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El Mínimo Producto Viable

Escribe: Alejandro Rojas

 

El tema de la innovación se ha venido convirtiendo en un concepto rector del abordaje empresarial contemporáneo.

Este mundo en ebullición constante en el que los cambios imponen a los bienes y servicios adaptaciones permanentes, es también un mundo lleno de oportunidades para la inventiva, los nuevos desarrollos, las nuevas ideas.

Contrario a lo que ocurría en el pasado, en donde el desarrollo del nuevo producto exigía un largo recorrido en investigación, diseño e implementación, elaboración de prototipos, pruebas y procesos, la velocidad de hoy impone nuevos métodos de abordaje.

El asunto era tanto más exigente cuando la innovación estaba asociada a las nuevas tecnologías, pues el innovador buscaba que su desarrollo estuviese totalmente estructurado con ajuste a la manera en que él lo había concebido, lo que también contribuía a que la elaboración de prototipos exigiera mucho tiempo.

A ese nuevo método de abordaje se le ha denominado MÍNIMO PRODUCTO VIABLE. Su sigla en inglés es MVP.

 

¿QUÉ ES?

Se trata de una versión resumida del producto que se presenta como innovación. El MÍNIMO PRODUCTO VIABLE es “…una versión de un producto que permite a un equipo recabar la mayor cantidad de aprendizaje validado sobre los clientes con el menor esfuerzo posible. Es usado para probar rápidamente de manera cuantitativa y cualitativa la respuesta del mercado a un producto o una funcionalidad específica”, según explica el profesor Hugo Steves.

Tal vez el aspecto más relevante de esta manera de abordar la innovación es que se trata de igual manera de una estrategia y de un proceso enfocados en crear y vender un producto a un grupo de clientes que tienen la condición de ser visionarios.

Cuando se expresa que es el MÍNIMO PRODUCTO VIABLE, se quiere decir que contiene sólo la o las funcionalidades mínimas requeridas para aprender de esos clientes visionarios.

Se trata de igual manera de reducir el riesgo, pues muchas veces las compañías desperdician tiempo y recursos en construir productos que, finalmente, nadie quiere. De hecho, un MÍNIMO PRODUCTO VIABLE busca “comprobar que efectivamente el producto resuelve una necesidad del mercado antes de tener que invertir demasiados recursos en su desarrollo”, concluye el profesor Steves.

¿QUIÉN CONCIBIÓ LA IDEA DEL MVP?

 

Todo este concepto se debe al experto en Start-ups, Eric Ries, un brillante egresado de la Universidad de Yale que nació en septiembre de 1978 y que conmocionó el mundo de la innovación con un libro que es hoy un texto de culto: LEAN STARTUP.

La idea es “bajarse” de esos mitos fundacionales de la innovación según los cuales los emprendedores se sumergían en los garajes de sus casas diseñando unos productos perfectos y disruptivos que tenían no solo la pretensión de cambiar el mundo, sino de convertir en millonarios a sus gestores.

Eric Ries apunta a un aspecto nodal de la innovación: el hecho de que las ideas y productos o servicios que se proponen, se moverán en unas condiciones de gran incertidumbre, por lo que su gestión no puede hacerse “…con los mismos métodos y estándares que utilizan las empresas consolidadas”. Más aún, en el caso de estas innovaciones, “…tampoco las nociones de éxito o fracaso son lo mismo en ambos ámbitos, porque una startup necesita el fracaso y el aprendizaje continuos como mecanismos para evaluar sus hipótesis de partida”.

MÁS QUE UNA FÓRMULA, UNA FILOSOFÍA

Los analistas de la propuesta de Ries coinciden en afirmar que no es una fórmula matemática infalible, sino una filosofía empresarial innovadora que ayuda a los emprendedores a escapar de las trampas del pensamiento empresarial tradicional.

Podría concluirse que el MÍNIMO PRODUCTO VIABLE sería “un experimento de negocio orientado a conseguir el máximo aprendizaje posible con la mínima inversión económica y de tiempo”.

En otras palabras, una estrategia para evaluar una idea en el mercado de una forma rápida y cuantitativa, que tiene la virtud de disminuir los riesgos asociados a la incertidumbre de los mercados contemporáneos.

 

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