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LECTURAS AL VUELO ESOS CUENTOS DE MIEDO QUE HACEN REIR…

Garmendia es un hombre que mira hacia afuera, es un fisgón que va buscándole los huesos a sus personajes.

Alberto Morales Gutiérrez

Salvador Garmendia (Barquisimeto 1928 – Caracas 2001) tiene un puesto destacado en el concierto de la narrativa latinoamericana y sobresale por su depurada técnica en el abordaje de los cuentos cortos.

Más que capacidad de síntesis, impecable manejo del lenguaje e imaginación, su talento estriba en la manera como convierte las conversaciones cotidianas más nimias en reflexiones profundas sobre la existencia, reflexiones que trascienden a sus personajes y a sus lectores.

Para la muestra, una de sus obras maestras: “Alusiones Domésticas”, uno de los cuentos incluidos en el libro “Difuntos, extraños y volátiles” (Editorial Tiempo Nuevo, 1970), una de esas joyas que se pueden llevar en el avión y que se degustan en un vuelo corto.

MIRE PUES LA TRAMA: 
Un hombre – se llama Lorenzo – va a abrir la puerta del cuarto de baño de su casa en una tarde sin nombre y su mano derecha queda de repente pegada al picaporte, soldada al pomo de metal.

Es un fenómeno esperado, asumido con cierta resignación. Luego de intentar soltarse solo y sin ningún resultado, decide llamar a su mujer quien también observa lo sucedido como un accidente de la cotidianidad y trata de ayudarle rodeándole la cintura con sus brazos y halando hacia atrás infructuosamente.

La escena, que bien podría ser descrita como un cuento de terror, adquiere en el texto un tono ridículo, pero Garmendia la va narrando con toda seriedad, como una crónica.

Llega un hijo del colegio y se une con frenesí a esta lucha por zafar al padre del picaporte, luego entra una hija y más tarde el niño menor. Todos encadenados los unos a los otros empujando hacia atrás para salvar al padre, esforzándose, bufando, animándose.

No le voy a contar cómo termina el cuento para convocarlo a que lo lea, pero si quiero que lea este aparte para que entienda lo que he querido decirle:
“No pasó mucho tiempo sin que apareciera Luciano, el hijo mayor, que volvía del liceo. Dejó en un sofá su carpeta, y al observar lo que pasaba se agregó a la cadena, enlazando debidamente a la madre.

María Lorenza y Juancito, los menores, entraron minutos después, pidiendo a gritos su comida, y ellos también, de mayor a menor, pasaron a agrandar la fila. Todo iba bien, aunque sin resultado aparente cuando…” Bueno, cuando ocurre lo que finalmente ocurre. Ese final es sorprendente e hilarante.

Tal vez una de las reflexiones que más me gustan sobre la obra de Salvador Garmendia es la del también escritor Rafael Arráiz Lucca, que hace un particular énfasis sobre la significación que tenía para Garmendia el abordaje del desenlace de sus tramas.

…” el autor no desdeña dato para completar la atmósfera donde ocurren sus historias. Muchas de ellas concluyen como terminan las vidas: con la muerte. Bien sea por suicidio o por abandono, por vejez o por asesinato.

El desenlace mortal seduce al narrador, tanto como su proverbial sentido del humor que no deja de esplender ni en las situaciones más dramáticas.  Hasta en la descripción de un anciano decrépito agonizando puede hacernos guiños la mirada humorística del autor.  Y aquí surgió una palabra clave de toda esta narrativa: la mirada. Garmendia es un hombre que mira hacia afuera, es casi un voyeaur, un fisgón que va buscándole los huesos a sus personajes. De hecho, innumerables veces, al describir, señala el esqueleto que subyace bajo la piel con una gran fruición.  Él mismo hace la metáfora de sus operaciones narrativas: le ve el hueso al personaje. He aludido varias veces al personaje porque considero que es joya de los textos garmendianos, pero en nada estorba a la importancia que la trama tiene para el autor…”

EL subrayado es mío. Es un deleite leer a Garmendia, usted puede hacerlo.

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