, económico, político y cultural. De esta época y posteriores, se mantienen intactas iglesias y capillas que reciben con agrado la visita de los turistas que observan en sus inmensos altares el delicado trabajo orfebre que habitantes de aquella Bogotá hacían en nombre de Dios.

La Bordadita, ubicada junto al claustro de la Universidad del Rosario, la iglesia de San Francisco, ubicada sobre la carrera séptima con Avenida Jiménez, la iglesia de San Agustín, que se encuentra sobre la calle 6 con carrera 7, son solo algunos de los templos que aún hoy se conservan de la Bogotá de antaño.

Con la vigilancia de sus dos cerros tutelares, Bogotá es un referente para el turismo nacional y del mundo, pues a través de su aeropuerto miles de viajeros se encuentran con una urbe de concreto que alberga no solo a los nacidos en esta ciudad, sino a miles de colombianos que aquí han encontrado importantes oportunidades laborales. No en vano cachaco y rolo no significan lo mismo dentro de la ciudad: “Los cachacos son aquellos bogotanos de padres, abuelos, y demás generaciones bogotanas; mientras que los rolos son aquellos que llegaron a la ciudad y tuvieron la necesidad de ‘enrolarse’ en la ciudad, es decir, el rolo es aquel bogotano de padres provenientes de otras partes del país”, cuenta Fabián Correa, un guía turístico de la ciudad.

CERROS ORIENTALES, UN UNIVERSO DE VIDA NATURAL

El gris de la ciudad contrasta con el verde de los cerros orientales, un pulmón que oxigena la agitada vida de los capitalinos. Por eso desde hace un par de años, guías, caminantes y amantes del campo y la vida natural han desarrollado travesías entre los bosques andinos tradicionales de la zona. Óscar Manuel Gómez es guía profesional de turismo de naturaleza y conoce los senderos apropiados para disfrutar de esta experiencia en las faldas del cerro de Guadalupe: “Por seguridad, los recorridos pueden hacerse los sábados, domingos y lunes festivos desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde, porque hay presencia de policía que custodia el sendero”, argumentó. En los alrededores de la quebrada hay una gran variedad de plantas y animales que brindan un equilibrio en el ecosistema, además de encontrarse cara a cara con el primer acueducto de la ciudad que data de finales del siglo XIX y que utilizó las aguas de este nacimiento en las faldas del cerro Guadalupe.

Gladys Mayordomo, intérprete ambiental comunitaria, ha vivido en estos cerros desde niña, y recuerda con alegría los días en que la quebrada Vicachá, conocida también como San Francisco desde la época de la colonia, ofrecía un paisaje digno de postal para los habitantes de la zona. “Veníamos con mi papá, caminábamos estos lugares y él nos contaba historias como la del venado de oro”, un cuento popular que data de la época de la colonia, pues durante la llegada de los españoles, los muiscas aprovecharon parte de esas montañas para ocultar los tesoros y ofrendas en oro que disponían en sus ceremonias.

La leyenda dice que un joven portugués llamado Diego Barreto se enamoró perdidamente de Inés Domínguez, hija de una importante comerciante de la capital y quien no veía con buenos ojos la relación entre ambos. En una ocasión el padre de la muchacha, Pedro Domínguez, tuvo un altercado con Barreto quien en medio de la diputa hirió de muerte a Domínguez y lo dejó en el portón de su casa mientras huía de las autoridades hacia los cerros orientales. En medio de la huida y buscando dónde escamparse, se escondió en una pequeña cueva donde vio un venado de tamaño normal hecho en oro junto a otras piezas ceremoniales. En vista de que no podía salir por ser prófugo de la justicia, decidió quitarle los cuernos al venado para volver por el botín más adelante, por eso clavó su espada en el lugar para tener una señal que lo guiara a su nueva fortuna. Cuatro años después de emprender su aventura, Diego regresa a Bogotá en busca del venado que yacía oculto en los cerros, sin embargo Pedro Domínguez, quien se había recuperado de las heridas lo esperó en un callejón donde lo asesinó con su espada mientras gritaba “venganza por mi agravio”. El secreto del venado de oro quedó silenciado para siempre, y aunque se han descubiertos pequeñas piezas de oro que reposan en museos de la ciudad, la leyenda del gran venado de oro sin cuernos todavía retumba en la mente de quienes buscan con afán volverse ricos.

SABORES DE LA CAPITAL

Debido a su diversidad cultural, Bogotá se ha caracterizado por contar con una importante oferta  gastronómica para los viajeros que desean disfrutar un par de días en la capital. Cocina local, nacional y extranjera hace que quienes visitan la ciudad se lleven en sus paladares una pequeña muestra de lo que tiene el país para dar y convidar. Quizá uno de los atractivos más importantes está en las catas de café y cacao que se realizan en algunos restaurantes al norte de la ciudad, lugares donde la experiencia va más allá de degustar una simple taza de café, pues como si se tratara de una pequeña escuela, los visitantes tienen la posibilidad de ver cómo se filtra el café y cuáles son sus cualidades más representativas.

Ahora, los platos típicos del altiplano bogotano también tienen características únicas para disfrutar. El ajiaco santafereño es el plato por excelencia, eso sí acompañado siempre de alcaparras y crema de leche que le dan un toque típico. El canelazo: aguapanela con aguardiente y canela; y el carajillo: tinto con aguardiente, calientan los cuerpos de los capitalinos en las noches frías de la sabana. Y ni qué decir de los jugos de frutas como la curuba, que refrescan los almuerzos tradicionales.

Así es Bogotá, una ciudad multicolor que ofrece a sus viajeros una nueva alternativa de turismo ciudadano; a través de su aeropuerto y terminales de bus, la capital del país está dispuesta a darle la bienvenida a todo aquel que desee pasar unos días por la ‘nevera’ del altiplano cundiboyacense.

Agradecimientos:

Alcaldía Mayor de Bogotá

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