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Betty Garcés: reminiscencias de una soprano en Alemania

Sumario: Vestida de gratitud y humildad, la cantante bonaverense hace historia en el mundo.

Escribe: Salvatore Laudicina

 

Su voz ha pasado por varias etapas: de soprano lírico ligero a soprano lírico, y, de ahí, a soprano lírico spinto, en transición. La imaginación, traviesa a más no poder, dibuja en los espacios que surgen entre un minuto y otro, varias posibilidades de lo que puede suceder durante la charla con Betty Garcés.

Tras concluir exitosamente una gira de conciertos en España, El Líbano, Egipto y Tailandia, cansada de andar aquí y allá, es inevitable preguntarse si su actitud será la ideal, o si, en el momento más emocionante de la conversación, pondrá, de manera sutil, punto final.

Desde lo predecible hasta lo impensable toma asiento en aquel festín de suposiciones. De pronto, una voz dulce hace su aparición. “Qué alegría hablar contigo”, expresa.

Aunque su belleza está esculpida con el fino cincel de la feminidad que caracteriza a las mujeres de Buenaventura, invoca a gritos la sofisticación de Ella Fitzgerald y Billie Holiday.

Es como si perteneciera a la Nueva Orleans de 1940. Suelta una risita infantil. Las ideas preconcebidas minutos atrás se desaparecen tras aquella sonoridad agradable, empapada de la sabrosura del Pacífico colombiano. La intuición lanza un suspiro de júbilo. En la dulzura de Garcés habita esa locuacidad deliciosa y necesaria para alimentar las curiosidades.

La abuela se fue: entre eufonías y gemidos

Cultura (4)Cuando uno recorre los pasillos de la infancia y la adolescencia de Betty Garcés Bedoya, la hija del profesor José Garcés y de la artista Isabel Bedoya, esa que ni siquiera sueña con cantar ópera, se topa de frente con la ausencia de doña Eufemia, su abuela.

Ojos enlutados y la vida embadurnada de melancolía; el destino se las ingenia para despertar la música en su interior. Entonces, el dolor libera un canto propio. Eufonías y gemidos capaces de arrancarle el pellejo a lo indecible.

“Cuando ella murió, me quedé sin piso. Aquellas sonoridades fueron un regalo de Dios para sanarme”, narra pausadamente. Paradójica manera de abrazar su talento. Aún es muy temprano para entender el propósito de aquel despertar intrínseco.

La rockera-metalera

En el clímax de la adolescencia, su padre la envía a Cali para terminar los estudios secundarios. Es una especie de ritual familiar que don José Garcés instituye para el progreso y bienestar de sus hijos.

Entre los aires citadinos y las nuevas amistades, la inquieta Betty cae rendida a los pies del rock y el metal. “Soy cantante de ópera, pero tengo mi lado alternativo”, sostiene con su peculiar sonrisa. “Esos sonidos me ayudaron a convivir con la rebeldía de la edad”.

Una nueva vida en La Sucursal del Cielo. El destino nuevamente hace de las suyas para acercarla a su vocación.

No a la guitarra,sí al canto

Una guitarra es la culpable de que Betty Garcés llegue al Conservatorio Antonio María Valencia. “Mi hermana mayor, quien estudiaba en Bellas Artes, me dijo que habían abierto inscripciones para estudiar música”, cuenta. “La idea me encantó de inmediato, porque quería aprender a tocar”.

Mientras se prepara para presentar los exámenes de admisión, su maestra le sugiere postularse a canto. Los nervios le juegan una mala pasada. “Tuve que cantar a capella”, confiesa. Para su sorpresa, logra llevarse uno de los preciados cupos. Es así como empieza a estudiar canto lírico.

El visionario

En este punto de la charla, Garcés trae a colación un nombre clave en su historia profesional: el cantante lírico Francisco Vergara. Mientras desenreda sus recuerdos, una grata nostalgia se cuela en el ambiente. “Sus palabras fueron determinantes para enamorarme por completo de este mundo, al que jamás pensé pertenecer”, señala.

Tras escucharla cantar, queda fascinado con su voz. De ahí en adelante, inicia la ardua lucha de Vergara para conseguir los recursos económicos que le permitan a la talentosa Betty pisar suelo alemán, donde pueda perfeccionar su talento.

Una vez más, el destino mueve estratégicamente sus hilos, y con el apoyo de la exministra de Cultura Mariana Garcés, entonces directora de la Casa Proartes, el viaje se hace realidad.Cultura (3)

Alemania, su máxima escuela

En Colonia, la cuarta ciudad más grande de Alemania, obtiene uno de los 10 cupos para estudiar en la Escuela Superior y cursar un Máster en Artes. Tiempo después, forma parte de un programa de jóvenes del Royal Opera House y cursa dos especializaciones en Hannover.

Para ese momento, el dinero escasea. Esto, en vez de amilanarla, la fortalece aún más. “Trabajé como empacadora de helados y empacadora de comidas para aviones. Tenía mis metas claras y no estaba dispuesta a rendirme”, manifiesta con orgullo.

Entre lo lírico y lo humano

Con ese sabor único y exquisito de la victoria, honrada por posarse en los escenarios más importantes de Colombia, Alemania y el mundo, aplaude su carácter por prestar oídos sordos a las críticas. “Me decían cosas como ‘usted no parece negra’ o ‘es que usted debe cantar música tradicional, porque esa es la música de nuestra región’ ”.

A largo plazo, su sueño es abrir una escuela de canto lírico en Buenaventura. Aunque se demore la vida entera, lo logrará. No hay imposible que pueda derribar la determinación de Betty Garcés Bedoya, la niña mimada del destino.

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