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Yuri Buenaventura, con su manigua a cuestas

Escribe: Salvatore Laudicina

Arropado por la Orquesta Sinfónica de Colombia, el niño mimado de la salsa en París presenta su disco más introspectivo y personal.

Llueve. Al otro lado del teléfono, la voz de Yuri Buenaventura reviste la charla de esa naturalidad que invita a cruzar la frontera entre periodista y entrevistado. Por momentos, parece la conversación de dos viejos amigos que se reencuentran después de muchos años.

Suena genuino, cómodo con esa humildad que hace las veces de novia eterna y no lo deja ni a sol, ni a sombra. Con una voz que, aun conversando a secas, suena tan cálida como cuando se sube al escenario para entregarse a las letras de sus canciones. Los recuerdos entretejen imágenes que se vuelven la escena de una película. La película de su vida, grabada entre el Pacífico colombiano y Francia.

“La biodiversidad de Buenaventura, la ciudad donde nací, fue el mejor regalo de mi adolescencia. Era maravilloso contemplar la vegetación, los ríos, los camarones andando a sus anchas en el agua”, afirma.

Mientras juega a su antojo con el pasado, es inevitable pensar en ese Yuri que estremece París con su música y logra que la mismísima Salma Hayek contonee sus caderas al compás de la mítica versión salsera de ‘Ne Me Quitte Pass’ en el Festival de Cannes. Pese a la fama y el halo europeo, la esencia de aquel adolescente inquieto sigue intacta.

Con la agilidad de una liebre, las preguntas cambian de dirección. Es momento de hablar de Manigua, su nuevo disco. El concierto en el Teatro Colón de Bogotá junto a la Orquesta Sinfónica de Colombia el pasado julio, aún está fresco en la memoria.

“Muchos nervios, pero también mucha felicidad. Es de esos regalos que uno agradece como artista porque te amplia la perspectiva de la música”, confiesa. “Lo más emocionante es la interpretación. Cada frase adquiere una connotación diferente, una intensidad más compleja”.

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UN VIAJE AL PASADO

La arquitectura musical de Manigua es un verdadero agasajo para el oído. La tesitura vocal de Buenaventura y los 70 músicos de la Orquesta Sinfónica de Colombia conforman una mancuerna admirable.

Los tambores, la marimba, la percusión, el piano y los sonidos indígenas conviven armónicamente en un terreno-haciendo alusión al significado de la palabra manigua en algunos países caribeños- donde cada canción posee una identidad propia.

Lograr esta amalgama no es obra y gracia de un simple deseo creativo. Es el resultado de una meticulosa investigación y la acertada decisión de trabajar junto al belga Paul Dury y los colombianos José Aguirre (director del Grupo Niche) y Juan Andrés Otálora (ganador del Grammy Latino por el álbum Fonseca Sinfónico).

“Recorrimos la historia de América Latina y el Caribe durante los siglos XVII y XVIII. Es maravilloso encontrarte de frente con el aporte de la música africana en nuestro continente y comprender la fusión que se produce entre las sonoridades europeas y el universo rítmico negro”, explica.

Buenaventura no escatima en elogios para alabar el trabajo de sus compañeros de travesía. “Sin el maestro Paul Dury, José Aguirre y Juan Andrés Otálora no hubiese sido posible llegar al resultado final. Cada uno de ellos tiene un papel protagónico en esta aventura. Aquí no hay egos ni deseos de sobresalir más que el otro”.

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SONORIDADES SELVÁTICAS

Cuando se le pregunta por la inclusión de sonidos indígenas en el disco, Buenaventura hace énfasis en la atmósfera selvática, estrechamente ligada a los mitos del Pacífico colombiano que menciona en algunas de sus letras.

“Es un verdadero privilegio que este disco cuente con la herencia musical de nuestros ancestros. (José) Aguirre y (Juan Andrés) Otálora supieron construir un universo donde esas letras adquieren una significación especial, gracias a esos sonidos que forman parte de la sabiduría indígena”.

MAESTRO CON EL ALMA APRENDÍZ

En ese ir y venir de recuerdos en su mente, trae a colación el más especial del concierto en el Teatro Colón. “El inicio siempre te intimida. Estás muy frágil. Literalmente te desnudas frente a un público que espera muchísimo de ti”, relata. “Ensayamos el repertorio en una semana. No tienes tiempo de digerir muchas cosas y al salir a escena, vives una montaña rusa de emociones”.

Con treinta años de trayectoria y un sinfín de batallas ganadas, reafirma que sigue siendo aprendiz de su oficio. “He trabajado con músicos de todas las nacionalidades y he aprendido algo valioso de cada uno.  Esa es la columna vertebral de Manigua: la fusión de culturas y ritmos”.

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EL ETERNO GUERRERO

La vida le sonríe gratamente a Yuri Buenaventura. Con el lanzamiento del disco, viene una gira nacional junto a la Orquesta Sinfónica de Colombia. En el primer semestre de 2019, los conciertos llegarán hasta Europa. Sumado a esto, prepara un nuevo disco.

“Lo estoy preparando con calma para vivir intensamente todo lo que traiga Manigua. Estoy componiendo sin afanes. Las canciones que llegan al alma, toman tiempo”.

Los recuerdos vuelven a entretejer una escena de su película. Esta vez, se visualiza caminando en los Campos Elíseos, entonando las estrofas de su canción ‘El Guerrero’, – una de las joyas del álbum- buscando desesperadamente a su amado Pacífico entre tanto glamour y sofisticación.

“Si las ballenas jorobadas que se avistan en Buenaventura vinieran a París, mi felicidad sería completa”, confiesa entre risas. Aún llueve. Las palabras se extinguen y los silencios se lían fugazmente. Elogios mutuos, una despedida veloz. El ‘Sonero de París’ debe cantarle a la vida, con su Manigua a cuestas.

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