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Róbinson Díaz: el último dinosaurio

Escribe: Omaira Ríos Ortiz

Un joven envigadeño que ya había incursionado en la actuación en Medellín con el grupo Matacandelas, donde participó por casi cuatro años en distintas producciones teatrales, y como quería comenzar con el pie derecho, estudió en la ENAD, Escuela Nacional de Arte Dramático, importante referente en esa época para ser considerado un actor profesional.

Desde sus inicios, la televisión colombiana buscó temas de contenido estético o social en sus producciones, diferentes del cliché lloricón y trillado de las cenicientas rescatadas por príncipes azules, ricos y tontos, típicos de las telenovelas mexicanas y venezolanas.

Tuvimos teatro y literatura llevados a la televisión, y cuando aparecieron libretistas como Julio Jiménez, Bernardo Romero Pereiro o los Mauricios (Navas y Talero), las historias tomaron de nuestra geografía la diversidad cultural y étnica, nuestra picardía, desparpajo y recursividad callejera.

La aparición de varias productoras les dio riqueza, frescura y multiplicidad a nuestras realizaciones, especialmente cuando salieron de los rígidos estudios a la calle. Empresas como Punch, RTI, Coestrellas, Producciones JES y Cenpro, dejaron joyas como Cartas a Harrison, Los Victorinos, Puerto amor, Revivamos nuestra historia, De pies a cabeza, Sangre de Lobos, Dejémonos de vainas, Ok TV, Romeo y Buseta y Don Chinche, entre otras.

Telenovelas y series como Caballo viejo, San Tropel, Quieta Margarita, Azúcar, Café, La mujer del presidente, La casa de las dos palmas y Betty la fea, supieron identificarnos y hacernos visibles en el panorama mundial como un fenómeno televisivo. Así, los 80 y los 90 fueron dos décadas de esplendor, de años dorados para la televisión colombiana.

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LA VIRTUD DEL FEO

Durante esa época, los actores veteranos que pasaron de las radionovelas a las telenovelas hechas en vivo, día a día, inspiraron a jóvenes que se enamoraron del quehacer artístico y buscaron profesionalizarse para ser mejores que sus antecesores.

Entre esos jóvenes que llegaron a Bogotá a finales de los 80 estaba Róbinson Díaz Uribe, un joven envigadeño que ya había incursionado en la actuación en Medellín con el grupo Matacandelas, donde participó por casi cuatro años en distintas producciones teatrales, y como quería comenzar con el pie derecho, estudió en la ENAD, Escuela Nacional de Arte Dramático, importante referente en esa época para ser considerado un actor profesional. Allí se graduó como maestro en Artes Escénicas en 1991.

Pese a no tener las características físicas del galán de telenovelas, el éxito no se hizo esperar, porque era perfecto para interpretar roles del hombre común y corriente, del anti héroe que tanto nos gusta. Y tal vez eso fue lo mejor que le pudo pasar, porque los que perduran por más de diez años en este competido medio no son lo bellos, sino los rudos o los comunes que tienen talento, carácter e instinto escénico y eso le sobra a Robinson.

Desde 1990, cuando participó en “Garzas al amanecer” bajo la dirección de Kepa Amuchastegui, el actor no ha parado de trabajar con los mejores directores, libretistas y actores de este país, edificando una de las carreras actorales más constantes y prolíficas del medio colombiano.

La prueba está en las 29 producciones de televisión, las once películas y las 30 obras de teatro en las que ha trabajado. Eso sumado a los 15 trofeos como mejor actor, en diferentes categorías, que a ha recibido en los Premios Simón Bolívar, India Catalina y Premios Tv y Novelas.

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EL TEATRO, ANTIGUO NUEVO NICHO

Desde el 2014 cuando participó en la producción “Tiro de gracia”, no lo hemos vuelto a ver en las pantallas, pero no por ello ha parado de actuar, porque él ha sabido reinventarse. Su comedia “La fiesta del Cabo”, es un fenómeno de taquilla que lleva más de 150 presentaciones por todo el continente, desde Canadá hasta el Ecuador. El personaje gusta tanto que en solo México se han hecho ocho giras.

“La obra se me ocurrió debido al éxito del cabo en ‘El cartel de los sapos’, y la desarrollé junto con Alberto Barrero y Cesar Betancur (Pucheros). Es una mamadera de gallo sobre la vida y aventuras de un bandido temerario que llama a las cosas por su nombre y, por una razón que solo la puede responder el público, el personaje le encanta a la gente”. Pese a que la obra se estrenó hace más  de dos años, todavía la piden y este año el actor regresará a Guatemala y Panamá para volver a presentarla.

Este año estrenó en junio la comedia “Mucho animal” en el Teatro Patria en Bogotá, obra con la que se reinauguró dicho espacio que estuvo abandonado por algún tiempo. Gracias a su acogida, desde el 11 de agosto la comedia estará de gira por Yopal, Pereira, Cartagena, Medellín y, muy posible- mente, México. “A mí siempre me interesó el tema de los animales. Es más, la tesis mía de grado en la universidad, en la Escuela de Arte Dramático, fue sobre la construcción de los personajes a través de los animales, siempre tuve esa inquietud y se la manifesté a Pawel Nowicki y con él y con Cesar Betancur (Pucheros) decidimos hacer un paralelo entre la sexualidad de los animales y los hombres y el resultado fue “Mucho animal”. Son casos de la vida animal que Alberto Barrero y yo presentamos en paralelo de forma cómica sobre cómo podría ser en los hombres”.

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REFLEXIONES

Róbinson se cuida de comprometerse para elegir el personaje de sus preferencias. “Todas las actuaciones son para mí necesarias, pertinentes y coyunturales, hay unas que adoro y otras que olvido, eso de elegir se lo dejo al público”.

Para un actor tan versátil e inquieto no debe ser fácil asistir a la decadencia de nuestras producciones televisivas y nos preguntamos qué extraña de la Tv de hace 20 años. “Extraño los libretos, la calma con la que se hacía, las historias, las actuaciones, el cuidado con el que se realizaban, el respeto por la historia, por los directores, por los actores. Ahora cualquier pelagatos es actor”.

El actor reconoce que si pudiera influir en la forma de hacer televisión, no dudaría en exigir el título profesional para los que comienzan en la actuación.

Son muchos los actores con los que ha trabajado, por ello a la hora de decidir a cuales admira su lista es más larga de lo que esperaba: “A Carlos Mario Aguirre del Águila descalza, a Cesar Badillo de La Candelaria, Luis Eduardo Arango, Vicky Hernández, Teresa Gutiérrez (Q.E.P.D.), Carlos Benjumea, Frank Ramírez (Q.E.P.D.) y Pepe Sánchez. Entre sus directores preferidos señala a Víctor Mallarino y a Andrés Marroquín. Mauricio Navas, Mauricio Talero (Q.E.P.D.) y Pepe Sánchez son los libretistas cuyas historias más lo cautivan.

Con el bajón en la calidad y la escasez de producciones, muchos actores han huido en bandada para México, Miami y Canadá, pero el actor se ha resistido, aunque reconoce que si no tuviera más opciones en Colombia migraría a México, eso sí, con condiciones en los libretos.

Para Róbinson nuestras producciones son excelentes en comparación con el resto de América Latina. “Su mayor virtud es su cercanía con el público, sus exteriores y la frescura de sus historias y actuaciones. Y su mayor defecto es que hemos desperdiciado internacionalizarlas”.

Como este año ya está copado, el actor ya está proyectando novedades para enero de 2017. “Planeo poner en escena “La dama de negro” (The woman in black), de Susan Hill, obra de teatro de terror, basada en la película y la historia de terror, es una obra que lleva en cartelera en México 22 años y en Londres como 25”.

Parece que fue ayer que Róbinson nos cautivó con su interpretación de Carlos Alberto Buendía en “La mujer del presidente”, pero, la verdad es que a sus 50 años, recién cumplidos el pasado 29 de mayo, el actor ha sabido mantenerse vigente y ya es uno de los últimos dinosaurios de la actuación colombiana.  Confiamos en que su especie no esté en vía de extinción.

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