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UN PESCADOR DE LUZ EN EL INFIERNO, ENTREVISTA A PAPÁ JAIME

Escribe: Omaira Ríos Ortiz

Cuando tenía nueve años, una monja le preguntó a Jaime Jaramillo qué quería ser cuando fuera grande, y con la natural honestidad e inocencia de un niño respondió: “Cualquier cosa, menos ser un hombre santo”. Él quería ser un hombre alegre y feliz y no uno triste, amargado y desdichado como los santos que veía en la iglesia y en los libros religiosos que la madre Concepción les leía. Por eso ella creía que el pequeño tenía el diablo adentro.

No sabía que Jaime asistía de buena gana a misa religiosamente con su familia, que veía y quería imitar la generosidad desinteresada de su madre Tina. Por eso, dos años atrás había reunido dinero para comprarles una muñeca y un carrito de juguete a dos niños pobres que trabajaban en la finca de su padre. Dar le producía placer, pero las imágenes tortuosas de los santos mártires, sufridos, mutilados y flagelantes lo espantaban. Haciendo una retrospectiva de sus 57 años de vida, uno puede ver claramente la historia de un gocetas muy parecido a un santo, solo que feliz, amoroso, plácido, sereno y generoso, convencido del poder maravilloso de dar incondicional y desinteresadamente. Un hombre consagrado totalmente al servicio de amor a la humanidad más desposeída e incluso despreciada por la sociedad: los niños que viven en las alcantarillas, los habitantes de la calle (conocidos despectivamente como desechables) y los sobrevivientes de los cinturones de miseria de Bogotá y Manizales, fiel a las enseñanzas de Jesús.

Este manizalita de apariencia común lleva una vida poco común; dirige la Fundación Niños de Los Andes y Liderazgo Papá Jaime, ha ido 6 veces al Tíbet y subió al Everest con sandalias y una túnica y, por recomendación de un monje  tibetano, ayunó y meditó por 40 días y 40 noches alimentándose únicamente de agua y orines frescos.  Hace unos tres años estuvo a punto de morir mientras practicaba parapente pues al tratar de esquivar un cable de alta tensión perdió el control y cayó ahorcajado sobre la horqueta de un árbol. Perdió el gusto, el olfato, el habla, la sensibilidad y la memoria y gracias a sus técnicas de meditación e inquebrantable fuerza de voluntad se recuperó. Está convencido de que su misión en la vida es rescatar a niños y personas de la oscuridad de las alcantarillas o de la miseria de los  basureros o cinturones de pobreza de la ciudad. Se mueve entre la filosofía y las técnicas orientales para encontrar la paz, pero se rige por las enseñanzas de amor a través del servicio a Jesús y su devoción por la Virgen María de Medjugorje. Posee una inquebrantable decisión de dar, hasta lo que no tiene, a las personas que han perdido la esperanza pero aun así sobreviven en un oscuro mundo muy parecido al infierno en la tierra, sin abstenerse de los placeres que la vida le brinda.

REVELACIONES DE SU MISIÓN

Nació el primero de enero de 1956 en Manizales, en un hogar católico con las comodidades que puede dar un padre dueño de finca cafetera. Vino con la vida económica y afectivamente resuelta, pero no era indiferente a la pobreza porque tuvo en su madre un ejemplo temprano de caridad, compasión y servicio y eso definitivamente marcó lo que sería la misión fundamental de su vida.

papa1En diciembre de 1973 tenía 17 años y fue testigo impotente de la muerte de una niña atropellada por un carro, y todo por correr a recoger la caja vacía de una muñeca que había caído del vehículo. En ese momento tuvo clara cuál era la misión. Acto seguido, con el dinero que tenía fue a comprar cerca de cien regalos para llevarles a los niños pobres. Salió por las calles de Bogotá vestido de papá Noel. El primer niño que lo vio subió jubiloso a sus hombros y comenzó a gritar a sus amigos para que vinieran por regalos. Para su sorpresa surgieron tantos niños de la nada que los regalos no fueron suficientes. De pronto notó que su disfraz estaba sucio con algo, entonces observó que el chico sobre sus hombros tenía una herida infectada en su rostro, producida por una rata que lo había mordido. Pero no era el único: había discapacitados, con defectos físicos, quemados, heridos, hambrientos. Comenzó a llevarlos a los hospitales y, convencido de que “no hay que darles el pescado sino enseñarlos a pescar”, le s dio equipos para que lustraran zapatos o limpiaran carros y bicicletas viejas.

Poco a poco logró curarles el cuerpo y luego les buscó hogares donde los recibieran con amor mientras él pagaba los gastos de manutención. Así fue como nacieron en esa navidad de 1973 los Hogares Sustitutos.

Posteriormente viajó a Europa para estudiar Prospección geofísica y exploración de petróleo. A su regreso se vinculó con la petrolera Exxon durante 20 años y aprovechó su cargo para ayudar a muchos de esos niños rehabilitados a conseguir empleo.

Se casó y tuvo un hogar feliz por 20 años. En él nacieron sus hijos Alejandra y Esteban, muy comprometidos con la fundación, y conserva una excelente relación con su ex esposa.  Tiene novia pero no está en sus planes volverse a casar.

La Fundación Niños de Los Andes nació una tarde, hace cerca de 30 años, cuando rumbo a su trabajo se encontró con una calle bloqueada por un tumulto que rodeaba a una niña aparentemente atropellada, con su carita ensangrentada. De inmediato la tomó entre sus brazos y la llevó a una clínica. Para su sorpresa, minutos después apareció el médico con la niña. No había sido atropellada, sufría epilepsia y al caer se había golpeado con el andén.  Feliz la abrazó y se ofreció para llevarla a su casa. Tímidamente ella le confesó que no tenía padres y vivía en una alcantarilla. “Nunca antes en mi vida había oído acerca de niños que vivieran debajo de la ciudad”.  Lleno de curiosidad y asombro, la acompañó a su guarida. “Entré con ella en un agua helada, espesa y hedionda. Mis pies comenzaron a enfriarse en contacto con la superficie babosa y lisa. Al adentrarnos el aire se hacía más denso, extrañamente cálido y fétido. Las ratas y las cucarachas deambulaban por todo lado, pero la niña caminaba resuelta tratando de iluminar con la luz de una vela”.

Llegaron a un sitio donde había unas tablas atravesadas por encima del nivel de las aguas. De ellas colgaban trapos sucios, costales y periódicos húmedos. “Me presentó sus compañeros de parche y yo no podía creer lo que mis ojos veían. Me sentí en un verdadero infierno”.  Como él mismo lo describe, su corazón se arrugó y su mente se nubló pero… “mi espíritu se iluminó rebosante de fe, pasión y amor, visualicé mi gran sueño de rescatar del desamor, uno a uno, a todos los hijos de la oscuridad de mi amada Colombia. Así empecé a contar mi sueño a todas las personas que encontraba”. Unas se burlaban, otras lo criticaban o tildaban de loco, pero encontró otras dispuestas a ayudarlo.

En epapa3se momento tenía dos opciones: escuchar a los asesinos de sueños que lo tildaban de iluso, le advertían de los peligros de enfermedades, o que era problema del gobierno, o escuchar las voz de su generoso corazón: sin dudarlo un instante, optó por la segunda. “Mi otra opción era escuchar a mi corazón para poder amar sin límites y actuar con pasión, perseverancia y coraje”.

“POR SUS OBRAS LOS CONOCERÉIS”

Hoy la gigantesca labor de la Fundación Niños de los Andes dice más de Jaime Jaramillo, bautizado por sus hijos de la oscuridad como Papá Jaime, que su propio testimonio. A la fecha ha rescatado a 65.000 niños, les ha dado hogares sustitutos
y los ha acompañado en un proceso integral, primero de rehabilitación y resocialización, pasando por la educación completa, incluida la universidad, hasta ayudarles a vincularse laboralmente.

Los rescata de una situación de alto riesgo y los devuelve convertidos en seres humanos completos: amorosos, felices, seguros, serenos, confiados y confiables. Y lo más importante, realiza un trabajo a conciencia para que sepan descubrir “la chispa divina que hay en ellos” y puedan soñar y realizar en grande. Muchos de ellos son ahora profesionales con cargos importantes o dueños de empresas y todos practican como Papá Jaime el poder del amor expresado en el servicio incondicional.
Son excelentes padres biológicos y muchos se han convertido en padres de otros niños en condiciones vulnerables. Eso quiere decir que ahora Papá Jaime es abuelo y bisabuelo de esos hijos que aprendieron bien la lección y son ahora multiplicadores.

Lo más valioso de la fundación es su integralidad en su ejecución, desde las cuatro áreas de derechos: vida y supervivencia, protección, desarrollo y participación. Los programas contemplan cuidado, educación, salud, nutrición, recreación y atención psicosocial. “Nuestra prioridad continúa siendo el restablecimiento de estos derechos a los niños y niñas que atendemos”.

LOGROS DE LA FUNDACIÓN

Gracias a ella, 65.000 niños escaparon de la violencia, la delincuencia, la prostitución y la drogadicción. Recuperaron su salud y salieron de la desnutrición, asistieron a la escuela y se capacitaron en diversas profesiones, artes y oficios que les permitieron valerse por sí mismos. También disfrutaron de sana recreación, fueron a paseos y tuvieron navidades felices con regalos. Con amor curaron sus profundas heridas en el cuerpo y en el alma. Recuperaron su fe en Dios, en la humanidad y en sí mismos, lograron vivir su infancia como niños, lejos del trabajo infantil y la mendicidad. También compartieron en familia con sus compañeros hasta crear una hermandad que aún perdura, conocieron nuevas oportunidades de relacionarse y desarrollarse en su permanente contacto con los voluntarios y benefactores.

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Algunos accedieron a intercambios culturales y con sus familias anfitrionas en Francia, Canadá y Estados Unidos, construyeron fuertes lazos.

De la mano de Papá Jaime aprendieron a perdonar a una sociedad muchas veces indolente, y a unos padres muchas
veces mal tratantes. Y lo más importante, junto a él aprendieron a soñar y a luchar por hacer realidad sus ilusiones.

“Hoy, viéndolos con sus nuevas familias, hemos podido comprobar que al final de su proceso, ellos lograron romper el patrón del maltrato y su mayor orgullo y preocupación son sus hijos”.

“Hoy, viéndolos con sus nuevas familias, hemos podido comprobar que al final de su proceso, ellos lograron romper el patrón del maltrato y su mayor orgullo y preocupación son sus hijos”.

FRENTES DE TRABAJO

Las Patrullas de rescate en la calle se realizan tres veces por semana, de día y noche, en las localidades identificadas como críticas y con población vulnerable y en riesgo. Allí mismo atienden infantes, adultos y ancianos y se les brinda información sobre las redes sociales de apoyo. La idea es que al año estos grupos sean autosuficientes. Profesionales médicos y odontólogos los atienden de manera ambulatoria.

Existen dos Centros de emergencia donde se da atención integral inmediata a 70 niños y adolescentes encontrados en las calles con problemas de consumo de drogas, maltrato, abandono, explotación sexual o laboral. Luego de un diagnóstico interdisciplinario en conjunto con las defensoras del ICBF, los remiten a programas especializados, dependiendo de la problemática identificada

El programa de Protección se brinda en un centro en Bogotá y otro en Manizales. Son internados para 120 niños, niñas y adolescentes. Allí viven como familia y se les brinda hogar, alimentación, recreación, educación, protección y guía para
que elaboren y logren sus proyectos de vida. Gracias a esto programas, en 2012 la fundación ayudó 6.108 niños y niñas
en los diferentes programas.

UN PORVENIR MULTIPLICADO

Papá Jaime siempre está soñando. Su último invento fue crear una brigada llamada Brochazos de amor, y gracias a ella ha pintado y mejorado más de 23 mil viviendas. Hace doce años creó la fundación Liderazgo Papá Jaime, con tal acogida que en la actualidad dicta un promedio de 3 conferencias- día de cuatro horas. ¡Solo en la semana previa a esta entrevista dictó en Barrancabermeja 60 conferencias en cuatro días! Y ya ha viajado por más de 40 países llevando su mensaje.

Estuve en una de ellas en un pueblo a hora y 45 minutos de donde vivo y solo pude saludarlo y despedirme porque al terminar de inmediato tomaba un avión para dictar otra conferencia en Villavicencio.

Muy inteligentemente busca con ellas rescatar las “chispas divinas” que se esconden en las alcantarillas mentales de las personas, liberarlas de sus miedos y enseñarles a dejar volar su imaginación en grande para que se decidan a dar sin restricciones ni excusas, amor y servicio incondicional a quienes todavía habitan las alcantarillas reales o sobreviven en las ollas o cinturones de miseria de las grandes ciudades.

De esas conferencias muchas personas salen con el deseo de unirse a su misión. “Yo no estoy buscando que crezca la fundación, sino que tomen la iniciativa, sembrar liderazgo en todos los rincones del mundo. Quiero sembrar paz, amor y alegría y que los niños aprendan a amar lo que hacen y hacer lo que aman”.

Su sueño inmediato es lograr que la fundación sea auto sostenible y no dependa de contratos gubernamentales o de ayudas espontáneas de benefactores. “A largo plazo planeo obtener un enorme terreno para construir un hotel de cinco estrellas y a su alrededor una ciudadela para niños desamparados, discapacitados, ancianos y desplazados”.

Consagrado a estos mega proyectos no imagino como saca tiempo para sus conferencias, para escribir los cuatro libros que ha publicado con Planeta (Te amo, pero soy feliz sin ti; Escucha la voz de tu corazón; Hijos de la oscuridad y Volver a lo básico), meditar diariamente, divertirse haciendo canotaje o volando parapente, dedicarles tiempo a sus hijos, nietos y novia y a la vez asegurarse de que la fundación marche como un reloj.

Mientras se asegura de pescar “chispas de luz divina” por Colombia y el mundo, hay tres personas listas para tomar su batuta; sus hijos Alejandra y Santiago y su nieta Agustina. “Con ella tengo una conexión muy especial. Su energía y su corazón están conectados con los enfermos y los ancianos, asiste a mis conferencias y le tengo el ojo puesto”.

Santo o no, Jaime Jaramillo, el papá de los hijos de la oscuridad, es un hombre corriente que se parece mucho a la madre Teresa de Calcuta, con quien compartió en 1990 el Premio Mundial de la Paz y de quién se hizo amigo. Solo por su labor social ha recibido más de 43 premios y reconocimientos nacionales y mundiales.

Su capacidad de amor y servicio se parecen al de ella o al de la madre Laura o de fray Martín de Porres, con la diferencia de que es un hombre feliz y pleno con lo que hace.

Fotografías: Cortesía  Fundación Papá Jaime

Fotografías: Cortesía Fundación Papá Jaime

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TESTIMONIOS

1. Laura Muñoz huyó a los 7 años del maltrato de su madre y padrastro y en las calles aprendió a sobrevivir peleando, robando e incluso matando. Le tocó enterrar al hombre que  amaba sin saber que esperaba una hija suya y se dedicó al vicio hasta que Papá Jaime la rescató. Hoy es una madre amorosa de dos hijos, trabaja con la fundación y estudia.

2. Luis Alberto Granada huyó del maltrato a los 7 años. Comenzó pidiendo monedas, continuó robando carteras y cantando en los buses. Probó el pegante, siguió con las drogas terminó viviendo con las ratas en los basureros y alcantarillas. A los 10 años conoció las Patrullas de rescate y su vida cambió. Gracias a los programas de intercambio estuvo en Francia e Inglaterra donde trabajó para una ONG. Regresó a Colombia y estudió derecho, becado por la Universidad Javeriana. En 2000 recibió el premio Colombiano Ejemplar.  Se especializó en la misma universidad en derecho administrativo y hoy hace parte de un prestigioso bufete de abogados. Está felizmente casado y tiene 3 hijos.

3. El padre de Miguel Ángel Rodríguez fue asesinado cuando tenía un año. A los 7 años huyó de los maltratos de su madre.
Consumió pegante, marihuana y bazuco. Un amigo lo llevó a un hogar de paso y luego de salir y entrar cuatro veces decidió quedarse. Aprendió a ser responsable, screen, cerámica, panadería y terminó bachillerato. En la actualidad trabaja en un laboratorio farmacéutico. Es padre de dos hijos.

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