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Antonio Skármeta. EL CARTERO DE NERUDA.

(DE LAS METÁFORAS Y EL MAR) FRAGMENTO

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Ilustración: Laura Catalina Bonilla

(…) Sin deshacer su postura, el muchacho se lo quedó mirando.
Volví a abrir, porque sospechaba que seguías aquí.

-Es que me quedé pensando.

Neruda apretó los dedos en el codo del cartero, y lo fue conduciendo con firmeza hacia el farol donde había estacionado la bicicleta.

-¿Y para pensar te quedas sentado? Si quieres ser poeta, comienza por pensar caminando.

¿O eres como John Wayne, que no podía caminar y mascar chiclets al mismo tiempo?

Ahora te vas a la caleta por la playa y, mientras observas el movimiento del mar, puedes ir inventando metáforas.

-¡Deme un ejemplo!

-Mira este poema: «Aquí en la Isla, el mar, y cuánto mar. Se sale de sí mismo a cada rato.

Dice que sí, que no, que no. Dice que sí, en azul, en espuma, en galope.

Dice que no, que no. No puede estarse quieto.

Me llamo mar, repite pegando en una piedra sin lograr convencerla.

Entonces con siete lenguas verdes, de siete tigres verdes, de siete perros verdes, de siete mares verdes, la recorre, la besa, la humedece, y se golpea el pecho repitiendo su nombre» .

-Hizo una pausa satisfecho-.

¿Qué te parece?

-Raro.

-«Raro.» ¡Qué crítico más severo que eres!

-No, don Pablo.

Raro no lo es el poema. Raro es como yo me sentía cuando usted recitaba el poema.

-Querido Mario, a ver si te desenredas un poco, porque no puedo pasar toda la mañana disfrutando de tu charla.

-¿Cómo se lo explicara? Cuando usted decía el poema, las palabras iban de acá pa’llá.

-¡Como el mar, pues!

-Sí, pues, se movían igual que el mar.

-Eso es el ritmo.

-Y me sentí raro, porque con tanto movimiento me marié.

-Te mareaste.

-¡Claro! Yo iba como un barco temblando en sus palabras.

Los párpados del poeta se despegaron lentamente.

-«Como un barco temblando en mis palabras.»

-¡Claro!

-¿Sabes lo que has hecho, Mario?

-¿Qué?

-Una metáfora.

-Pero no vale, porque me salió de pura casualidad, no más.

-No hay imagen que no sea casual, hijo.

Mario se llevó la mano al corazón, y quiso controlar un aleteo desaforado que le había subido hasta la lengua y que pugnaba por estallar entre sus dientes.

Detuvo la caminata, y con un dedo impertinente manipulado a centímetros de la nariz de su emérito cliente, dijo:

-Usted cree que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el viento, los mares, los árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las lluvias…

-… ahora ya puedes decir «etcétera».

-… ¡los etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo?

Neruda abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele del rostro.

-¿Es una huevada lo que le pregunté, don Pablo?

-No, hombre, no.

-Es que se le puso una cara tan rara.

-No, lo que sucede es que me quedé pensando.

Espantó de un manotazo un humo imaginario, se levantó los desfallecientes pantalones y, punzando con el índice el pecho del joven, dijo:

-Mira, Mario. Vamos a hacer un trato. Yo ahora me voy a la cocina, me preparo una omelette de aspirinas para meditar tu pregunta, y mañana te doy mi opinión.

-¿En serio, don Pablo?

-Sí, hombre, sí. Hasta mañana(…)

El cartero Mario Jiménez tomó literalmente las palabras del poeta, e hizo la ruta hasta la caleta escrutando los vaivenes del océano. Aun-que las olas eran muchas, el mediodía inmaculado, la arena muelle y la brisa leve, no prosperó ninguna metáfora. Todo lo que en el mar era elocuencia, en él fue mudez. Una afonía tan enérgica, que hasta las piedras le parecieron parlanchinas en comparación.

Fastidiado con la hosquedad de la naturaleza, se hizo el ánimo de avanzar hasta la hostería para consolarse con una botella de vino, y si encontraba algún ocioso merodeando en el bar desfiaarlo a un partido de taca-taca. A falta de estadio en el pueblo, los jóvenes pescadores satisfacían sus inquietudes deportivas con el lomo curvo sobre las mesas del futbolito.

Desde lejos lo alcanzó el estruendo de los golpes metálicos junto a la música del Wurlitzer, que rasguñaba una vez más los surcos de Mucho amor por los Ramblers, cuya popularidad se había extinguido hacia una década en la capital, pero que en el pequeño pueblo seguía siendo actual.

Adivinando que a la depresión se le sumaría el fastidio de la rutina, entró al local dispuesto a convertir en vino la propina del poeta, cuando lo invadió una embriaguez más cabal que la que ningún mosto le había provocado en su breve vida: jugando con los oxidados muñecos azules, se encontraba la muchacha más hermosa que recordara haber visto, incluidas actrices, acomodadoras de cine, peluqueras, colegialas, turistas y vendedoras de discos.

Aunque su ansiedad por las chicas equivalía casi a su timidez -situación que lo cocinaba en frustraciones- esta vez avanzó hasta la mesa de taca-taca con la osadía de la inconsciencia. Se detuvo detrás del arquero rojo, disimuló con perfecta ineficiencia su fascinación acompañando con ojos saltarines los vaivenes de la pelota y, cuando la chica hizo tronar el metal de la valla con un gol, levantó la vista hacia ella con la sonrisa más seductora que pudo improvisar.

Ella respondió a tal cordialidad con un gesto conminándolo a que se hiciera cargo de la delantera del equipo rival. Mario casi no había advertido que la muchacha jugaba contra una amiga, y sólo se dio cuenta cuando la golpeó con la cadera desplazándola hacia la defensa…

 

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