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LA MAPORITA… UNA PRESENCIA VITAL

voragine1 EN “LA VORÁGINE”,  DE JOSÉ EUSTASIO RIVERA
Laura Catalina Bonilla Pérez

(FRAGMENTO)

Mauro entraba a rezarme la herida y tuve el tino de aparentar que creía en la eficacia de sus oraciones. Sentábase en el chinchorro a mascar tabaco, royéndolo de una rosca que parecía tasajo reseco, e inundaba el piso a salivazos sonoros. Después me daba informes sobre Barrera:

-Se la pasa metío en el toldo afiebrao. Sólo me pregunta que hasta cuando va a quearse usté aquí. ¡Quién sabe pa qué cosas le tará haciendo usté “mal tercio”!

-Por qué no ha venido Zubieta a ocupar su chinchorro?

-Porque es “alertao” y teme otra “chirinola”. Duerme en la cocina y se tranca por dentro.

-¿Barrera ha venido a La Maporita?

-Las calenturas no lo dejan pará.

Esta afirmación me aquietaba el espíritu, pues vivía celoso de Alicia y hasta de la niña Griselda. ¿Qué estaría haciendo? ¿Cómo calicaría mi conducta? ¿Cuándo vendría por mi?

El primer día que tuve fuerzas para levantarme suspendí el brazo de un pañuelo, a manera de cabestrillo, y salí al corredor. Clarita barajaba los naipes junto al chinchorro donde el viejo dormía la siesta. La casa, pajiza y a medio construir, desaseada como ninguna, apenas tenía habitable el tramo que ocupaba yo. La cocina, de paredes cubiertas de hollín, defendía su entrada con un barrizal, formado por las aguas que derramaban las cocineras, sucias, sudorosas, desarrapadas. En el patio, desigual y fangoso, se secaban al sol, bajo el zumbido de los moscones, cueros de reses sacricadas, y de ellos desprendía un zamuro sanguinolentas tiras. En el caney los vaqueros vigilaban, amarrados sobre perchas, los gallos de riña, y en el suelo refocilábanse perros y lechones.

voragine-2

Sin ser visto, me acerqué al tranquero. En los corrales, de gruesos troncos clavados, la torada prisionera se trasijaba de sed. Detrás de la casa dormían unos gañanes sobre un bayetón extendido encima de las basuras. A poco trecho, en la costa del caño, divisábanse los toldos de mi rival, y en el horizonte, hacia la fundación de La Maporita, perdíase la cuna de los morichales… ¡Alicia estaría pensando en mí!…

Clarita al verme acudió con la sombrilla de muaré blanco:

-Chico, el sol puede irritarte la herida. Vente a la sombra. ¡No vuelvas a co-meter despropósitos semejantes!

Y sonreía exhibiendo los dientes llenos de oro.

Como intencionalmente me hablaba en voz alta, el viejo, al oírla se incorporó:

-¡Ansiname gusta! ¡Los jóvenes no de-ben vivir encamaos!

-Sentéme sobre la viga que servía de pretil y aboqué el meditado interrogatorio.

-¿A cómo piensa darnos las resecitas?

-¿Cuáles serán?

-Las de nuestro negocio con Franco.

-Con él propiamente, no quedamos en náa. La fundación que da en prenda vale muy poco, pero como usté las paga de “relance”, será bueno cogelas, si tiene cabayos, y después les ponemos precio.

Clarita interrumpiónos:

-¿Y cuándo le das a Cova las doscientas cincuenta que te ganó?

-¡Cómo! ¿Qué doscientas cincuenta?

-Y si usté hubiera perdío ¿con qué había pagao? Enséñeme las libras que trujo.

¿Qué es eso?- replicó la mujer-. ¿Acaso el único rico eres tú? ¡El que pierde paga! (…)

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