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JULIO VERNE, UN ESPÍRITU AVENTURERO

Escribe: Alberto Morales.

Hubo una época remota en la que los niños no teníamos que estar frente al televisor para vivir las aventuras más arriesgadas, conocer los sitios más recónditos, recorrer las distancias más absurdas y vencer a los enemigos más malvados.

Véanos usted concentrados, tendidos en la cama o en un parque, en las escalas, absortos en frente de cualquiera de esos libros fabulosos de don Julio Verne: “Viaje al centro de la tierra”, “Veinte mil leguas de viaje submarino”, “La vuelta al mundo en ochenta días”…

Don Julio Verne, cuyo nombre original era Julio Gabriel (Jules Gabriel Verne) nació en Francia, en Nantes el 8 de febrero de 1828 en el seno de una familia acomodada. Su padre, un prestigioso abogado, soñaba con que Julio heredara su oficio y su buffet.

Pero Julio Verne no quería ser abogado, quería ser escritor. De allí que, aunque culminó exitosamente los estudios de derecho que le impusieron en casa, él hizo de la escritura su razón de ser.

Don Julio Verne escribió poesía y también obras teatrales, pero su celebridad se debe al sinnúmero de novelas de aventuras con las que incendió la imaginación de varias generaciones.

De hecho, aún hoy ostenta el título de ser el segundo escritor más traducido del mundo, después de doña Agatha Christie.

LA PASIÓN POR LA AVENTURA

Su biografía abunda en anécdotas que operan como gestos premonitorios de todas esas historias que protagonizarían sus héroes en la ficción.

Se narra que tenía tan sólo once años de edad cuando se embarcó como grumete en un barco mercante que se alistaba para viajar a la India. Tenía un objetivo claro. Viajaría hasta esas tierras remotas para traerle un collar de perlas a la mujer que amaba (su prima Caroline). El viaje se frustró porque el padre logró bajarlo antes de zarpar.

J.V-compressorEra un muchacho vigoroso y muy inteligente que se destacaba en tema de geografía y las matemáticas, obsesionado con el conocimiento y las fichas de lectura, y la sistematización. Nunca dejaba nada al azar. De hecho, renunció a vivir con su hermano Paul una aventura emocionante, viajando por el río Loira hasta el mar con una pequeña embarcación de vela que les regaló su padre, por el hecho de que era un viaje que no contaba con suficiente planeación.

Pero quien desencadenó toda la fuerza de su imaginación, fue una profesora en Nantes, quien le relataba los viajes de su esposo, un marinero de profesión.

El joven Verne se dio a la tarea de coleccionar artículos de viaje, textos científicos, en el ejercicio de una curiosidad inagotable y rigurosa que le serviría de alimento para toda su producción literaria, en donde abundan los datos y las cifras.

Sus estudios de Derecho se realizaron en París. Allí tuvo la oportunidad de conocer a los Dumas. Fue una experiencia formidable que no solo consolidó su vocación de escritor sino que le generó un serio conflicto con su padre, quien le retiró todo el apoyo económico.

Su obsesión con la lectura llegó a niveles extremos. Todo su diner lo invirtía en libros, dejó incluso de comer y las hambrunas le generaron efectos físicos que marcaron su vida: los trastornos digestivos degeneraron en parálisis facial.

Es patética una carta rescatada por el Mayor David Orguillés y que aparece en su texto “Grandes Biografías” y que da cuenta de la dimensión de sus dolencias. Es una carta dirigida a su madre: “Trabajo de la mañana a la noche sin parar, y así todos los días (…) El estómago sigue bien, pero los tirones de la cara me molestan mucho; además, como tengo que tomar siempre algo, ya no duermo absolutamente nada. (…) Todas estas molestias proceden de los nervios que tengo siempre en extrema tensión”…

UN ESCRITOR Y UN MAGO DE LAS PREMONICIONES

Hay una curiosidad para destacar: su primera novela: “París en el siglo XX”, escrita hacia el año 1861, no fue aprobada por los editores, pues observaban en ella una visión muy pesimista. Julio Verne describía allí a una ciudad gris “obsesionada con  el dinero y con los faxes”. Fue finalmente publicada 133 años después, en 1994.

Es cierto que la obra de Julio Verne está llena de premoniciones afortunadas. En muchos de sus viajes extraordinarios: “De la tierra a la luna”, por ejemplo, pues las coincidencias con lo que ocurriría más de 100 años después son extraordinarias:

El Apolo 8 que despegó en 1968 es una nave en la que “viajan tres astronautas, Estados Unidos es el promotor y productor de la hazaña, despegan desde el estado de Florida, escapan de la gravedad terrestre a 11 km por segundo, requieren 150 horas de viaje para llegar a la Luna, no aterrizan allí sino que dan varias órbitas alrededor y regresan a la Tierra”.

Julio Verne es reconocido decididamente como el precursor de la “ciencia ficción” y la “novela de aventura”. Su rigurosidad como estudioso de los temas científicos y la tecnología conocida en su época, sumada a su imaginación y capacidad lógica, le permitieron ser un escritor sensiblemente adelantado a su tiempo, de manera tal que las descripciones de artilugios asombrosos como el submarino o el helicóptero son reafirmaciones de esa condición premonitoria a la que hicimos referencia.

Fragmento del texto “De la tierra a la luna”

¡Fuego!

Y llegó el día clave, el primero de diciembre, porque si el lanzamiento del proyectil no se efectuaba aquella misma noche, a las diez y cuarenta y seis minutos y cuarenta segundos, más de dieciocho años tendrían que transcurrir antes de que la Luna se volviese a presentar en las mismas condiciones simultáneas de cenit y perigeo.

El tiempo era magnífico. A pesar de aproximarse el invierno, el Sol resplandecía y bañaba con sus radiantes efluvios la Tierra, que tres de sus habitantes iban a abandonar en busca de un nuevo mundo.

¡Cuántas gentes durmieron mal durante la noche que precedió a aquel día tan impacientemente deseado! ¡Cuántos pechos estuvieron oprimidos bajo el peso de una ansiedad penosa! ¡Todos los corazones palpitaron inquietos, a excepción del de Michel Ardan! Este impasible personaje iba y venía con su habitual movilidad, pero nada denunciaba en él una preocupación insólita. Su sueño había sido pacífico, como el de Turena al pie del cañón, antes de la batalla.

Después que amaneció, una innumerable muchedumbre cubría las praderas que se extienden hasta perderse de vista alrededor de Stone’s Hill.

Cada cuarto de hora, el ferrocarril de Tampa acarreaba nuevos curiosos.

La inmigración tomó luego proporciones fabulosas y, según los registros del Tampa Town Observer durante aquella memorable jornada, hollaron con su pie el suelo de Florida alrededor de cinco millones de espectadores.

Un mes hacía que la mayor parte de aquella multitud vivaqueaba alrededor del recinto, y echaba los cimientos de una ciudad que se llamó después Ardan’s Town. Erizaban la llanura barracas, cabañas, bohíos, tiendas, toldos, rancherías, y estas habitaciones efímeras abrigaron una población bastante numerosa para causar envidia a las mayores ciudades de Europa.

Allí tenían representantes todos los pueblos de la Tierra; allí se hablaban a la vez todos los dialectos del mundo. Reinaba la confusión de lenguas, como en los tiempos bíblicos de la torre de Babel. Allí las diversas clases de la sociedad americana se confundían en una igualdad absoluta. Banqueros, labradores, marinos, comerciantes, corredores, plantadores de algodón, negociantes; banqueros y magistrados se codeaban con una sencillez primitiva. Los criollos de Luisiana fraternizaban con los terratenientes de Indiana; los aristócratas de Kentucky y de Tennessee, los virginianos elegantes y altaneros, departían de igual a igual con los cazadores medio salvajes de los lagos y con los traficantes de bueyes de Cincinnati.

Cubrían unos su cabeza con sombreros de castor, de anchas alas, otros con el clásico panamá; quién, vestía pantalones azules de algodón; quién, iba ataviado con elegantes blusas de lienzo crudo; unos calzaban botines de colores brillantes; otros ostentaban extravagantes chorreras de batista y hacían centellear en su camisa, en sus bocamangas, en su corbata, en sus diez dedos, y hasta en los lóbulos de sus orejas, todo un surtido de sortijas, alfileres, brillantes, cadenas, aretes y otras zarandajas cuyo valor era igual a su mal gusto. Mujeres, niños, criados, con trajes no menos opulentos, acompañaban, seguían, precedían, rodeaban a estos maridos, estos padres, estos señores, que parecían jefes de tribu en medio de sus innumerables familias.

Sobre el Autor:

Su prolija obra es una de las mayores expresiones del género de ficción y aventura.

Entre sus novelas más conocidas se encuentran:

• 20.000 Leguas de viaje submarino

• La isla misteriosa

• Una ciudad flotante

• De la tierra a la luna

• Alrededor de la luna

• París en el siglo XX

• Ante la bandera

• Los quinientos millones de Begún

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