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OTRA VEZ EL AMIGO

Vuelve de tarde en tarde.
Soy yo mismo quien me mira en sus ojos
al sentarse en un mueble o inducir un saludo;
vapuleado por olvidos y sueños,
con ceniza en la voz y las manos vacías,
buscando mis palabras, oyendo su respuesta en
mis preguntas.

A veces ladea el rostro, aparta su mirada
y tose suavemente.
Podemos hablar o extender el silencio
(cosas, evocaciones que ya no son palabras)
recordar lo que pudimos ser
mientras no fuimos,
nutrirnos de un tedioso arsenal
rescatando cadáveres dormidos, entre rosas
antiguas).

Entonces cambia de postura en la silla
y se queda mirando una parte del mundo
(tal vez ese ángel que cuelga del ropero en forma
de camisa
o ese polvillo con que el día se disuelve en la luz)
y luego parece despedirse desde esa misma silla
en que sigue sentado
para volver después,
fantasma del olvido en otro sueño,
sin que nadie lo espere.

Por: Héctor Rojas Herazo

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