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ESTATUAS LLENAS DE VIDA

Escribe: Juliana Úsuga

Desde mucho antes, desde las remotísimas épocas de Dionisio y el dios Baco, el teatro fue un arte callejero. Los expertos coinciden en armar que las estatuas vivientes son una actividad teatral, y eso es cierto. Baste con mirar el dramatismo eciente de sus maquillajes, la contundencia de las puestas en escena, la capacidad impresionante de llamar la atención, de conmover.

Parece que todo empezó en la antigua Grecia. Imagine usted esa Atenas de los tiempos de Diógenes, de Antístones, de Aristóteles, por el año 500 A de C. Una ciudad hermosa, blanca, repleta de estatuas por doquier, estatuas de seres humanos en las más diversas poses que no sólo adornaban calles y parques, sino que se entronizaban en las salas de las casas y en sus patios interiores.  Imagine así mismo las intrigas palaciegas y las conspiraciones políticas de aquellas épocas (nada distintas a las que se viven 2513 años después), para que entienda la torva eciencia de unos espías disfrazados de  estatuas, escuchando esas conversaciones que nadie podía oír y entonces entenderá la larga, compleja, divertida y exótica historia de este arte callejero que sigue asombrando a los transeúntes de todas las grandes capitales del mundo.

– Estos actores callejeros son además trashumantes –

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El verdadero prodigio consiste en con-fundir al espectador, en hacerlo dudar:

¿Será una escultura, será un disfraz?. Un amigo conesa que en París, una estatua dorada de Tutankamón atravesada en los Champs Élysées estuvo a punto de matarlo de un in-farto cuando se recostó en ella y, de repente, tosió.

Si alguna cosa vale la pena ver en La Rambla, en Barcelona, es la abundancia de estatuas vivientes, cada una más creativa que la otra. El tipo sentado en el inodoro leyendo la prensa es de antología.

Y las estatuas medievales de Londres o las circenses de New Orleans son más que espectaculares.

Estos actores callejeros son además trashumantes. Su puesta en escena se ve hoy aquí y mañana allá. La vemos en las ferias y en los carnavales, de ciudad en ciudad, de calle en calle.

Sualei Acosta, que llegó a Medellín hace seis años desde Barranquilla, es una estatua viviente e interpreta su personaje con una veracidad tal, con un coraje tal, con una persistencia tal, que es capaz de vivir dignamente de su ocio y sostener dignamente a su hija de tres años, a punta de quedarse quieta, quietecita bajo el sol canicular de la Avenida Oriental, deslumbrando a los transeúntes como una barequera que extrae oro de la nada.

Sualei es una arquitecta que un día se quedó sin trabajo y, a instancias de un amigo teatrero que estaba curtido en mil estatuas, aprendió por curiosidad y luego por convicción, los secretos de este ocio que hoy le da tantas satisfacciones. Es una impresionante jornada que se inicia todos los días a las seis y treinta de la mañana y concluye a las cuatro de la tarde, cuando lo empaca todo luego de desmaquillarse y se va al encuentro de su muchacha.

– ¿Mucho calor con ese vestido dorado y pesado?

– Nooo, que va, calor el que hace en Barranquilla.

– Bueno, aparte de conseguir los recursos diarios para la sobrevivencia y para tu hija, ¿que más satisfacciones quedan?

– Muchas, la manera como la gente aprecia lo que haces, las cosas bonitas que te dicen,  las conversaciones que escuchas en las que tú eres un referente. La muchacha tomada de la mano del amor de su vida, que le dice casi susurrándole… ¿te acuerdas que fue junto a esta estatua cuando nos conocimos?…

 

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