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LA DIVINA PROVIDENCIA & SANTA CATALINA, ISLAS TOCADAS POR LA MANO DE DIOS

Escribe: Gustavo Giraldo Giraldo

Desde el mismo momento de desembarcar en el aeropuerto El Embrujo, de manera irresistible uno queda atrapado en el hechizo de Providencia y Santa Catalina. Y no queda más remedio que rendirse ante el dulce encantamiento que las islas producen en todos los sentidos, ante la espontánea cordialidad y calidez con las que reciben al viajero cada uno de los cinco mil doscientos habitantes de este territorio colombiano de ultramar.

Fotogafías: Cámara Lúcida

Fotogafías: Cámara Lúcida

La isla de Providencia está rodeada por una carretera circunvalar pavimentada, construida entre el mar y la montaña como un anillo ondulado que sube y baja gradualmente a lo largo de diecisiete kilómetros. Salir de El Embrujo y seguidamente transitar por esta vía, apenas es el abrebocas y puerta de entrada para ingresar en un mundo de tranquilidad, paz y belleza abrumadoras. Porque a medida que se recorre este camino, en cada curva y recodo aparecen deslumbrantes y maravillosas panorámicas, increíbles visiones donde la luz juega con el mar tiñéndolo de mágicos colores. Y las palabras se quedan cortas para contar o describir el paraíso inefable que encierra Providencia: una de las perlas más hermosas y brillantes ensartadas en el collar de las islas del Caribe colombiano. En Providencia y Santa Catalina, donde músicos, navegantes y contadores de historias se dan silvestres, el común de sus gentes habla tres idiomas: español, inglés y creole (los isleños pronuncian criol) o criollo antillano. Este último responde a una construcción lingüística caribeña entre la que se mezclan y navegan libremente palabras derivadas del holandés, inglés, francés, español, papiamento y hasta del mandinga africano. De esa añeja alquimia del verbo, del creole que se habla y flota por doquier en el aire de las islas, resulta una mixtura cadenciosa y musical que subyuga con su secreto poder el oído de quien la escucha,  aunque no domine o entienda esa lengua.

Fotogafías: Cámara Lúcida

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 MC DORMIC WHITAKER, THE KING OF STONES

Día por día, piedra por piedra, levanta tu casa, construye tus sueños. (San Francisco de Asís)

Con su sabroso gagueo en tres idiomas, el venerable señor Mc Dormic Whitaker, rey de las piedras, es un símbolo esencial para entender el alma profunda de las is-las de Providencia y Santa Catalina. Siempre soñó con vivir y construir con sus propias manos una casa que se pareciera a las montañas y ahora es dueño de una hermosa edificación hecha de piedra, que a su vez está cimentada sobre una gran formación pétrea frente al mar, en la ladera de una colina del barrio San Felipe, donde Mc Dormic ha vivido toda su vida, querido y respetado por toda la comunidad.

Desde niño estuvo en contacto íntimo con las montañas, arando y trabajando la tierra para cultivar plátano, yuca, ñame, naranja, banano, mafafa, maíz, además de toda clase de fríjoles como el guandul, un tipo de fríjol de palo parecido a la lenteja que otrora se exportaba, al igual que el coco. Además de agricultor, Mc Dormic ha sido pescador, navegante, buzo, guía de turismo, escultor, investigador y cultor de danzas y músicas raizales, además de lo que considera su obra de vida: maestro constructor, ingeniero y arquitecto autodidacto. Su casa crece y se incorpora de forma orgánica a la montaña, a medida que de manera artesanal le añade nuevos cuartos, salones, miradores, terrazas… y no sabe cuándo la terminará, porque ni su ímpetu ni sus sueños tienen límites.

Por lo pronto, su casa también se ha convertido en escuela de constructores, donde él es maestro y alumno al mismo tiempo. Al respecto, dice: “La gente cree que bruto es el que no sabe y quiere aprender, pero yo creo que bruto es el que sí sabe y no quiere enseñar”. Un ejemplo de la generosidad para compartir saberes son las bellas y serpenteantes escaleras que conducen hasta su casa, que aprendió a hacer en compañía de José Utría, un indígena venido de la Sierra Nevada de Santa Marta a quien llaman cariñosamente José Piedra.

“La gente cree que bruto es el que no sabe y quiere aprender, pero yo creo que bruto es el que sí sabe y no quiere enseñar”.

Él le enseñó los secretos del acopla-miento sin ángulos rectos, que da mayor solidez y estabilidad a cualquier tipo de construcción, tal como se hace desde tiempos inmemoriales en la Ciudad Perdida del Parque Tayrona.

Sunset Hill, la casa de piedra de Mc Dormic Whitaker, también es una posada para sentirse en familia, un agrata invitación para compartir  y vivir la magia cotidiana de Providencia.  Aquí, además de la gastronomía raizal, el trato cálido y la bien condimentada conversación de su anfitrión, los viajeros encuentran la paz de la naturaleza y una  vista maravillosa sobre el mar  Caribe.

Sunset Hill, la casa de piedra de Mc Dormic Whitaker, también es una posada para sentirse en familia, un agrata invitación para compartir y vivir la magia cotidiana de Providencia. Aquí, además de la gastronomía raizal, el trato cálido y la bien condimentada conversación de su anfitrión, los viajeros encuentran la paz de la naturaleza y una vista maravillosa sobre el mar Caribe.

Llevado por sus enormes ansias de aprender, Mc Dormic Whitaker visitó Villa de Leyva y Barichara, lugares donde a través de la simple observación y una profunda curiosidad, aprendió nuevas formas para la utilización y aprovechamiento de la piedra, que en sus propias palabras, es el único material natural eterno. Y dice que ha levantado su casa mediante el cálculo de estructuras sólo imaginadas en su mente, sin necesidad de papel; seleccionando piedras de diferentes clases de acuerdo con su función: piedras para el trabajo rústico de los muros, piedras para el enchape, piedras para las escaleras y hasta piedras para la decoración interior. Porque cada piedra tiene un nivel y una cara, que Mc Dormic ha sabido ordenar para que coincidan, sin ayuda de máquinas cortadoras o pulidoras. Los frutos que ahora recoge este hombre tierno y recio a la vez, tienen qué ver con la satisfacción sentida al saber que a partir de sus enseñanzas y trabajo, muchas personas han aprendido a cambiar de mentalidad, pasando de la madera y el concreto a la construcción en piedra como material óptimo e inestimable para edicar sus casas. “Porque el hombre juicioso y prudente construye sobre la roca y permanece; si lo hace sobre la arena, viene el agua y se lleva su casa”, dice sonriendo sabiamente al despedirnos.

UNA HIJA DE LA TRADICIÓN

Yolanda Hooker Reid, la Coordinadora de Cultura Municipal, tuvo la buena fortuna de ser criada por abuelos que le enseñaron e inculcaron el amor por los valores tradicionales y la cultura propia de la isla. Desde niña participaba en los montajes teatrales que creaba su madre, Elvia Reid, cantante y actriz dramática. Recuerda que a la luz de velas y linternas, hombres, mujeres y niños se reunían en los patios de las casas para narrar cuentos, jugar rondas tradicionales y participar en las dramatizaciones colectivas. Utilizando sábanas a manera de telón, en dichas obras se representaban hechos, personajes y situaciones que eran reflejo vivo del alma comunitaria: los chismes deliciosos de las mujeres lavando ropa en el arroyo, los dimes y diferentes entre vecinos, las historias mínimas cotidianas y prodigiosas que acaecían en las diferentes regiones de la isla.

Aunque no existe mucha claridad al respecto, se cree que los primeros desembarcos en Providencia pudieron haber ocurrido entre 1498 y 1502, por parte de corsarios holandeses, ingleses, españoles y, posteriormente, jamaiquinos. Los primeros africanos fueron traídos amediados del siglo X VII, para trabajar en cultivos de tabaco y algodón, que serian el sustento principal de la economía de la isla en tiempos sucesivos. En 1629 se construyó el primer asentamiento, al que llamaron New Westminster, al sur de la capital Santa Isabel, en lo que hoy es Old Town. - See more at: http://revistavolarcolombia.com/?p=271#sthash.t9pwEHcx.dpuf

Aunque no existe mucha claridad al respecto, se cree que los primeros desembarcos en Providencia pudieron haber ocurrido entre 1498 y 1502, por parte de corsarios holandeses, ingleses, españoles y, posteriormente, jamaiquinos. Los primeros africanos fueron traídos amediados del siglo X VII, para trabajar en cultivos de tabaco y algodón, que serian el sustento principal de la economía de la isla en tiempos sucesivos. En 1629 se construyó el primer asentamiento, al que llamaron New Westminster, al sur de la capital Santa Isabel, en lo que hoy es Old Town.

El foco del trabajo de investigación que lidera esta brillante y bella mujer – también cantante y actriz por herencia y talento – está puesto en la recopilación, recuperación y conservación de la dramaturgia y la tradición oral, de los grupos de danza y música ancestrales, de la arquitectura y las costumbres autóctonas. Junto a un grupo de promotores culturales, desde la Coordinación de Cultura, está empeñada en formar niños y jóvenes para que se apropien y nunca dejen morir los valores y saberes primigenios de Providencia. “Somos como el agüita de coco, como las casas antiguas, como las carreras de regatas, como el mar y la brisa, como grandmother y grandfather, porque todo lo que somos y tenemos se lo debemos a nuestros ancestros”, concluye como declaración y manifiesto de vida Yolanda Hooker,  verdadera y orgullosa hija de su tradición.

“Somos como el agüita de coco, como las casas antiguas (…) porque todo lo que somos y tenemos se lo debemos  a nuestros ancestros”

Fotogafías: Cámara Lúcida

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DE PASEO POR LA CARRETERA CIRCUNVALAR

Es muy placentero el recorrido en carro alrededor de la isla, para visitar lugares como el Parque Temático Lazy Hill, en el sector de San Felipe, donde en medio de un ambiente de fauna y ora locales, grandes y chicos escuchan los cuentos de los abuelos, en los que se evocan la sabiduría del navegante, las sagas de los piratas, el legado y las historias de las personas que han hecho de Providencia un lugar único por sus ricas tradiciones culturales. Se pueden admirar los hermosos paisajes y atardeceres isleños desde los miradores de arquitectura en madera de Santa Isabel y Punta Rocosa. O darse una vuelta por el Parque – ciclovía Hope for the future, lugar preferido de las familias para compartir agradables momentos, con la bahía más grande del municipio como fondo. Pero si se preere caminar, el sendero al Pico (The Peack) le espera en el sector de Casabaja. Con una espectacular vista de 360 grados y a 360 metros de altura sobre el nivel del mar, es la montaña más alta de la isla, cubierta por uno de los bosques secos tropicales mejor conservados del Caribe, donde nacen frescos riachuelos y manantiales de agua dulce.

Fotogafías: Cámara Lúcida

Fotogafías: Cámara Lúcida

Fernando Pradilla , Alejandra Pradilla , Luis Fernando Pradilla, Aurora Lario, Miguel Lario, Aurora Cañero.

Fernando Pradilla , Alejandra Pradilla , Luis Fernando Pradilla, Aurora Lario, Miguel Lario, Aurora Cañero.

PLAYAS Y CAYOS DE FANTASÍA EN EL MAR DE LOS SIETE COLORES

En el sector de Casabaja se encuentra Manchinell Bay (Bahía Manzanillo), cuyas playas de arena coralina están resguardadas por árboles de manzanillo, cocoteros, nogales y manglares rojos y blancos. Allí encontramos a Luis Fernando Pradilla, un reconocido galerista bogotano, paseando en compañía de su esposa, sus dos pequeños hijos y sus suegros españoles, estos últimos llegados a Providencia huyendo del duro invierno madrileño. “Desde hace muchos años teníamos la idea de venir y ahora que por n lo hacemos en familia, estamos felices y gratamente sorprendidos con el espíritu de la isla, la mezcla de mar y naturaleza, con la gente de Providencia que es absolutamente fascinante. Nos encantan la diversidad de las playas y los diferentes tipos de arena… y, repito, el recogimiento que se logra en la contemplación permanentemente de la naturaleza, es un catalizador para escapar de la tecnología y los aparatos a los que vivimos conectados todos los días”, arma Luis Fernando con la cara radiante de sol y alegría. Navegando por un mar de turquesa y esmeralda con visos cuasi fosforescentes, se llega al Cayo Cangrejo (Crab Cay), un islote alucinante ubicado al frente de las costas de Providencia, que forma parte del Parque Nacional Natural Old Providence McBean Lagoon. Es un pequeño islote que en su máxima elevación, a dieciocho metros sobre el nivel del mar, está coronado por una gran roca para otear el horizonte y tomar magnícas fotografías. A Crab Cay se ingresa por un muelle cómodo para el desembarque, con servicio de refrescos y cocteles de mariscos para los visitantes. Es perentorio darse una zambullida con careta y snorkel en el mar translúcido que lo rodea, para regocijarse con la visión de variadas y coloridas especies de peces y tortugas marinas que se acercan sin temor a los humanos. De igual manera, en un recorrido en lancha alrededor de la isla, no se puede dejar de lado conocer la cueva submarina y la cabeza del pirata Henry Morgan; y mucho menos, echar un vistazo al Cayo Tres Hermanos, para observar a prudente distancia un templo de la naturaleza donde anidan y se reproducen más de cincuenta y seis especies de aves migratorias.

Música y Danzas autóctonas tradicionales

Música y Danzas autóctonas tradicionales

MÚSICA Y DANZAS AUTÓCTONAS TRADICIONALES

No es arriesgado decir que en Providencia los niños nacen bailando y que, también por herencia, vienen a este mundo con una sensibilidad especial y un don natural para la música. Casi todos los bailes y danzas de la isla tienen su origen en los primeros pobladores ingleses: el slow waltz (vals lento), la polka, la mazurca, el schottische, el quadrille, el mentó y el pasillo, que se bailan formando guras entre cuatro u ocho parejas. El calypso, que también hace parte de la tradición dancística y musical, fue traído por navegantes provenientes de Jamaica, Gran Caimán y otras islas del Caribe.

Actualmente existen algunos grupos importantes que rescatan el hondo y puro sentimiento de la música raizal, entre los que se destacan los dirigidos por  maestros como Alban McLean y Wilberson Archbold Robinson, más conocido como Willy Be, quien lidera con generosa sapiencia el Coral Group. Los integrantes de esta agrupación también dedican buena parte de su tiempo a enseñar a niños y jóvenes los orígenes y secretos de la música providenciana, adiestrándolos tanto en los ritmos y tonadas de las canciones tradicionales,  como en la ejecución de los instrumentos básicos que conforman un grupo de música ancestral isleña: el violín (fiddle) o la mandolina; el tináfono (wash-tub-bass), cuya caja de resonancia la suple una tina o cuba de lavar ropa; la quijada de caballo (jawbone) que casi siempre es de yegua, porque al tener los dientes más sueltos, mejora notablemente el resultado del golpeteo con las manos; finalmente están las maracas y la guitarra; y de manera ocasional, el acordeón y la bandola.

OH CAPTAIN, MY CAPTAIN…
“Quien camina un sola legua sin amor, marcha amortajado hacia su propio funeral” (Walt Whitman)

Justo después de cruzar el Puente de los Enamorados, la primorosa y colorida armazón de madera custodiada por la barracuda de las lágrimas azules que une la isla de Providencia con la de Santa Catalina, uno se topa directamente con la casa del legendario capitán Antonio Archbold Howard: piloto práctico del puerto, buceador incansable de libros raros y conocedor del Archivo de Indias, ducho navegante e insigne constructor de barcos, testigo y sobreviviente de antiguos naufragios.

Aún sin conocer su vida novelesca, sus historiadas singladuras por el inmenso mar Caribe, mirándolo de cerca o desde lejos, el capitán Arch-bold se parece al amigo no contado en el libro y cómplice entrañable del protagonista de “El viejo y el mar”. Quizá sea por su dignidad sin poses aparatosas, por la franqueza de su mirada y sus palabras limpias, por la pátina de bronce que han dejado soles inmemoriales en su piel, por el verbo inapagable que enciende su pirotecnia cuando comienza a contar historias que nunca se sabe dónde comienzan ni cuándo terminan.

Y cuenta que los puritanos ingleses llegaron a Providencia al rededor de 1630, a bordo del Seaflower, navío hermano del Mayower en el que venían los padres peregrinos que por la misma época arribaron a la costa oriental de los Estados Unidos. Y de allí salta a las historias y peripecias del oro del Perú en su azaroso viaje hasta las ferias de Portobelo en Panamá, con rumbo a las Españas. Y empata contando que ya en 1629 en esta isla había piratas holandeses, ingleses y franceses, ávidos caballeros de fortuna esperando los barcos cargados de tesoros que atravesaban el Caribe con paso obligado por Providencia en su ruta hacia México, a donde iban a recoger otras tantas toneladas de riquezas…

Y no tiene dificultad alguna para regresar desde ese pasado remoto para casi todos olvidado, para contar que tal cual como aprendió de su padre, abuelos y bisabuelos, también les enseña a sus hijos, ya sean mujeres o varones, el tejido de redes y atarrayas, el manejo de los antiguos aparejos de pesca, el amor por la isla que lleva en la sangre y los profundos secretos del mar, que ya sea con el viento en contra o la marea a favor, ha sido el amigo y compañero en  cada uno de los largos años en la fructífera vida del capitán Antonio Archbold Howard.

Capitán Antonio Archbold Howard en el Puente de los Enamorados. Al fondo se aprecia el “Lady Regina”, otra de las embarcaciones que ha construido en Providencia.

Capitán Antonio Archbold Howard en el Puente de los Enamorados. Al fondo se aprecia el “Lady Regina”, otra de las embarcaciones que ha construido en Providencia.

LA HISTORIA DE RAQUEL

Al partir de Providencia, vuelve a mi memoria la anécdota que hace ya tiempo me contó una amiga acerca de su hija Raquel cuando tenía seis años y, por primera vez, viajaba en avión en compañía de sus padres. La niña durmió plácidamente todo el trayecto entre el continente y la isla de San Andrés. Una vez allí, el grupo familiar abordó otro avión rumbo a Providencia. La pequeña volvió a caer en un profundo sueño, pero al poco rato de despegar, despertó súbitamente cuando sobrevolaban a poca altura el infinito azul del mar Caribe. Entonces, con los ojos pegados a la ventanilla y abiertos como platos, soltó un grito de asombro que resonó en los oídos de todos los pasajeros: ¡Mamá: se cayó el cielo!…

– No se ha caído, mi niña – le dijo su madre tranquilizándola, – Ya casi llegamos a Providencia, un pedacito de cielo en la tierra…

AGRADECIMIENTOS

A Angely Castillo y Lorenzo Britton, funcionarios de la Secretaría de Turismo adscrita a la Alcaldía de Providencia y Santa Catalina, guías inapreciables en este recorrido por la magia de personajes, lugares, tradiciones y manifestaciones culturales de las islas.
Al Hotel Pirata Morgan por la la calidad del servicio.

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