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Putumayo: la magia de un santuario natural

Escribe: Marcela Beltrán Gómez

Desde el cielo, un gran tapete verde anuncia la llegada al departamento del Putumayo, lugar que esconde en lo más profundo de sus paisajes tesoros naturales que encantan hasta al más desprevenido turista. Visitarlo significa vivir una experiencia de aventura, en la que las aves, los ríos y los enormes árboles que vigilan la selva son los protagonistas de un territorio que por décadas pasó inadvertido. Hoy, las condiciones han cambiado y el departamento de más de 20.000 km2, le está apostando a un turismo de calidad, en el que sus habitantes se apropian de un territorio colmado de riqueza.

Ojo de Dios y el Fin del mundo 

A 6 kilómetros en la vía que comunica a Villagarzón con Mocoa se encuentra la entrada a un santuario natural, un paisaje con olor a vegetación fresca y ríos circundantes que refrescan a los caminantes. Allí, ocultas entre las montañas que circundan a la capital, se encuentran las cascadas Ojo de Dios y el Fin del mundo, espacios vitales que hablan por sí solos de las maravillas que tiene el Putumayo para sus visitantes.

Estas cascadas, inmersas en pleno corazón del departamento, son la excusa perfecta de quienes desean desconectarse por completo de la agitada vida citadina. Sus caminos accidentados son testigos de la poca presencia de seres humanos en la zona, en la que las raíces de los árboles parecieran abrazar los troncos vecinos y de cuya tierra emana a chorros el agua. Antes de iniciar el ascenso, los visitantes deben registrarse a la entrada del lugar, una casa de madera en la que los guías informan a los turistas sobre la zona y lo que allí pueden hacer.

“Lo llamamos Fin del mundo porque no había camino, antes eran 3 o 4 horas y la gente se perdía”, cuenta una de las guías permanentes. Hoy, gracias al empeño de don Jesús Huaca y de una cuota de mantenimiento de 2.500 pesos, el primer ascenso ya ha sido demarcado por escalones de madera que por el desgaste son cambiados periódicamente, incluso durante ese proceso de adecuación emergió un camino en piedra del que todavía se desconoce su antigüedad.

Rosemberg Huaca, hijo de don Jesús, desde muy joven recorrió los paisajes que hoy enamoran a turistas locales y foráneos: “Venía con mis amigos a disfrutar del paisaje, bajábamos descolgándonos por árboles y agarrados de las rocas porque no había camino.

Con mi hermano hicimos el camino y descubrimos los pozos, luego veníamos con amigos y primos, con el tiempo el voz a voz hizo que más personas vinieran, fue ahí donde desarrollamos la idea de negocio turístico”, comenta Rosemberg, quien tiene un amplio recorrido en el campo del turismo de aventura.

Después de ascender el camino trazado por los Huaca, se llega a una estación con dos alternativas de ruta, una conduce a la cascada Ojo de Dios y la otra al Fin del mundo. Ojo de Dios es una caída de agua de 30 metros donde la fuerza de la corriente talló cuidadosamente un agujero en la roca por donde fluye el río Dantayaco, -que en dialecto inga significa agua de la danta, una especie mamífera que habita la zona-, allí los más osados pueden deslizarse en rapel por aquel enorme hoyo para, posteriormente, bajar en canyoning por el río hasta encontrarse con la catarata Fin del mundo; pero quienes prefieren las caminatas, deben regresar por el mismo camino hasta donde se bifurca el paso principal. “Yo bauticé esa cascada como Ojo de Dios, porque en la naturaleza muchos paisajes llevan la palabra diablo, y me pareció que es mejor llamarlo con Dios, ya que él es el creador de todo lo que vemos”, aclara don Jesús, mientras juega con Lucero y Yara, dos perritas criollas que acompañan fieles a Rosemberg durante la travesía.

Hasta el momento, todos los esfuerzos del Centro Turístico Fin del Mundo están destinados a llamar la atención del turista para que visite el lugar, pero a la vez protegiendo el ecosistema: “El medio ambiente y el turismo son gemelos, porque si destruimos lo primero, lo otro de inmediato desaparece. Aquí nadie es dueño de nada, todos somos dueños del ambiente”, argumenta don Jesús.

Para llegar al Fin del mundo la caminata inicia con un descenso a través de la espesa vegetación, a los pocos minutos de comenzar la marcha se encuentra Pozo Negro, un lago formado por el correr del río cuya profundidad, aproximadamente de 8 metros, les permite a los bañistas aventarse al vacío para refrescarse un poco. Luego se encuentra Pozo Almorzadero, un lugar con menos profundidad pensado para los niños que desean disfrutar de las aguas cristalinas del río Dantayaco. El recorrido continúa y la siguiente parada es el Puente de Roca, un puente natural formado por el cauce del río que debilitó la roca dejando solo la superficie que une las dos orillas.

El camino se hace un poco estrecho, y el sonido de la fuerza del agua anuncia la llegada a uno de los paisajes más visitados en el Putumayo, la cascada Fin del mundo, lugar en donde el río finaliza su paso para saltar 75 metros al vacío donde continuará su andar por las selvas colombianas. Un grupo de turistas extranjeros mira con asombro lo imponente del paisaje.

“Es todo un espectáculo, allí debes mostrarle respeto a la naturaleza”, comenta uno de ellos con marcado acento argentino. Desde la cima, incrustada en el piedemonte putumayense, se ve a lo lejos Mocoa. Muchos turistas acuden al lugar no solo para tener un contacto con la naturaleza, sino que encuentran en este paisaje un escenario perfecto para practicar deportes de aventura como el rapel, en donde se desciende por cuerdas la empinada pared cubierta por un velo de agua.

Rosemberg, observa con detenimiento el paisaje y asegura que el nombre Fin del mundo surgió en su primer encuentro con este imponente lugar: “Cuando vine la primera vez había mucha bruma, no se veía nada, de inmediato recordé la película Los dioses deben estar locos, cuando uno de los protagonistas lanza una botella en una montaña cubierta de neblina a la que él llama el Fin del mundo, ahí pensé en que yo también lo había encontrado”, recuerda entre risas.

Centro Experimental Amazónico

El Putumayo es uno de los departamentos con mayor biodiversidad en el país, lo que atrae la mirada de los amantes de la naturaleza, por eso las autoridades locales a través del Centro Experimental Amazónico (CEA) informan a los visitantes sobre la protección de la flora y la fauna nativas para evitar su extinción.

El centro, ubicado en la Vereda San Carlos, a 8 kilómetros del municipio de Mocoa, cuenta con el CREAS (Centro de Recepción y Recuperación de Animales Silvestres) un cerramiento de un cuarto de hectárea que funciona como un resguardo u hogar de paso para animales salvajes que han sido víctimas del comercio ilegal, el maltrato, o que sus captores deciden entregarlos debido a su alto grado de amansamiento, lo que les imposibilita su vida en libertad. Allí, un grupo de especialistas se encarga de evaluar sus funciones naturales (comportamientos, dietas) y sus sistemas reproductivos para que, eventualmente, puedan regresar a su hábitat sin poner en riesgo su integridad o la de su especie.

Monos, guacamayas tricolores, cerdos salvajes, dantas y hasta un jaguar negro, son algunas de las especies que reciben atención por parte de su personal.

Además el CEA cuenta con un jardín botánico de plantas medicinales, una estación piscícola con especies y alevinos de la zona, un vivero con el que se busca fortalecer la reforestación en la región; además se dictan charlas para las comunidades, escuelas y universidades para crear conciencia sobre el cuidado del medio ambiente y sus ecosistemas.

La mística de su cultura

Cada subregión del departamento tiene para ofrecerles a los turistas un sinnúmero de muestras artísticas que vale la pena explorar durante la travesía. En el Alto Putumayo, al que pertenecen municipios como San Francisco, Colón, Santiago y Sibundoy, las mujeres dedican parte de su tiempo a elaborar los típicos tejidos en lana e hilo, como cusmas (mantas) y sayos (ponchos), prendas que realizan a mano o con la ayuda de sencillos telares. Estos elementos cobran mayor importancia durante el Carnaval del Perdón, – Bëtsknaté Calusturinda o “día grande”, en el que las comunidades Inga y Kamentsá en el Valle del Sibundoy, celebran el perdón, la búsqueda de la paz, el respeto y la tolerancia. En el carnaval, que se celebra antes del Miércoles de Ceniza, los artesanos también centran su talento en la elaboración de instrumentos musicales que amenizan las festividades.

En municipios como Villagarzón, Mocoa y Puerto Guzmán, pertenecientes al Medio Putumayo, los artesanos hacen gala de su creatividad al elaborar piezas decorativas en madera, como máscaras, lámparas y figuras de mesa. Estas piezas son hechas a base de bambú, guadua y macana negra, y en ocasiones fusionan sus trabajos con tejidos de fibras naturales.

Otro elemento que es tradicional dentro de las artesanías y que actualmente ejemplifica el trabajo de las mujeres indígenas en el país, son los collares y manillas hechos con chaquiras, que contienen una fuerte simbología en sus diseños. Hoy, estas joyas tradicionales pueden ser adquiridas en diferentes partes del departamento como un ejemplo de trabajo 100 % hecho a mano.21

Sabores de la tierra

Quienes visitan estas tierras tienen una variada oferta gastronómica que no pueden desaprovechar. El pescado al humo es, quizá, uno de los platos más apetecidos por los turistas y caminantes que recorren el departamento.

Es preparado con mojarra roja sazonada con cilantro y cebolla, además durante su cocción es envuelto en hojas de plátano para concentrar los sabores. Este plato es acompañado de tacacho, una especie de puré de plátanos, preferiblemente de Puerto Guzmán, que se aliña con cebolla finamente picada y con trocitos de chicharrón.

El sachainchi o almendra amazónica también es muy popular entre los turistas en el Putumayo, al igual que el dulce de chilacuan, una fruta con la que se preparan conservas y mermeladas.

Además la zona cuenta con una gran variedad de frutas como el arazá y el cocozú.

Paisajes para todos los gustos

Y es que Putumayo tiene mucho que mostrar, como en Orito, en donde el río Caldera se convierte en un atractivo turístico gracias a una enorme piedra que sirve como trampolín para los nadadores que no les temen a las alturas; o como el Hornoyaco, una caída de agua de 50 metros proveniente del Parque Natural de Los Churumbelos; incluso el cañón Mandayaco, un laberinto de piedra talladas por el río durante siglos.

Todo este paraíso natural tiene además la protección mística de las comunidades indígenas que han habitado el territorio, sus tradiciones, su lengua y sus rituales, como la toma de su planta sagrada, el yajé, que llaman la atención de quienes desean conocer a profundidad sus tesoros ocultos. “El Putumayo tiene todo para ser visitado, por eso el turismo comienza a pensarse como un renglón de la economía”, asegura Sorrel Aroca Rodríguez, gobernadora del Putumayo y quien trabaja para hacer de su departamento el “Centro de desarrollo económico sostenible del sur del país”.

Por eso, hoy este departamento le está apostando a un turismo amigable, en donde la selva que cubre el 42 % de su territorio sea el hogar de cientos de especies, en donde las comunidades indígenas sigan aportando a la cultura y tradición de la zona y en donde sus habitantes se sientan orgullos de la sangre que corre por sus venas, tal y como el río Putumayo surca ondeante sus paisajes.

AGRADECIMIENTOS

Jesús Huaca, Rosemberg Huaca – Reserva Fin del Mundo – Mocoa, Putumayo – informacion@reservafindelmundo.org

Centro Experimental Amazónico – Corpoamazonia

Dra. Sorrel Aroca Rodríguez – Gobernadora del Putumayo

Dr. José Antonio Castro – Alcalde de Mocoa

Lucy Ortega Delgado – Agente comercial Satena Putumayo

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