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UN ÓRGANO Y DOS PROTAGONISTAS, CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL

Escribe: Alberto Morales

EL ENCUENTRO

La cita es un sábado de bautizos, a las diez de la mañana y el escenario resulta impresionante: se trata de la Catedral Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción de María, otro de esos orgullos que tienen los paisas debido a sus dimensiones descomunales:  97.000 metros cúbicos, 1.120.000 ladrillos, Monumento Nacional, tres grandes naves longitudinales, una nave transversal. Obra emblemática del arquitecto Charles Émile Carré.

Accedemos al lugar del encuentro por un ascensor antiquísimo, que se disputa la condición de ser el primero que tuvo la ciudad, y entonces transitamos por un laberinto de pasadizos que se iluminan tenuemente con las luces de altos ventanales y conducen al recinto en donde se encuentran los dos protagonistas de esta historia: Octavio Giraldo Baena, el organista titular; Juan Esteban Giraldo, su hijo, quien también lo toca; y ese órgano monumental.

Es una experiencia sobrecogedora. Desde allí las formas de esta catedral adquieren unas dimensiones mágicas, sagradas. La altura es impresionante. Los feligreses se ven chiquiticos allá abajo. Pero lo realmente impactante son los tubos metálicos de este instrumento que se elevan sobre nosotros y llegan casi hasta el borde del último de los techos.

OCTAVIO GIRALDO BAENA
Octavio, que nació en el Carmen de Viboral en 1941, tuvo un encuentro temprano con la música, desde su lejano bachillerato con los padres Claretianos en Bosa – Bogotá. Eso explica que con tan sólo 18 años ya estuviera tocando el órgano en Abejorral. Luego fueron sus estudios de piano en el Instituto de Bellas Artes de Medellín con la profesora  Anna Fiora Grassellini y el maestro Pietro Mascheroni, y después en el Conservatorio de Música de la Universidad de Antioquia, con los maestros Harold Martina y Carlos Mario Vignes. Su vida ha sido desde siempre una vida musical, llena de conciertos, giras, encuentros, enseñanzas y experiencias que lo nutren y lo llenan de felicidad. Es organista titular desde el año 2010.

EL ÓRGANO
Que fue construido en Alemania, por la casa E.F. Walcker & Cia y que salió de su sede en Ludwisburg una tarde de junio del año de 1932 hasta el puerto de Hamburgo, desde donde atravesó el océano hasta llegar dos meses después a Puerto Colombia, para ascender penosamente por el río grande de la Magdalena y detenerse en Puerto Berrío, en donde fue transbordado a los vagones del Ferrocarril de Antioquia que lo trajeron, con sus 22 toneladas de peso, hasta aquí, hasta donde reposa ahora, en la Catedral Basílica, en marzo de 1933, nueve meses después de haber salido.

Y nos enseña que los teclados del órgano generan sonidos para 3.500 flautas, 300 de las cuales son de madera de caoba mientras las otras son de una prodigiosa aleación de estaño, plomo y zinc. La flauta más grande mide casi seis metros y medio y la más pequeña 6 milímetros. Este es el más grande de Suramérica.

Y suena entonces la Tocata en fuga en re-menor de Bach, de manera majestuosa, para que nosotros entendamos de una vez y para siempre que un órgano es una orquesta llena de instrumentos, porque somos capaces de escuchar las trompetas y las bombardas, los clarinetes y los oboes y las flautas, en un sinnúmero de sonidos hermosos e impactantes que brotan desde sus entrañas.

Aprendimos así mismo la enorme dificultad que ofrece su ejecución, porque ocurre que la música para órgano requiere un tercer pentagrama, que se lee verticalmente y opera para los pedales. Cada sonido debe aparecer en el momento indicado ¡Es muy exigente!

“Cada sonido debe aparecer en el momento indicado”

Ahora nos invitan a que conozcamos el motor que demanda un órgano de estas dimensiones. Se encuentra en un cuarto, al lado. Se trata de un motor de tres caballos de fuerza que permite producir el aire necesario para que esas enormes flautas emitan sonidos. El ventilador y las dos turbinas que lo integran suministran cincuenta metros cúbicos de aire por minuto que llenan cinco grandes fuelles. Es realmente impresionante.

JUAN ESTEBAN GIRALDO
Ahora es Juan Esteban el que hace una acotación importante: estos fuelles deben construirse con piel de caballo blanco, y debe ser a su vez de tierra fría, pues es este tipo de piel la que tiene la elasticidad que precisa un fuelle de estas dimensiones y exigencias. Hablamos con él. Un hombre joven que habla con reverencia de este instrumento.

¿Cómo llegó a la música? Nos enteramos entonces que hay ahí un sicólogo clínico con estudios en Filosofía y Letras a quien la música atrapó y se niega a soltar, para felicidad de él y la de su padre. La música ha sido una presencia en su vida desde la infancia. Tiene el recuerdo remoto de estar  jugando alrededor de este órgano y no olvida la experiencia sobrecogedora, cuando apenas tenía cuatro años, de escuchar extasiado la tocata y fuga interpretada por el maestro Hernando Montoya, su padrino, quien ha sido el mejor organista que tuvo Medellín. Claro que su vida profesional ahora transita por su condición de cantautor y en torno al otro extremo musical, el rock. Tiene su propia banda. Ha abierto conciertos de Fito Páez, Andrés Cepeda y los Toreros Muertos, ha hecho ya dos giras internacionales, una en Chile y otra en Estados Unidos. Tiene un blog y una página: www.estebangira.com, expresa con satisfacción que ya registra 30.000 descargas de sus canciones.

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Y entonces, ¿cuándo llegó al órgano? – le preguntamos- y nos dice que por accidente. Un día su padre le rogó que lo reemplazara porque se le había presentado un imponderable. Entró en pánico. Recuerda que dibujó los pedales en el piso para ejercitarse en la noche y que al llegar construyó la metáfora de estar montándose en un dragón enorme a quien le ha caído pimienta en el ojo: una bestia exaltada a quien tenía que domar. No sólo le fue bien sino que le quedó gustando.

MÚSICA Y RELIGIÓN
Nos asalta una duda. ¿Acaso este instrumento está concebido única y exclusivamente para la música religiosa? Aunque se pueden interpretar otro tipo de piezas, nos recuerdan que la función de los “Maestros de Capilla” que era como se denominaba en el pasado a esos organistas de planta de las grandes catedrales (Bach fue uno de ellos) era la de hacer del órgano “un puente que facilite a la gente su experiencia con Dios”. Y es cierto, reafirma Juan Esteban. Recuerda el caso de una señora enajenada que entró a la catedral en plena ceremonia, y empezó a gritar y a destruirlo todo mientras de manera infructuosa cinco policías trataban de neutralizarla, y que fue la música del órgano la que, finalmente, logró calmarla.

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Y destaca que todo está dispuesto siempre en las grandes catedrales. Que el organista nunca se ve, y el órgano es un instrumento lejano, una especie de presencia invisible que se acrecienta con la reverberación que producen estos grandes espacios. Pero hay más. En términos físicos, las frecuencias que están por debajo de los 30 Hertz son tan graves que no son audibles por el oído humano. El órgano tiene la virtud de generar esas frecuencias por debajo de los 30 Hertz. Tal medida de frecuencia se observa también en las tormentas y temblores. Aunque no son oídas, si son percibidas por los seres humanos que sienten una especie de sobrecogimiento, una intuición que remite a lo sobrenatural.

Es el sobrecogimiento que se siente en las iglesias cuando suena el órgano.

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UN ENCUENTRO DE LOS DOS EXTREMOS

Ha sido tal el impacto que ha producido el órgano en Juan Esteban Giraldo, que muy probablemente en Medellín se pueda vivir una experiencia inenarrable: en el cementerio de San Pedro, un concierto en el que el rock y el órgano serán los protagonistas, una especie de fusión experimental que ha de generar los más exóticos sonidos, las más diversas sensaciones. Eso es la música…

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