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Podología: el arte de curar los pies

Escribe: Yolanda Castaño

Siendo los pies una parte muy importante del cuerpo, pues sostienen la totalidad del peso corporal y facilitan la movilidad, son poco consentidos y raras veces su cuidado es una prioridad.

No basta con hacerse la pedicura de las uñas, los pies ne­cesitan una mayor atención que va más allá de la vanidad.

El pie es un órgano que envejece y se desgasta de for­ma natural por lo que puede sufrir problemas de tipo dermatológico, metabólico, vascular, articular, muscular, esquelético, ortopédico y neuropático, condiciones que definitivamente afectan su normal funcionamiento.

UN POCO DE HISTORIA

El cuidado de los pies es milenario, sin embargo, no fue reconocido como una rama de la medicina hasta el siglo pasado. La historia registra que existieron personas que se encargaron de dicho oficio y se les llamó callistas, per­sonajes con conocimientos médicos o quirúrgicos tal vez de la antigua Grecia o Roma, que aprendieron empíri­camente de las patologías sufridas por los faraones y soldados en la piel y las uñas de los pies.

Con el pasar del tiempo “los callistas” ganaron experticia y con sus tratamientos paliativos convirtieron el arte de curar los pies en una profesión, comenzaron a ser lla­mados podólogos y ya no solo trataban callosidades y durezas, también hongos, malformaciones, lesiones, pies planos e infecciones.

Fue así como, lejos de la estética y más cerca de la necesi­dad científica de bienestar y alivio, poco a poco lograron posicionar la podología como una especialidad de la me­dicina del siglo XIX, que estudiaba los pies y miembros inferiores, siendo capaz de prevenir, diagnosticar, tratar y rehabilitar las condiciones anormales de estos. Finalmen­te, los podólogos lograron obtener el reconocimiento de la Asociación Médica Norteamericana en 1939.

La palabra podología es de origen griego y está compuesta por 3 elementos, el sustantivo podos que significa pie, el término logos que se refiere a estudio y el sufijo ia que indica cualidad. Es un término relativamente nuevo en la medicina, y como su nombre lo expresa se encarga específicamente de estudiar las enfermedades y alteraciones que se presentan en los pies.

LO MÁS COMÚN

Pocas veces prestamos atención al cuida­do correcto de los pies, pues ignoramos por ejemplo que un mal calzado, la caren­cia de hábitos adecuados y hasta la falta de hidratación pueden causar malestares o enfermedades como los juanetes, el pie de atleta, el mal olor o los callos, patolo­gías que sí bien son curables, también pueden prevenirse.

Los padecimientos más comunes, tienen su origen en algunos descuidos como:

  • Dejar los pies húmedos o secarlos mal puede producir bacterias y/o generar infecciones, hongos (onicomicosis), mal olor (bromhidrosis) o pie de atle­ta (tinea pedis o tiña de los pies), una afectación de la piel que se ampolla o se vuelve una herida.
  • Un mal zapato no sólo maltrata el pie en el momento, también lo sobre esfuerza y provoca helomas, es decir callos o hiperqueratosis, que son du­rezas que pueden afectar el normal desarrollo óseo del pie.
  • Las uñas mal cortadas o limadas pue­den terminar convirtiéndose en una onicocriptosis o encarnación de uñas, lo que es bastante doloroso y puede generar diferentes infecciones.
  • Las enfermedades sistémicas como la diabetes tipo I y II pueden afectar los pies de tal manera que llegan a generar hasta la amputación del miembro si no son tratadas a tiempo y adecuadamente.
  • Otras enfermedades como la obesi­dad, la artrosis y la gota pueden llegar a alterar la movilidad, volviéndose in­capacitantes y en ocasiones dolorosas.
  • Las alteraciones sistémicas genera­les, es decir, trastornos de la marcha causados por inmovilidad prolonga­da, golpes y/o caídas, pueden alterar posteriormente la dinámica de los pies o su anatomía.

ALGUNAS RECOMENDACIONES PARA GENERAR HÁBITOS DE AUTOCUIDADO

  • Los pies deben lavarse diariamente con agua y jabón, y secarse minuciosamen­te entre los dedos preferiblemente con una toalla de algodón. En caso de no alcanzar los pies se aconseja usar un secador o ventilador con aire frío o tibio.
  • No dejar los pies en remojo por mucho tiempo, pues esto debilita la piel.
  • Humectar los pies para evitar rese­quedad o fisuras en la piel, no usar la crema entre los dedos porque la humedad puede provocar hongos o bacterias. Si por el contrario sus pies transpiran, los podólogos recomien­dan el uso de talcos o alcohol-éter.
  • Vigilar la circulación de la sangre en los pies, no use zapatos apretados, ni ex­ponga sus pies a temperaturas extre­mas (ni muy caliente ni muy frío), evite pasar mucho tiempo inmóvil o en una misma posición, tenga cuidado con el elástico de las ligas o medias.
  • Tenga en cuenta que con la edad el ancho del pie aumenta, por lo que se recomienda comprar zapatos de material flexible que se ajusten a la forma del pie, preferiblemente de un tacón bajo o medio para equilibrar el peso y de punta ancha para no impe­dir el movimiento de los dedos.
  • Realice ejercicios moderados, cami­ne y evite el sedentarismo.
  • Los pies deben examinarse diaria­mente, para identificar si hay ampollas, durezas, fisuras cutáneas, erosiones, en­rojecimiento, inflamaciones, escamas o zonas de calor o dolor.
  • Cortar las uñas correctamente, de­jando el borde recto y alineado con la parte superior del dedo para evitar que las uñas se encarnen/entierren.
  • Evite andar descalzo.
  • No use pomadas, medicamentos o callicidas sin supervisión médica.
  • En caso de sufrir una lesión consul­te a su médico o visite el podólogo para su evaluación.

Finalmente, como todo lo que se refie­re a la salud, practicar buenos hábitos y acceder a una atención temprana es fundamental y clave para tener una ca­lidad de vida óptima y saludable.

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