Capurganá, un paraíso en el Darién

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Escribe: Marcela Beltrán Gómez

El sonido hipnotizante de las olas y la exuberancia del paisaje hacen que los viajeros que deciden adentrarse en esta tierra, alejada del bullicio citadino, disfruten del lugar perfecto para tomar unas merecidas vacaciones a orillas del Caribe colombiano.

“Es la primera vez que venimos y estamos seguros de que vamos a volver”, cuenta desparpajado un turista paisa mientras se pone al sol buscando algo de bronceo. A su lado, su esposa afirma con la cabeza y antes de pegarse un chapuzón remata diciendo que “Capurganá es un paraíso”.

Con un poco más de dos mil habitantes, este corregimiento de Acandí (Chocó), considerado como el segundo con mayor población después de la cabecera municipal, ha ido ganando terreno como destino turístico en Colombia gracias a sus paisajes y a la amabilidad de su gente. En este paraíso no hay carros, los únicos medios de transporte son un par de motos y cuatrimotos que arrastran pequeños remolques con víveres que desembarcan en el puerto y que, al igual que los viajeros, solo pueden llegar a Capurganá a través de lanchas que parten de Turbo o Necoclí.

El trayecto desde Turbo a Capurganá puede durar cerca de dos horas y media, mientras que el recorrido puede hacerse hasta en hora y media desde Necoclí. Como las lanchas llevan el equipaje en sus bodegas, muchas empresas recomiendan proteger las maletas con bolsas plásticas para evitar que se empapen durante el viaje. En el puerto de Turbo, antes de embarcar, los viajeros deberán comprar un pase de abordaje en una ventanilla dentro de la terminal marítima. Su valor es de dos mil pesos, y sin este no se podrá ingresar a la lancha.

Durante el viaje, las embarcaciones, que pueden transportar hasta cincuenta personas, se detienen en poblaciones como Triganá y San Francisco para dejar pasajeros. Incluso, algunas conexiones deben hacerse en medio del mar, donde las lanchas  esperan y hacen el trasbordo de personas.

A medida que el viaje avanza el horizonte se enmarca en una tupida selva tropical que da pistas de la inmensa riqueza natural con la que cuenta esta zona del país. En Capurganá las calles son tranquilas y los locales comerciales, restaurantes y bares se concentran alrededor del puerto, corazón del turismo y comercio, donde embarcaciones de pequeño y mediano tamaño arriban constantemente para transportar a los viajeros que desean conocer otros puntos de la geografía cercana como bahía Aguacate, playa Soledad, Sapzurro y La Miel. Por su parte, los navíos más grandes transportan materiales de construcción como tejas y cemento. Muy cerca de la bahía, en pleno golfo, se encuentra una embarcación de la Armada Nacional, que vigila los movimientos y el tránsito de las lanchas que recorren el sector.

Con los primeros rayos de luz los lancheros y carguistas comienzan la jornada alistando sus máquinas para salir de pesca o para transportar a los turistas. El sol sorprende en el horizonte e ilumina algunos morros en medio del mar, mientras las aves comienzan su faena junto a los barcos en busca de algún alimento express. Esa es la vida en Capurganá, un destino a orillas del Darién chocoano que enamora a sus turistas.

Selva con olor a mar

Hoy, este corregimiento se ha convertido en un destino apetecido no solo por los viajeros nacionales, sino también por extranjeros que vienen desde otras latitudes en busca de nuevas experiencias y del contacto con la naturaleza salvaje que circunda las playas de la región. Así, inmerso entre un bosque tropical se encuentra el camino que lleva a La Coquerita, una pequeña reserva natural con piscinas de agua dulce en la que los turistas calman los efectos de las altas temperaturas producto de la caminata. “Para llegar a La Coquerita debemos tomar todo el camino que bordea la costa”, cuenta Jaider Álvarez, un joven guía de veinte años y de ojos expresivos, quien ha pasado más de la mitad de su vida en este terruño, aunque es oriundo de Urabá. “Yo siempre recomiendo hacer este recorrido con guía, porque el camino tiene muchas desviaciones, entonces hay algunos turistas que podrían perderse”, asegura.

La exuberante selva chocoana se mezcla con el azul clarito del mar, que golpea las rocas, donde los cangrejos buscan su refugio en medio del escarpado terreno, y moldea acantilados en los que durante la temporada de marea alta se forman jacuzzis naturales como La Piscina de los Dioses.

Durante el trayecto, la fauna que habita esta zona le imprime color al paisaje. Entre esta se destaca la rana Dendrobates auratus, un diminuto anfibio verde y negro que brilla en medio del verde bosque húmedo tropical. Su presencia en la caminata nos hace entender lo frágil que puede llegar a ser este ecosistema, amenazado por el turismo agresivo e inconsciente.

A pesar de llamar la atención de los viajeros en cuanto a la basura, algunas zonas evidencian el descuido de los caminantes, que dejan, sin pensarlo, latas y botellas plásticas. Incluso, el mar busca desesperadamente limpiar sus aguas, por lo que algunos pozos sacan a flote los desechos que vienen bajando por los ríos que atraviesan el país. Es por eso que algunos hospedajes recomiendan a sus huéspedes que aquellos desechos que puedan regresar a sus lugares de origen o a centros urbanos más grandes se los lleve, para evitar que terminen en medio de la selva, la playa o el mar. “Aquí tenemos una empresa de limpieza que está trabajando el tema del reciclaje de plástico, cartón y metal”, comentó Jaider.

En este recorrido, cuya duración es de aproximadamente cuarenta y cinco minutos a buen paso, se observan algunos islotes como la Isla de las Flores y Terrón de Azúcar, dos porciones de tierra que emergen del mar y se convierten en el hogar de aves endémicas, insectos y peces que navegan en las profundidades del caribe. Los amantes de la vida marina aprovechan este entorno para practicar actividades como buceo o careteo, muy comunes en la zona.

Un sendero demarcado anuncia el arribo a La Coquerita, llamada así por su importante cultivo de palmas de coco. En este punto la señal de celular es inexistente, una razón poderosa para conectarse con el entorno que rodea el lugar. Tres piscinas de agua dulce se convierten en el plan perfecto para mitigar el calor, pero la magia está en una piscina formada por las olas del mar. En ella, un grupo de peces andan a sus anchas mordiendo juguetonamente a quienes se sientan desprevenidamente en las rocas. En la parte alta del lugar se encuentra una plataforma con hamacas, taburetes rústicos en madera y una red que sirve para acostarse a divisar el paisaje mientras se toma una refrescante limonada, agua de flor de Jamaica o jugos naturales en curiosos vasos hechos con coco. “Aquí no hay música, no vendemos cervezas ni productos en empaques plásticos. Nos gusta que la gente venga y tenga una experiencia diferente”, cuenta la administradora del lugar, una argentina que se enamoró de Colombia hace aproximadamente veinte años y quien hoy vive en este pequeño paraíso anclado en la región del Darién.

Playa Soledad y El Aguacate

En Capurganá hay planes para todos los gustos, y una buena jornada en la playa no es la excepción. La playa El Aguacate es un destino que vale la pena visitar si se está en modo vacaciones y desconexión con el resto del planeta. Los viajeros que deseen vivir esta experiencia pueden abordar las lanchas que salen del puerto, en donde antes de ingresar se debe pagar un valor de dos mil pesos como impuesto de salida. Allí, las embarcaciones se lanzan camino a El Aguacate, una vereda de Capurganá en donde está surgiendo una importante oferta hotelera. “Estas playas son para cualquier tipo de turista, familias, parejas, son muy tranquilas”, cuenta Donaldo Peña, quien es guía turístico desde hace dieciocho años y padre de Jaider.

Algunos viajeros hacen un recorrido por ambas playas, en donde tras zarpar de Capurganá paran en El Aguacate para separar su almuerzo. Luego, la lancha los lleva a Playa Soledad, un auténtico plan para descansar, y hacia el mediodía regresan a El Aguacate, donde almuerzan y disfrutan de sus joyas naturales.

Jefferson es lanchero y, a pesar de haber nacido en el Urabá, reconoce que en Capurganá pasa mejor sus días. “Viví y estudié en Medellín, allá hice un técnico en mantenimiento de computadores, pero las oportunidades fueron pocas, por eso me regresé, y la verdad yo prefiero este lugar que la ciudad”, concluye con una amplia sonrisa. “Aquí conduzco esta lancha y cuando mis amigos necesitan, reparo sus computadores”, acota. Por sus venas corre sangre caribeña, y esa es, quizás, la razón más fuerte por la que decidió reencontrarse con el mar.

El viaje continúa y la próxima parada es Playa Soledad, una bahía que hace honor a su nombre gracias a la pasividad, muy apetecida por los turistas, quienes al llegar aquí quedan sin palabras. En algunas épocas del año pueden verse durante el recorrido las tortugas marinas, que se dirigen a la playa con el fin de dejar sus crías, un espectáculo que pocos han visto en vivo y en directo. Esta playa, también conocida como Playa Amarilla por la tonalidad de su arena, fue escenario de un importante reality en 2005, y hoy es una parada obligada para quienes desean tener un momento de completa paz.

Frente a la playa hay unas formaciones rocosas en las que el mar golpea con fuerza, un panorama ideal para fotografiar. La belleza del entorno convierte este lugar en un espacio ideal para conectarse con la naturaleza y la energía del océano, rico en biodiversidad y especies que rondan el ambiente.

Tras pasar la mañana en Playa Soledad y disfrutar de la calidez de sus aguas, los viajeros regresan a El Aguacate, donde la vista habla por sí sola: el mar azul contrasta con la vegetación que bordea parte de la costa. Allí, una enramada con una mesa de madera y sillas se convierte en el mirador perfecto para tener un almuerzo con pescado fresco del golfo y patacón. Luego de recargar baterías, los viajeros inician una corta caminata para disfrutar de El Hoyo Soplador, una atracción que se produce gracias a la fuerza del agua que golpea contra el arrecife y genera una corriente de aire que sale por uno de los orificios ubicados en el suelo. Unos pasos más adelante se encuentra un agujero de mayores dimensiones, que además de aire expulsa agua que choca en las rocas. Los viajeros visitan este punto para disfrutar de este fenómeno y, por supuesto, para tomarse maravillosas fotos.

En Capurganá la belleza natural es innegable, no solo por sus paradisíacas playas y aguas cristalinas, sino también por la magia que se esconde dentro de la espesa selva. Allí, en el corazón de la montaña, se encuentra El Cielo, una reserva natural en donde los turistas tienen un contacto cara a cara con la riqueza de esta porción de Colombia. Pero sin lugar a dudas, es la cascada El Cielo la que atrae la atención de los foráneos que llegan a este punto, pues la frescura de su caudal se convierte en una experiencia inigualable para los caminantes.

El recorrido continúa y unos metros más adelante, siguiendo un camino en medio de la selva, se encuentra una piscina natural, un pozo de aguas cristalinas formado por las rocas, en el que los turistas pueden disfrutar de un chapuzón. Aquí los amantes de la vida natural y de las actividades acuáticas pueden realizar careteo para observar las maravillas del golfo.

“Cuando toque la trompeta es porque debemos continuar el recorrido”, advierte Donaldo, quien lleva en sus manos una pequeña hoja de un arbusto que al poner en sus labios emite un sonido similar al de una corneta. “Me gusta que la gente venga y se divierta y vea lo hermoso de este lugar”, enfatiza este hombre oriundo de Necoclí, que ha dedicado más de una década a mostrar lo que tiene esta bahía.

Sin embargo, y pese a los esfuerzos de la comunidad por preservar esta tierra, la erosión es un fenómeno que pone en riesgo la belleza del lugar, pues las aguas del océano se han llevado parte de la costa, lo que implica un daño ecológico irreversible. “Se ha perdido mucho terreno. Recuerdo cuando llegué a Capurganá, la costa aquí era mucho más amplia. El mar se está llevando parte de este lugar y eso es preocupante”, cuenta Donaldo.

Un par de horas antes de que empiece a caer la tarde, la lancha se embarca de regreso a Capurganá, y los viajeros, cansados por una jornada maratónica pero muy refrescante, guardan en sus mentes lo mejor del paisaje y la gastronomía de estas costas ubicadas en el Darién chocoano.

Sapzurro / La Miel

Muy cerca de Capurganá, a pocos kilómetros en lancha, se encuentra Sapzurro, también corregimiento de Acandí y punto fronterizo con Panamá. Al igual que Capurganá y sus bahías cercanas, Sapzurro es un destino paradisíaco, con playas y aguas tranquilas en las que los viajeros acuden a disfrutar del paisaje. Existen dos formas de llegar a Sapzurro, una es a través de lanchas que se toman en el puerto y otra es una caminata entre la montaña, que demora un poco más de dos horas. Esta última se recomienda hacerla con guías para evitar perderse entre la selva. La otra opción de la que disponen los viajeros para arribar a Sapzurro es un viaje en lancha que tarda, aproximadamente, quince minutos. Al igual que en Capurganá, los barcos provenientes del Urabá antioqueño arriban al puerto con mercancía y víveres para los nativos y turistas.

Este pequeño corregimiento es habitado por un poco más de quinientas cincuenta personas, quienes se dedican usualmente al turismo y la pesca. Allí, los lugareños son cálidos y reciben con cortesía a quienes vienen en busca de unos días para descansar. El poblado, que concentra parte del comercio en la playa y el puerto, cuenta con calles pulcras y senderos pavimentados para el tránsito de los viajeros. Por una de esas calles una mujer ofrece “trompadas”, una especie de pastel que deleita los paladares de los caminantes que inician su recorrido con destino a La Miel y que está hecho con coco, panela y jengibre. Con una sonrisa pícara, la vendedora solo acierta a mencionar algunos ingredientes de su preparación porque “la receta es un secreto muy bien guardado”, enfatiza.

En medio de las angostas calles, una fila de turistas, muchos extranjeros, emprenden una caminata para llegar a la línea fronteriza. Durante este trayecto, los habitantes del corregimiento aprovechan sus calles para informar a los foráneos sobre la importancia de cuidar este territorio, por eso no es de extrañar que algunos de estos carteles sean escritos en inglés, francés y alemán.

La aventura sigue, atrás ha quedado el piso pavimentado del casco urbano en Sapzurro. Unos metros más adelante se inicia el ascenso por los 275 escalones que conectan a Colombia con La Miel, donde en la parte alta de la frontera se encuentra un obelisco que ondea las banderas de ambas naciones.

Una vez arriba, los guardias del país vecino se encargan de registrar a los viajeros que deseen entrar al territorio panameño.

En medio de la montaña, una malla con alambre de púas se convierte en la frontera que es vigilada por el ejército del vecino país. “La gente que desee pasar debe presentar su cédula de ciudadanía para hacer el registro”, cuenta el guardia de turno.

Atrás queda Colombia, y paso a paso los turistas se internan en la montaña para descender hacia las playas de arena blanca y mar azul aguamarina. Las primeras casas  decoran sus muros con la bandera panameña, luego de una fila de casas se encuentra un puesto de policía y la guardia fronteriza que brinda seguridad en la zona. Unos pasos más adelante, en una improvisada mesa, los viajeros deben pagar dos mil pesos para ingresar a la playa.

Este poblado es pequeño en relación con Sapzurro y Capurganá, por eso centra su actividad en el turismo y el tránsito de viajeros, que pasan un día a orillas del mar, disfrutando de la vista y tomando una refrescante bebida mientras divisan el paisaje. En la playa, muy cerca a los puestos de bebidas y comidas se encuentra el duty free, un punto comercial libre de impuestos en el que los turistas pueden adquirir licores, perfumes, dulces y suvenires.

Una foto casi obligada para los turistas es en la playa, junto a las letras enormes que dicen La Miel, cuyo diseño se encuentra inspirado en las molas, diseños textiles de las etnias que habitan esta zona en Colombia y Panamá.

Sabores que atrapan

La magia del océano siempre será un atractivo para los amantes de la gastronomía, y frente a eso Capurganá y sus alrededores son una tierra bendita. Pescado fresco, mariscos y preparaciones a base de plátano y coco, además de bebidas refrescantes hechas con frutos exóticos como flor de jamaica, maracuyá, lulo, y, por supuesto, la tradicional limonada de panela, capaz de quitar la sed en cuestión de segundos, son el deleite de los paladares de los visitantes de este lugar.

Y qué decir de la arepa de huevo, un manjar que acompaña los desayunos a orillas del mar y que brinda la energía para los nativos que trabajan en el puerto. Es precisamente aquí donde un grupo de turistas franceses saborean este plato antes de finalizar su viaje por estas tierras.

¿Qué tienen estas tierras que atrapan? nadie lo sabe con seguridad, quizá sea el paisaje idílico en el que la selva se mezcla con el mar y la arena; o tal vez sea la diversidad existente, que permite vivir por unos días como exploradores de cuentos de aventura; o a lo mejor sea la risa de su gente, que contagia en cada charla. Lo cierto es que cada vez más locales y extranjeros deciden conocer estas playas, joyas inigualables de la geografía chocoana.

Gentilicios:

Capurganá: Capurganaleros

Sapzurro: Sapzurreros

  • Tenga en cuenta que para visitar estas tierras puede hacerlo por vía aérea hasta el aeropuerto Antonio Roldán Betancourt, ubicado en Carepa.
  • Allí debe tomar un transporte terrestre que lo lleve hasta Turbo o Necoclí, puntos desde donde zarpan las lanchas hasta Capurganá.
  • Lleve ropa cómoda, traje de baño, bloqueador solar y repelente.
  • Tenga siempre a la mano su carné de vacunación contra la fiebre amarilla

Agradecimientos

  • Hotel Miramar Playa
  • Restaurante Bucanero
  • Donaldo Peña – Guía
  • Jaider Álvarez – Guía

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