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La chiva, recorriendo los caminos de Colombia

A lo lejos, por un camino polvoriento y bajo el inclemente sol del mediodía, el bus de escalera del municipio de Andes anuncia su llegada. Con su imponente claxon, los viajeros se disponen a abordar el vehículo más representativo de Colombia, un medio de transporte que por décadas ha conectado a las veredas con las cabeceras municipales, incluso el crecimiento descomunal de las ciudades ha permitido que estos coloridos automotores se desplacen por amplias avenidas en busca de las terminales de buses.

Estos vehículos, junto con el ya desaparecido ferrocarril, fueron de los primeros servicios de transporte público con motor que tuvo Colombia. Al principio, tenían como fin el transporte de carga, principalmente de los alimentos que se producían en las fincas; la necesidad de movilidad en los pueblos hizo que estos buses transportaran personas y carga por la accidentada geografía nacional. A pesar de ser muy populares en el país, su lugar de nacimiento es incógnito para sus usuarios, quienes se sienten orgullosos de utilizar este tipo de transporte en la región, o por lo menos eso le ocurre a Doña Fabiola, una habitante de Heliconia, en Antioquia, y para quien esta escalera “la baja” al pueblo a hacer sus compras cada fin de semana. Al igual que ella, miles de colombianos tienen como único medio de transporte las coloridas chivas, líneas o escaleras, que sin importar su denominación regional, son en ocasiones, el único automotor capaz de suplir sus necesidades de tránsito.

Hernán Saldarriaga, presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas de Andes, en Antioquia, y quien conoce de cerca la historia de estos buses, asegura que este tipo de transporte no fue exclusivo de nuestro país: Brasil, El Salvador, Perú y hasta Afganistán, cuentan con sus respectivas chivas, que se ajustan a las particularidades de su territorio. “Todas las regiones rurales tienen sus propias soluciones, es un transporte adaptado a la ruralidad”, comenta Saldarriaga, quien además trabaja de la mano con el colectivo de artesanos que les da vida a estos buses en el departamento.

Chiva (2)

El proceso de montaje de una chiva dura en promedio 6 meses, desde la construcción de su armazón, y la pintura y el diseño de los distintivos que la hacen única en la región. Este comienza con un armador, cuyo trabajo consiste en construir la estructura de hierro y madera de la chiva, una vez esté lista el proceso lo toma el latonero, quien se encarga de acondicionar la carrocería del bus para que la estructura, construida a base de hierro y madera, no se oxide o se pudra. Posteriormente, como si fuera un engranaje, carpinteros, ebanistas y talabarteros elaboran las bancas y la cojinería de la chiva, que son removibles para cuando se debe transportar carga; una vez finaliza este proceso, el vehículo pasa a manos del electricista, cuyo trabajo consiste en acondicionar todas la conexiones eléctricas del carro y la singular iluminación; luego el pintor se encarga de darle vida e impronta personal al bus escalera con los diseños y colores que hoy caracterizan este transporte. Y finalmente, la chiva llega a manos del mecánico, quien se encarga de garantizar la mejor seguridad de la máquina y la mayor fuerza del motor para los terrenos hostiles en que transita día a día.

A pesar de que todas las chivas tengan el mismo proceso de construcción, los detalles hacen que cada una sea única y son los dueños de los buses quienes al final imprimen su ADN en los diseños y distintivos que se ven en la parte frontal interna de cada escalera, “él es el que pone todo lo que le gusta para que su carro sea diferente, eso tiene mucho que ver con la emotividad del propietario. Esos detalles hablan de él como conductor”, asevera Saldarriaga, incluso los nombres de los mismos buses son producto de anécdotas vividas por sus propietarios son ellos los que al fin de cuentas comparten con los municipios sus historias de vida.

Chiva (3)

Y es que la importancia de los buses de escalera en Colombia ha sido vital para el desarrollo de las áreas rurales, “se tiene la creencia que si a una vereda va una escalera, es una vereda fuerte y económicamente productiva, con gente pujante”, comenta Hernán, quien a través de su trabajo constante ha dado luces sobre el papel desempeñado por estos vehículos en municipios del suroeste antioqueño como Jardín, Andes y Jericó. Además de la construcción colectiva del propio bus, el uso también es una experiencia que se vive en grupo. Las razones de viaje son irrelevantes una vez se aborda una chiva, la camaradería es un elemento que hace mucho más cercano este medio de transporte entre los habitantes de los municipios, incluso esa interacción ha desarrollado un lenguaje tipo “escalera”, ese que en los pueblos describe una parada con nombre de su región “no existe un mapa o parada que diga estación Filo de hambre, o El Cardal, pero la gente sabe en dónde queda. Ese es el lenguaje, nosotros lo promovemos y lo cuidamos”, concluye Saldarriaga.

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No obstante y a pesar de contar con un reconocimiento nacional, las chivas han tomado matices que se desprenden de aquella tradición rural por la que surgieron. Ciudades como Bogotá, Medellín, Cali y Cartagena han adoptado estos vehículos como discotecas ambulantes, degenerando así la esencia de la chiva y su conexión con la ruralidad. “Nos hacen más daño que bien esos transportes, porque además hay un consumo desmedido de alcohol y no se respetan las condiciones de seguridad”, complementa Hernán, quien afirma además que los transportadores de buses de escalera tienen restricciones al movilizarse por las ciudades, ya que algunas autoridades de tránsito y de policía no identifican las diferencias entre un bus de escalera y una chiva rumbera.

Sin importar su nombre, chivas, escaleras o líneas, estos carros además de conectar veredas y municipios, también se encargan de tejer la historia rural de un país, ese mismo que durante años ha trazado caminos polvorientos para que sus vehículos dialoguen con sus paisajes.

“VIAJAR en un camión de escalera es una experiencia única de integración con el paisaje y los compañeros de viaje, que por catarsis es la vivencia de la colombianidad”.

-Hernán Saldarriaga-.

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