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Jardín de Antioquia

Fotografías: Daniel Bustamente. Cámara Lúcida

Si Antioquia es la casa de todos quienes moramos este vasto territorio, hay que decir que como toda casa, esta también tiene su Jardín.

Está ubicado en una leve planicie en la muy quebrada región del suroeste de Antioquia. Es un municipio que desde que se ingresa por una curvosa vía entre pinos, matarratones, guaduas y helechos, hace agradable la visita. Jardín es un deleite a los sentidos que queda a 134 kilómetros de Medellín y muy cerca del departamento de Caldas.

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Detalle parque principal.

Llegar a Jardín es sentir que ya lo estaban esperando. La gente es amable. Además, en el parque hay centenares de taburetes dispuestos para que el visitante se eche una siestecita después de unas tres largas horas de recorrido. Taburetes rojos, verdes, azules, amarillos y más verdes y más rojos y más azules hechos todos en cuero burdo y en madera. Y tan atractivos a la mirada y al tacto.

Si llega muy cansado se toma una manzanilla o un café cerrero. Luego puede echarse una ojeada por el entorno. Su mirada golosa quedará plena cuando se tope de frente con esos balcones en estilo republicano y esas casas de tapia y de tejados de barro, en lontananza cultivos de café en tonalidades verdes darán el marco perfecto para esa infaltable postal.

Luego, puede darse una pasada por la casa de Clara Rojas. Sí, en este privilegiado pueblo también vivió Clara Rojas, y la gente pregunta que dónde y que cómo así…. Pero no se trata de la famosa ex secuestrada ahora investida de líder política. La de Jardín quizá no sea tan sobresaliente pero hizo bastante por su gente. Esta dejó dicho en su testamento que su añosa vivienda (construida en 1880) sería donada al municipio. Para fortuna el municipio la adecuó para que los visitantes supieran algo sobre la forma de vida de dos o tres o diez generaciones atrás.

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Práctica de parapente recreativo

Esta casa, ubicada en el costado sur del parque, “tiene de todo como en botica”. Funciona como museo y en ella hay utensilios que usaron nuestros abuelos, comenzando por “el pato” que alcanza a verse debajo de una cama, que la cubre un tendido hecho con retazos; pero también, en esa búsqueda de sumar “historias de sujetos y objetos”, como plantea el amable guía Roberto Luis Díaz Chaverra, allí está la cámara fotográfica, y está el pilón para el maíz, y están los retratos de los prohombres que le han dado nombre a este pueblo, !como si a este territorio derrame de bondades de la naturaleza le hiciera falta el buen nombre!

Luego de terminar el recorrido por los zaguanes o el florecido patio, podrá pensar en otros sitios por visitar, porque claro, el pueblo en sí mismo ya es motivo de visita con sus balcones y sus tejados.

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Casa de balcones coloridos

Según dice el guía –quizá con un demasiado amor propio- en su pueblo se pueden disfrutar cinco formas de turismo y el menciona el religioso y claro no puede perder de vista que está a los pies de uno de los templos más hermosos de Colombia, la Basílica de la Inmaculada Concepción, tan semigótica, con sus dos torres plateadas que se alargan al cielo. Y le recuerda el turismo ecológico, con sus vistas de pájaros vernáculos de esta región, y del ecoturismo recorriendo los senderos de herradura y los puentes sobre las fuentes de agua; o del turismo para los deportes extremos que puede realizar en la cueva de los Guácharos o en la Cueva del Esplendor o en el Salto Ángel (Jardín también tiene su salto ángel como Venezuela) o de la Cascada de la Tebaida. Es muy probable que si le ven ánimos lo inviten a echarse una caminada falda arriba hasta el Cerro del Cristo Rey desde donde se tiene la mejor vista del casco urbano y sus contornos, y donde si aún tiene arrestos lo inviten a tirarse en parapente por la módica suma de 90 mil pesos o le digan que en el otro lado pueden ir por los aires sostenido de cables o de garruchas.

-Ah y claro, turismo de salud también tenemos –dice Díaz- el que se logra con la tranquilidad y los 19 muy sanos grados de temperatura que tiene este pueblo.

Estos atractivos y una docena más, son los que hacen de Jardín uno de los pueblos más visitados de Colombia. Y aquí todos han querido quedarse, desde el envigadeño Indalecio Peláez que llegó y echó firmas acá. Eso dice la historia oficial. Pero detrás de él llegaron de Envigado, y de Rionegro, de Marinilla y de San Vicente, que fueron mezclándose o conviviendo con algunos nativos hasta conformar este pueblo paradisíaco de 17 mil habitantes.

Un siglo después quieren venir y hasta quedarse tantos extranjeros. En el parque le ofrecen parcelaciones en áreas rurales que a los venidos allende nuestras fronteras tanto les gustan. Ya hay  escrituras. Y también vienen otros a echarse una vueltica un fin de semana. Como Deni Guenard, un “machine operator” canadiense, que tomaba cerveza Club Colombia y miraba un cunchito de aguardiente que le quedó de la noche anterior. Genard fue invitado por Angélica Sánchez, psicóloga pereirana pero radicada en Medellín, que vino hace unos meses y quiso mostrarle a su amigo este que para ella es uno de los sitios más hermosos de Colombia.

Jardín (5)– Es beatifull, me gustan las montañas, la people es amable –dice Genard.

-¿Volvería?

-Yeah! –abre sus ojos verdes y sonríe.

Enseguida, Angélica me traduce que le gustó el paisaje colorido y que además las Club (cerveza) son baratas. Y el aguardiente rico.

DULCES DE ARRACACHA

En los catálogos quizá no se enfatice tanto en ello. En el voz a voz en el pueblo sí es verdad de a puno:

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Tienda de dulces típicos

-Tiene que ir a la Casa de los dulces si quiere decir que estuvo en Jardín.

Pida la dirección pero a una cuadra de distancia sabe que ya está cerca: un aroma tibio y dulzón se filtra por encima de los tejados o camina por entre los zócalos coloridos de este pueblo. La Casa de los dulces, que realmente se llama Dulces de Jardín, queda en el costado sur del pueblo, en la Carrera Ricaurte.

Allá lo reciben con una sonrisita y le enciman una degustación. Si tiene suerte seguro lo atiende Mariela Arango Jaramillo, una mujer entrada en sus cincuentas y de modos amables, quien a mediados de los años noventa comenzó a vender jalea y gelatina de pata de res, y ese negocio hoy por hoy es un atractivo turístico del pueblo.

Doña Mariela le sirve un café oscuro –molido ahí mismo – y de una le dice que eso que nació con un producto entregado de casa en casa y quizá llevado mal empacado o por lo menos con pocos esmeros, se transformó en surtidos estantes  donde ya se encuentras panelitas, jalea, galletas y hasta 50 productos entre dulces y cafés.

Y todo es sin colorantes ni conservantes. Recetas caseras

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Dulces de arracacha y mora

Dice esta amable mujer. Dulces del Jardín es una fami-empresa donde le apuestan a lo autóctono como una forma de darle valor agregado a su terruno, como una forma de hacer parte de las bellezas de este pueblo.

Quizá por ello, doña Mariela y sus dos decenas de trabajadores les apuestan a las mezclas, al ensayo y error hasta encontrar las fórmulas perfectas. Y ya entre sus ofrecimientos están dulces de arracacha (un tubérculo que no gusta mucho ni siquiera en sopas); dulce de pétalo de rosa, cultivadas en el solar o en algunos jardines de donde la llaman para que los recoja; el dulce de jengibre: cuya evocación sola hace estragos en la garganta, que lo llevan como medicina para mezclarlo con limón o jugo de naranja; el dulce de uva Isabela y el arequipe café y moca, con chocolate. Hay un largo etcétera de sabores como los turrones de fruta, con cáscara de limón, de naranja; o los dulces donde mezcla frutas: pina con coco y papaya para hacer panelitas. Arequipes, dulces de fresa, de arazás, panes, arroz con leche, trufas y todo lo que permita la imaginación.

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Dulces de arracacha y mora

En este sitio llaman la atención la buena presentación de la casa, pero también los productos bien empacados. Algo de coquetería, de mano de abuela. Participó de Antójate de Antioquia en 2005 y ganaron seis premios, entre 100 posibilidades. Fue destacada por la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia. El dulce que más piden es “todo”. Dan degustaciones. El que más se vende el de arracacha, y el café moca.

Pero ella, que sabe de recetas pero que ama su pueblo, nació y se crió en una vereda, dice que “lo más delicioso, el aire y la tranquilidad, y la hospitalidad”.

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