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Más de dos décadas de rock

Escribe: Diana Gómez

“Todavía recuerdo ese primer festival, jamás pensé que en mi ciudad fuera a existir un festival dedicado al rock”, comenta muy emocionado Fernando Gómez, un administrador de empresas, y quien fue uno de los 80 mil asistentes al primer Festival Rock al Parque, por allá en 1994. Ya han pasado 22 años y el festival sigue siendo una institución para Bogotá, pues desde su aparición no ha parado de inundar de rock and roll la capital.

La tarea, por supuesto, no era fácil, pero algo se podía hacer. Mario Duarte, vocalista de la agrupación La Derecha, y el empresario Julio Correal, con el apoyo de Instituto Distrital de Cultura y Turismo (IDCT), decidieron darle a la ciudad un festival, al aire libre, en el que la música fuera el canal para transmitir mensajes de convivencia y tolerancia entre el público. El Parque Simón Bolívar, La Media Torta y La Plaza de Toros La Santamaría, esta última no gratuita, fueron los primeros escenarios en los que el festival hizo presencia durante el 26 y el 29 de mayo de 1994.

Al año siguiente de su nacimiento el Festival tuvo un año sabático, retomando las filas en 1996, año en el que se convirtió ciento por ciento gratuito. Bandas internacionales como La Lupita de México, Puya de Puerto Rico y Los Tetas de Chile, se tomaron la escena musical local para incentivar el crecimiento del festival que se realizaba por segunda vez.

Sin embargo en 1998 el evento atravesó por una crisis que puso en riesgo su continuidad, pero se mantuvo en vista de su acogida por parte del público; incluso en 2004 el entonces Festival fue declarado Patrimonio Cultural de la ciudad, un verdadero triunfo para los roqueros capitalinos. “Yo soy de Neiva, y cuando las bandas que asisten al festival me llaman la atención, me monto en un bus desde el viernes para no perderme un solo día”, cuenta Juan Camilo Díaz, un joven universitario.

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El tiempo pasa y el festival tenía que crecer, no en vano en 2010 un documental realizado para su decimoquinto aniversario titulado “A los 15, uno ya es grande”, retrata el camino recorrido hasta ese entonces. Por eso hoy, en 2016 cuando ya supera el segundo piso, deja claro que el festival ha ampliado su oferta musical, siempre bajo un marco de tolerancia, respeto y convivencia. Ska, reggae, punk, industrial, electrónico y metal son algunos de los ritmos que mueven el festival cada año por los meses de junio, julio o agosto. En ciudades como Bucaramanga e Ibagué se ofrecen paquetes turísticos para asistir al festival, además ciudades como Medellín ya cuentan con sus festivales de rock que incentivan su industria local.

Durante estos años de crecimiento, el festival ha incorporado a su oferta musical talleres y encuentros académicos con músicos, periodistas y empresarios, para hablar sobre la importancia de las artes y la gestión cultural. Además, el evento ha destinado un espacio que recoge iniciativas empresariales que estén destinadas al cuidado del medio ambiente y que promuevan el uso de la bicicleta, la práctica del reciclaje y el cuidado de las especies; así mismo, también ha acondicionado un lugar para la venta de productos y accesorios relacionados con la cultura rock.

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Se han abierto espacios de creación artística, verdaderos laboratorios donde campo audiovisual, la fotografía, y la literatura traen nuevas propuestas que nutran la versatilidad de festival gratuito más grande de Latinoamérica. De igual forma, el festival a través de sus cuentas en redes sociales mantiene un contacto permanente con los fanáticos, compartiendo novedades de cada evento; y por su parte los canales locales durante los tres días de festival realizan transmisiones en vivo, para aquellos que como Fernando, de 40 años, ya no asisten al festival, porque según él: “Ya no voy porque los años no vienen solos –comenta entre risas- pero estoy seguro de que las nuevas generaciones disfrutan con la misma energía este festival”. Según cifras de Idartes, organizador del evento, en 2014 Rock al Parque convocó cerca de 400 mil personas en los escenarios previstos para su realización, una cifra que con el paso del tiempo demuestra la importancia que tiene este espacio para la ciudad.

Hoy la pinta es lo de menos, el único implemento necesario para el evento, quizá, es una chaqueta que proteja a los asistentes del frío sabanero. “Yo sin mi chompa no viajo, por más pogo que haga, el frío siempre es difícil de llevar”, cuenta entre risas Camilo, quien espera seguir visitando el festival y disfrutando de cada ‘pogo’ que se toma la plaza de eventos del Parque Simón Bolívar: “Este festival si me hace querer a Bogotá”, finaliza.

Por lo pronto, los seguidores del festival esperan con ansias los tres días destinados al rock para 2016, pues pese a los problemas que la ciudad enfrenta diariamente, este espacio reivindica el sentimiento capitalino hacia su casa, esa que durante 22 años ha compartido con su gente una muestra de respeto, convivencia y sobretodo mucho rock and roll.

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