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EL AMOR… ESA FUERZA

Escribe: Pedro Luis Gutiérrez

Esto que me ocurre ahí, sentado en la sala se cine, frente a la historia conmovedora de estos dos ancianos que transitan por los últimos días de su existencia, aferrado a la butaca mientras transcurre esta película desgarradora de Michel Haneke, extasiado con estos dos actores soberbios: Jean-Louis Trintignant y Emmanuel Riva, tan conocidos ellos, tan cerca de nuestras vidas, que los vimos en otras cintas memorables, cuando ellos y nosotros éramos jóvenes, se me antoja por lo menos extraño.

Ocurre que no puedo dejar de pensar, mientras degusto esta historia, en una también soberbia obra de teatro presentada en el Festival de Manizales en 2010, y que narra, a su manera, otro periplo de amor con la misma fuerza desgarradora: “André y Dorine”, del grupo español Kulunka.

La ancianidad y el amor se constituyen en el hilo conductor de las dos tramas, tan diferentes y tan parecidas.
En la obra de teatro no hay diálogos, toda ella transcurre sin palabras. Pero no es una obra silenciosa. Ha sido construida así para que el espectador, tal vez, exacerbe otros sentidos y sea capaz de calibrar toda la fuerza que se agita en esa relación tierna, conflictiva, solidaria, enamorada.

En la película, todo ocurre con una lentitud quizá incomodante, intencional, que quiere darnos a entender cómo, cuando ya hay certeza sobre el final, el tema del tiempo se vuelve irrelevante.

La obra teatral está inspirada en un hecho real que tuvo alguna resonancia en el año 2007. Ocurrió en efecto que el filósofo francés André Gorz y su esposa Dorine, decidieron poner n a sus vidas, juntos, a la edad de 84 años. Dejaron una nota a la entrada de su casa en donde explicaban la decisión tomada. Sus cadáveres fueron encontrados en la cama, tomados de la mano, con rostros plácidos.

Un año antes, André había publicado una carta a Dorine, titulada CARTA a D., que recogía pasajes muy emotivos de esa relación construida desde la inteligencia, y fue precisamente esa carta la que inspiró la obra. En el caso de la película, la pareja de ancianos está integrada por unos profesores de música ya retirados: George y Anne, “dos intelectuales en el ocaso de sus vidas que aspiran a llevar una existencia plácida por el tiempo que les queda”. Un accidente cerebral sufrido por Anne, que limita su motricidad, se convierte en la más dura prueba para esta relación que transcurría sin angustias.

Lo que hace Haneke con esta cinta es elevar a su máximo grado esa condición de voyerista que anida en el espectador de cine. A veces nos da la impresión de que siendo testigos de la cotidianidad íntima de los dos ancianos, estamos haciendo algo indebido. La cámara se transforma en un ojo inquieto, capaz de observarlo todo desde rincones impensables. Unos ojos que detectan el miedo en las miradas de los dos ancianos, su impotencia, su impaciencia.

A veces nos da la impresión de que siendo testigos de la cotidianidad íntima de los dos ancianos, estamos haciendo algo indebido.

Uno sabe que se aman pero desconoce cómo se gestó ese amor. Tal vez lo que subyace en esta historia contada de manera excepcional es también una reflexión ética, que lo mismo transita por lo que significa la “entrega incondicional”, tan controvertida siempre; que da cuenta de la manera como se asume la rutina de una vida compartida por decenios, en donde el uno intuye al otro de forma impecable, y los dos están sumergidos en una cotidianidad de la que no quieren salir; pero también alude a la decrepitud, ese deterioro inexorable del cuerpo, esa piel y esos huesos que se gastan, que ya no resisten, y se pregunta si esa decrepitud tiene que ser tolerable por quien la vive, cuando siente que atraviesa las fronteras de su propia dignidad.

“Amor” se merece todos los reconocimientos que ha tenido.

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