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LA VIDA EN UN SEMÁFORO – HÉROES ANÓNIMOS

Escribe: Juliana Úsuga Torres

Muy probablemente Federico no es asumido por las estadísticas como un desempleado. Tal vez su creatividad, su esfuerzo diario, le permita apenas integrar las cifras implacables de los “trabajadores informales”. Él hace parte de ese ejército de jóvenes dedicados al rebusque que inundan las calles de nuestro país (los semáforos de nuestro país) y que tratan de seducir con sus malabares a los conductores y pasajeros que los miran indiferentes y que, ocasionalmente, les recompensan con unas monedas. Federico está integrado, tal vez sin saberlo, a una cofradía compuesta por miles y miles de hombres y mujeres que realizan su actividad en los semáforos de toda América Latina: los artistas callejeros.

LAS OPORTUNIDADES NEGADAS.

Pero Federico no es un analfabeto, no es un desplazado proveniente del campo, no. Es un bachiller que hizo luego una carrera intermedia (Técnico en Logística) y que, a fuerza de recibir negativas en las innumerables oficinas en donde presentó su hoja de vida, tuvo que “adoptar el arte callejero” como una profesión y una manera de vivir. Acaba de cumplir 26 años y ya sabe que el rebusque encaja con su “ideología libertaria y anarquista”. “Esto es lo mío”, dice.

EL APRENDIZAJE.
Se dejó convencer por unos “parceros” que le demostraron con hechos que el  arte callejero daba para vivir dignamente.

Aunque sabía que muchos de ellos lo hacían para satisfacer necesidades simples: comprarse algo que deseaban o reparar la moto, por ejemplo, la cifra de dinero que ellos mencionaban superaba la del salario mínimo.

Y entonces hace referencia a unos grupos juveniles que se organizan en los barrios, en donde entrenan y aprenden sus malabares, los conectan con la música, les enseñan acerca de la puesta en escena. Comenta de la existencia de algunas corporaciones que adoptan el arte como una salida para exorcizar las violencias de los barrios populares, y explica que invirtió un año de su existencia en este aprendizaje hasta cuando un 16 de agosto “sintió” que estaba listo. Acababa de cumplir 24 años.

LA PROFESIÓN.
Se lanzó al ruedo. Empezó a sentir el gusto por la calle, a regocijarse con la mirada de aprobación de los transeúntes, a emocionarse con el aplauso ocasional, a valorar cada moneda que recibía. Y entendió que la cosa no estaba en repetirse, que había que montar cada vez mejores espectáculos, a meterle creatividad al asunto, a hacerlo con rigor.

Fotografías: Cámara Lúcida.

Fotografías: Cámara Lúcida.

Se lanzó al ruedo. Empezó a sentir el gusto por la calle, a regocijarse con la mirada de aprobación de los transeúntes.

Y ocurrió que ahí, en la calle, empezaron a llamarlo para que hiciera sus maromas en eventos corporativos y en estas. No podía creerlo. Por eso insiste en que debe aparecer muy visible en este artículo su teléfono celular y yo, claro, le doy gusto, por si ocurre que usted lo necesita: 313 658 09 15. Dice que tienen incluso montajes colectivos y que hay espectáculos en los que participan sus “parceros”.  Acordamos un precio y “lo que recibimos lo repartimos entre todos”.

EN CONTRAVÍA.
No, su familia no entiende el significado de ser artista callejero. Lo ven como un loco, dice. La única que cree en él es su mamá, que no critica su decisión y le da ánimos. “Para ella lo más importante es que yo me gane la vida dignamente”. Y de verdad que se la gana. Dos años después de haber adoptado esta decisión, tiene una pareja estable y vive con ella. “Me gusta su solidaridad, la manera como vigila que las interpretaciones que estoy haciendo salgan bien, me impulsa”.

Fotografías: Cámara Lúcida.

Fotografías: Cámara Lúcida.

“Para ella lo más importante es que yo me gane la vida dignamente”.

LA JORNADA LABORAL.
Se levanta todos los días a las cinco de la mañana y media hora después ya está montado en el Metrocable, bajando desde lo alto de una de las comunas de medellín. A las seis se instala en su semáforo. Y entonces realiza su show de manera ininterrumpida hasta las diez de la mañana, hora en la que se toma un descanso y hace un balance. Cuenta las monedas. Si la jornada ha sido buena, ha recogido unos $35.000.oo, si fue mala, apenas $15.000.oo. Y entonces toma una decisión. O termina el día luego del almuerzo entrenando con sus parceros, o repite la jornada de 2:00 a 6:00 pm con su show, para redondear el día. Si se han presentado en la noche funciones con sus amigos, y la jornada ha sido dura, entonces al otro día no madruga y solamente trabaja en la jornada de la tarde.

UNA PASIÓN.
Dice que hay una canción que lo inspira. Es una canción que, según él, es lo más lindo que ha podido escuchar. Una canción que le da ánimo, que lo dene, y entonces todo su cuerpo se agita al ritmo del ska mientras dice: “damos todo y nuestra lucha es corazón, el puño en alto significa rebelión”. Le pregunto por su apellido, para que quede consignado en la crónica, y Federico se ríe: Libertad, ponga ahí que yo me llamo Federico Libertad.

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Fotografías: Cámara Lúcida.

CAMBIAN LAS .
LUCES. VUELVE
EL VERDE EN
LA VÍA Y SE
CIERRA EL
TELÓN.

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