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EL MANTO SAGRADO Y LA LITERATURA

Escribe: Alberto Morales.

Para este autor argentino, la literatura como recreadora de la historia es una pasión.

Algunas de sus novelas son recurrentes a la apropiación de temas históricos y conflictivos. “El Anatomista” (Editorial Planeta 1997) por ejemplo, generó un escándalo desde la adjudicación misma del premio de la Fundación Amalia Lacroze de Forbet, en razón de que la temática abordada no era compartida por su mentora.

De hecho, se convirtió en un auténtico best seller como consecuencia del haber contado con indiscutible verosimilitud y destreza los prodigios del médico Mateo Colón y sus amores con Mona Sofía que, gracias al espíritu investigador del primero y la disposición de la segunda, termina descubriendo los insondables placeres que habitan en el clítoris.

“La ciudad de los herejes” (Editorial Planeta 2005) se recrea en la Francia de mediados del siglo XIV, un período de la historia en el que toda la cristiandad sufría los delirios mercachifles del contubernio entre la Iglesia y la aristocracia, de manera tal que las reliquias se habían convertido en una “industria creciente”.Cabellos y huesos de los santos, prendas, un trozo de la cruz de el Salvador, se multiplicaban a niveles inverosímiles.Ese espectáculo grotesco de una iglesia que convertía en mercancía los cadáveres de sus mártires y santos fue precisamente el que escandalizó a Martín Lutero y desencadenó la crisis de la Reforma Protestante más de cien anos después de las épocas en las que se viven las peripecias de esta novela.

Recurriendo a textos bíblicos y de los padres de la Iglesia que reafirman los argumentos del Duque Geoffroy de Charny, la historia devela desde la imaginación de Andahazi, lo que pudo haber sido el periplo perverso de la construcción del Santo Sudario y las intenciones ocultas que inspiraron el engaño: negociar la autorización de una parroquia que sería regentada por el mismo Duque y que desencadenaría, merced al prodigio de la reliquia inventada, unas peregrinaciones multitudinarias que arrojarían grandes ganancias.

Y en medio de la conspiración, va transitando por sus páginas la historia de amor que protagonizan la joven Christine (hija del Conde, recluida en un convento) y el monje Aurelio. Entonces, de la mano de esos amores, el lector se encuentra con los desafueros y atrocidades de la vida conventual, en donde la sexualidad reprimida encuentra desahogo en las prácticas más perversas.

Las cartas de Christine parecen ser un eco del magnífico texto que escribiera Jostein Gaarder en 1996: “Vita Brevis”, unos textos repletos de inteligencia que supuestamente escribe Flora Emilia, la hermosísima amante de la juventud de san Agustín de Hipona y cuyos argumentos resultan incontrovertibles.

La trama es fascinante y, aunque los protagonistas tienen todos unos finales trágicos, las reflexiones que propone “La ciudad de los herejes” contribuyen a que el lector se haga preguntas trascendentales.

Es un trabajo muy bien hecho. En ausencia de una historia que reafirme lo que Andahazi propone, uno queda con la idea de que todo debió haber ocurrido así. El texto final del epílogo parece darle la razón:

“…la postura de la Iglesia con relación al manto sigue siendo la misma que admitiera Clemente VII: “No se trata de la Verdadera Sábana de Nuestro Señor, sino de un cuadro o pintura hecha a semblanza o representación de la sábana”. Una forma ciertamente eufemística de admitir que se trata de una falsificación”…

Lirey, 1347Fragmento.

Geoffroy de Charny no quería contratar los servicios de un artista hasta no haber concebido por completo la apariencia de la obra. El artista sería un mero ejecutor de su idea. De esa forma pretendía evitar que los preconceptos del pintor, sea quien fuere, dirigieran el curso de su plan. El duque no quería una obra de arte sino una reliquia, de modo que necesitaba prescindir del presuntuoso juicio de un artista. No precisaba más que la pura mano de obra.

Todavía no había decidido cuál de las tres telas que había comprado en Venecia habría de utilizar, ni qué aspecto tendría el Cristo de su sudario.

No era esta última una cuestión menor ya que la fisonomía del Jesucristo era un tema que despertaba intensos debates. ¿Cuál era la verdadera apariencia del Nazareno? Las distintas representaciones a lo largo de la historia variaban radicalmente. Las primeras imágenes de Jesús se habían encontrado en distintas catacumbas. En la cripta del cementerio de San Calixto había frescos muy rudimentarios influidos por un modo de representación helénica.

Por entonces eran frecuentes las imágenes de Cristo personificado bajo la forma conocida como El Buen Pastor: se lo veía robusto, sin barba, con el pelo corto y cargando una oveja sobre los hombros. Geoffroy de Charny guardaba muchas reservas sobre la veracidad de esta imagen, ya que era fácil deducir que la figura estaba tomada sin cambio alguno del Joven del becerro, el moscóforo griego que databa de 570 a.C. Para el duque no era ésta una representación de Jesús sino una metáfora, ya que los cristianos primitivos todavía se atenían, aunque inciertamente, a la prohibición de adorar imágenes.

Esta hipótesis se veía reforzada en gran parte de la iconografía de las catacumbas: la paloma era el alma, el pavo real la eternidad, la vid o la espina aludían a la eucaristía. Jesús también aparecía simbolizado por la figura del pez: en griego el vocablo ikhthys, Khristos, Theu Yos Soter, Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Geoffroy de Charny conjeturó que la representación imberbe de Jesucristo hecha por los cristianos primitivos no tenía el valor de un retrato, sino el de un símbolo. Sin embargo, el duque no quería dejar ningún detalle librado al azar; tenía que contar con la imagen de Cristo que resultara no sólo verdadera, sino, además, verosímil.

Por otra parte, Geoffroy de Charny no encontró en los evangelios ninguna precisión sobre la fisonomía del Hijo de Dios. Las pinturas paleocristianas presentaban diversas imágenes de Jesucristo y de la Virgen, pero como para entonces ya no quedaban vestigios ciertos de la transmisión oral de aquellos que habían visto a Cristo, ni el Evangelio lo mencionaba en virtud de la ley mosaica que prohibía representar imágenes, durante los siglos II y III se tomaron los modelos del mundo clásico greco-romano.

Tanto en la catacumba de San Calixto como en la de Priscila, Jesucristo aparece como Maestro, a la usanza de los antiguos filósofos griegos

Federico Andahazi. La ciudad de los Herejes. Editorial Planeta. Argentina. 2005.138p ISBN: 950-49-1393-8

Sobre el autor:

Federico Andahazi es un escritor argentino, nacido en 1963. Sus obras han sido varias veces traducidas, siendo este uno de los argentinos más leídos en otros idiomas. Sus textos se mueven alrededor de aquello tópicos considerados tabú, o prohibidos. A lo largo de su carrera ha escrito principalmente novelas y cuentos; también ha escrito algunos ensayos sobre la historia sexual de Argentina.

Otras de sus obras son El anatomista (1996), Las piadosas (1998), El secreto de los flamencos (2002), Errante en la sombra (2004), El conquistador (2006), El oficio de los santos (2009)

 Pueden encontrar más información en su sitio web: http://www.andahazi.com/

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