Facebook Twitter Instagram Youtube

EXISTEN PERSONAS A QUIENES EL FÚTBOL LES IMPORTA UN PITO

Escribe: Pedro Luis Rojas

Tal vez como ningún otro deporte sobre la faz de la tierra, el fútbol despliega una capacidad de movilización de masas que es inimaginable. Esto explica por qué el Mundial que se vive cada cuatro años paraliza virtualmente todas las actividades.
El planeta entero está a la expectativa de lo que ocurre en las canchas en donde se realiza el evento.

Hoy, todos los ojos están puestos sobre el Brasil, luego de largos meses de expectativas sobre cuáles serían finalmente los equipos que ganarían un cupo para ingresar a esa competencia. Colombia clasificó.

Las conversaciones cotidianas, los mensajes de radio y televisión, las columnas de prensa, todo empieza a girar en torno al fútbol.

Y entonces, en medio de ese jolgorio monotemático, aparecen como extraterrestres unos seres humanos a quienes el fútbol les tiene sin cuidado. No son capaces de descifrar en dónde queda la punta derecha, no entienden las razones por las cuales la gente se enloquece por un juego en el que  lo único que ellos venun grupo de 20 hombres corren desesperados detrás de un balón, mientras otros dos al lado y lado de la cancha los miran expectantes.

Se ha escrito mucho al respecto. Se han hecho análisis sociológicos, sicológicos, etnográficos, antropológicos. Pero, a decir verdad, quien mejor ha descrito esas razones por las cuales existen seres humanos vacunados contra las alegrías y los dolores del fútbol es Umberto Eco.

Leer este párrafo extraído de su texto “El Mundial, y sus Pompas” a propósito de un encargo que le hizo L’ Espresso en 1978, es además una experiencia deliciosa y divertida:

“Muchos lectores, recelosos y malignos, al ver el distanciamiento, fastidio y, digámoslo, mala intención con que trato aquí el noble juego del fútbol, albergarán la vulgar sospecha de que yo no quiero el fútbol porque el fútbol jamás me ha querido a mí. Es decir, creerán que he pertenecido a esa categoría de niños o adolescentes que, apenas tocan el balón —admitiendo que lleguen a ello—, lo lanzan dentro de su propia portería o, en el mejor de los casos, lo pasan al adversario, cuando no lo mandan, con tenaz obstinación, fuera del campo, más allá de setos y vallas, perdido en cuevas y arroyos o ahogado entre varias fragancias en el carrito de los helados, de modo que sus compañeros no lo quieren consigo y lo excluyen de las ocasiones agonísticas más alegres. Ninguna sospecha habrá sido nunca más lúcidamente cierta”.

“Incluso diré más. En el intento de sentirme igual a los demás (como un pequeño homosexual aterrorizado que se repite obstinadamente que deben gustarle las chicas), rogué muchas veces a mi padre, forofo equilibrado pero constante, que me llevara consigo a ver el partido. Y cierto día, mientras observaba con indiferencia los insensatos movimientos que tenían lugar allá abajo en el campo, sentí como si el alto sol meridiano envolviese hombres y cosas con una luz congelante, y como si delante de mis ojos se desenvolviera una representación cósmica sin sentido.

Era lo que más tarde, leyendo a Ottiero Ottieri, descubriría como el sentimiento de la «irrealidad cotidiana», pero entonces tenía trece años y lo traduje a mi modo: por primera vez dudé de la existencia de Dios y pensé que el mundo era una ficción sin objeto alguno”

“En cuanto salí del estadio, fui corriendo asustado a confesarme con un sensato capuchino, quien me dijo que mi idea era bien extraña, ya que personas dignas de fe como Dante, Newton, Manzoni, Gioberti y Fantappié (analista italiano) habían creído en Dios sin problemas. Confundido ante el consenso de tanta gente, postergué casi una década mi 188 crisis religiosa.

Digo todo esto para explicar que, desde siempre, el fútbol ha estado para mí asociado a la ausencia de fines y a la vanidad del todo, al hecho de que el Ser no puede ser (o no ser) más que un agujero. Quizá por esto (creo que único entre los vivientes) he asociado siempre el juego del fútbol con las filosofías negativas”.

“Dicho esto, cabe preguntarse por qué hablo precisamente ahora del campeonato. Es sencillo: la dirección de L’Espresso, en un rapto de vértigo metafísico, ha insistido en que se hablase del evento desde una perspectiva de absoluto distanciamiento y para ello se ha dirigido a mí. Jamás ha habido una elección mejor y más sagaz.”

“Debo aclarar ahora que, en realidad, no tengo nada en contra de la pasión futbolística. Al contrario, la apruebo y la considero providencial. Esas multitudes de hinchas apasionados, segados por el infarto en las graderías, esos árbitros que pagan un domingo de celebridad exponiendo su persona a graves injurias, esos excursionistas que descienden ensangrentados del autocar, heridos por los vidrios rotos a pedradas, esos festivos mozuelos que, borrachos, recorren por la tarde las calles, asomando su bandera por la ventanilla del utilitario sobrecargado y se estrellan contra un TIR, esos atletas destruidos  psíquicamente por lacerantes abstinencias sexuales, esas familias arruinadas económicamente por ceder a insanas reventas en el mercado negro, esos entusiastas cegados por el estallido de un petardo celebratorio me llenan de alegría el corazón.

Soy tan partidario de la pasión futbolística como lo soy de las carreras, de las competiciones motociclistas al borde de los precipicios, del paracaidismo desatinado, del alpinismo místico, de la travesía de los océanos en botes de goma, de la ruleta rusa y del uso de drogas.

Las carreras mejoran las razas, y todos estos juegos que acabo de enumerar conducen afortunadamente a la muerte de los mejores y permiten que la humanidad continúe tranquilamente sus vicisitudes con protagonistas normales y medianamente desarrollados.

En cierto modo estaría de acuerdo con los futuristas en que la guerra es la única higiene del mundo, con una pequeña corrección: lo sería si se consintiera que participaran sólo los voluntarios.

Pero, desgraciadamente, la guerra también implica a los renuentes, y en este sentido es moralmente inferior a los espectáculos deportivos.”

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *