Medellín, la casa de todos

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Muchos llegan persiguiendo el amor, y algunos aterrizan guiados por el turismo, que al fin de cuentas termina por dejarlos anclados a este terruño. Otros, por su lado, vienen como parte de su proceso de formación, pero terminan dejando el corazón en cada uno de los espacios que visitan.

Medellin (3)Pero, ¿por qué Medellín se convierte en uno de los destinos predilectos por los turistas para iniciar una nueva vida? Quizá sea el clima -ni muy muy, ni tan tan-, como dicen algunos, o tal vez sea la calidez de su gente que, con una sonrisa, siempre está dispuesta a dar lo mejor de su tierra, de su cultura, de su tradición. No en vano, la ciudad de la eterna primavera se ha convertido poco a poco en un lugar favorito de los adultos extranjeros, que encuentran en esta ciudad la tranquilidad que desean cuando se jubilan. Este hecho, sumado al crecimiento en la cantidad de jóvenes que llegan a Medellín a través de programas de intercambio o pasantías, o como parte de voluntariados, ha fortalecido las sinergias entre el sector público, las universidades y la industria, que abre sus puertas a la innovación y al desarrollo para la ciudad.

Según los datos registrados en el punto migratorio del Aeropuerto Internacional José María Córdova, y que fueron publicados por el periódico El Colombiano en 2017, a Medellín entraron, en ese año, 2.200  visitantes temporales, 499 residentes y 180 estudiantes, quienes hicieron de esta ciudad su nuevo hogar. La mayoría de los viajeros registrados procedía de Estados Unidos, México y Panamá.

Y es que, no obstante haber vivido dolorosas épocas de violencia, hoy Medellín deja a un lado ese estigma que cargó por años para convertirse en un referente para otras ciudades del continente, pues, al igual que el ave fénix, pudo resurgir de entre las cenizas para ser hoy una urbe que tiene mucho que ofrecer.

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A esta ciudad le gusta que le susurren al oído que la quieren, que la cuidan, que es un hogar de puertas abiertas y que es tierra de todos: I love Medellín, Je t’aime Medellín, Ich liebe dich Medellín. Te amo, Medellín.

Historias de un tico en Medellín

Escribe: Hans Manfred Lepiz Araya

País origen: Costa Rica

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En este diciembre de 2018 cumpliré siete años de vivir en la ciudad de la eterna primavera. Junio de 2010 fue la fecha en la que se inició la historia que me trajo a esta bella ciudad. En esa época salí por una semana, desde mi natal Costa Rica, rumbo a Guatemala, a una reunión mesoamericana de una asociación cultural y de voluntariado, llamada Nueva Acrópolis.

Entre todas las personas que conocí en ese evento, me llamó la atención una asistente de Medellín con quien coincidí en el lobby del hotel donde se realizó la actividad, y esto hizo que cruzáramos las primeras palabras. Luego tuvimos más encuentros, más conversaciones, y el nacimiento de una conexión especial, que hizo que naciera un romance que nos llevó a mantener el contacto. Después llegaron las primeras videollamadas y las descripciones sobre los lugares de origen de ambos, lo que me impulsó a querer conocer Medellín, su gente y su cultura. El primer contacto con la ciudad fue en diciembre de 2010, y este encuentro no solo sería con una urbe: sería también con toda una nación, pues jamás había estado en esta hermosa tierra.

Durante las primeras charlas, las descripciones que recibí de esta ciudad despertaron mi curiosidad y mi interés; pero fueron las vivencias, el disfrutar y recorrer estas tierras, la calidez de su gente, lo que generaron en mí una certeza absoluta de querer quedarme. Y no es para menos: desde el preciso instante en que llegué al aeropuerto, sentí muchísimas manifestaciones de cariño, y conforme pasó el tiempo comprendí que era imposible no admirar el desarrollo de esta ciudad, que se evidencia en su sistema de transporte y en lo que significa la Cultura Metro, un reflejo del amor que tienen los medellinenses por su tierra. Poco a poco los sitios especiales que tiene Medellín fueron los principales factores que incidieron en que tomara la decisión de establecerme en esta ciudad, conocida también como la Tacita de Plata.

Hoy, rememorando, considero muy acertada la publicidad que existió en su momento para promover el turismo en Colombia -El único riesgo es que te quieras quedar-, lo que me identifica muy bien, pues la riqueza de este país está en su gente, en su patrimonio cultural, en su naturaleza, en su ubicación geográfica y en los pequeños detalles de la vida cotidiana que hacen que Colombia y, en concreto, Medellín, sea un territorio lleno de oportunidades y experiencias únicas.

En ese primer viaje conocí Santa Fe de Antioquia, cuya riqueza colonial y agradables sitios de descanso me cautivaron desde un principio. Caminé por sus calles empedradas, crucé el Puente de Occidente, y vi sus iglesias y la arquitectura del pueblo, que respeta su esencia colonial, abstrae a los visitantes del ambiente propio de las urbes y los traslada a otra época. En Guatapé me enamoré de su malecón, de la represa, de su cercanía a la Piedra del Peñol, así como de los zócalos de sus casas, que son simplemente espectaculares.

Regresé a Costa Rica con todos esos momentos especiales grabados en el corazón, mientras que la relación que inició en Guatemala crecía cada día más, lo cual fue, sin duda, un factor determinante para que tomara la decisión de radicarme en Medellín. En ese 2011 hice otras dos visitas más a tierras antioqueñas; en la segunda, yo ya tenía el claro objetivo de gestionar todo lo necesario para empezar una nueva vida acá.

Y así fue: ese año, en medio de unos hermosos alumbrados en el río Medellín y en toda la ciudad, llegué para quedarme. Durante la primera fase de mi estancia regresé a las aulas, pues no obstante ser contador graduado de una universidad en Costa Rica, decidí estudiar en una universidad colombiana para actualizarme en los conocimientos, en especial en lo referente a lo tributario, que difiere entre ambos países.

Conforme pasó el tiempo, comencé a ejercer como asesor independiente, tal y como lo hacía en Costa Rica, y luego, de la mano de esta experiencia, incursioné, hace más de dos años, en la docencia universitaria, labor que me apasiona, pues considero que la educación, al igual que el conocimiento de nuevas culturas, es un elemento sumamente transformador de procesos individuales y grupales.

Medellín me ha dado la posibilidad de vivir en ella. Es una ciudad llena de gente cálida y dispuesta a ayudar al otro; una ciudad líder en innovación y abierta cada vez más al mundo.

También me ha dado la posibilidad de vivir una relación de pareja por más de 8 años con mi esposa antioqueña. Además de sentir la acogida de su familia, he podido hacer nuevas amistades e importantes contactos que me hacen crecer cada día en el plano profesional y humano. Por eso, y sin dudarlo, a Medellín le aporto mi experiencia, mi actitud ante la vida y mi motivación por cambiar el mundo a través del contacto humano y la educación.

Medellín, la flor renacida

Escribe: Julius Kappenberg

País de origen: Alemania

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Soy Julius Kappenberg, tengo 23 años y soy ambientalista. Vine a Colombia por el convenio de doble titulación denominado CALA, que se estableció entre la Escuela de Ciencias Aplicadas de Münster y la Universidad Pontifica Bolivariana. Estaba programado para quedarme por un año y medio, para terminar mis estudios. Sin embargo, ya llevo 2 años. ¿Por qué aún no me he ido? Ya les voy a contar…

Mi encanto por esta ciudad surgió cuando bajé por primera vez en el autobús desde el Aeropuerto Internacional José María Córdova, en Rionegro. Eran las 12 de la noche, y durante el recorrido pude ver un infinito mar de luces preciosas que rodean las montañas. Al llegar a la ciudad, miraba con asombro las mil facetas que tiene para ofrecer esta urbe, la misma urbe que vi tantas veces en las noticias; aunque no comprendía cuál era su realidad, me arriesgué a conocerla de primera mano.

Pero cuando me preguntan qué es lo que me gusta de esta ciudad, no dudo en responder de inmediato: ¡es esa energía!, esas ganas de salir adelante, esa motivación de hacer cosas nuevas, de experimentar.

Medellín es una ciudad que, durante muchos años, tuvo que frenar su desarrollo por la violencia y el crimen organizado, por el miedo y el sometimiento, pero que fue capaz de resurgir y de proyectarse hacia el futuro.

Los malos tiempos ya pasaron; para mí, Medellín hoy es una especie de flor que estuvo oprimida por una piedra que no le permitió crecer. Pero ahora los buenos vientos soplan a su favor: esa piedra que la mantuvo atrapada ya no está más.

Medellín es una de las ciudades más innovadoras, y no porque genere productos de última tecnología, sino porque hay un movimiento fuerte de emprendedores que quieren desarrollar sus ideas. Las ideas, para los paisas, son peores que cualquier enfermedad: una vez se les meten en la cabeza, muy difícilmente se van a olvidar de ellas… y la gente de esta tierra tiene muchas ideas, además de sueños y ganas para materializarlas. Toda esa energía la recibo, y me encanta.

Es tal el grado de entusiasmo que he sentido en esta ciudad, que yo también tengo sueños que quiero hacer realidad. Junto a un socio colombiano creé la plataforma Vida and Work (www.vidaandwork.com), que busca promover la transparencia en el mercado laboral, dándoles a los empleados una herramienta para evaluar anónimamente a sus empresas. A la hora de elegir un lugar para adelantar nuestras carreras, como alemanes, además, queremos transferir nuestra cultura de retroalimentación. Porque solo si se dicen las cosas, se pueden cambiar.

Y a pesar de todo lo bueno que puede ofrecer Medellín, también creo que el tráfico y el smog son dos elementos negativos dentro de esta hermosa ciudad; por tanto, cuando las dinámicas propias de la urbe me agobian, me encanta escaparme al Jardín Botánico, junto con mi novia, para tumbarnos en el césped, mirar los micos y las iguanas, y, por supuesto, respirar aire más fresquito.

Por desgracia, y quiero ser honesto en este punto, la percepción que se tiene en otros países sobre Colombia aún no es la mejor: su pasado y su reputación han hecho que mucha gente no quiera venir a esta parte del mundo. Sin embargo, si nos dejamos parar por el miedo, no llegamos a ninguna parte. Por eso, cuando mi familia decidió venir a visitarme les mostré la transformación que se está dando en Medellín. Durante ese viaje visitamos la Comuna 13, y ellos notaron que la ciudad está atravesando un proceso de cambio, lo que se percibe no solo en la decoración de los muros de las casas, sino también en la manera de pensar de sus habitantes. Visitamos también los Andes, la costa del Chocó y la isla de San Andrés, y ese contacto con la verdadera Colombia hizo que su percepción de este país cambiara radicalmente.

“Los malos tiempos ya pasaron; para mí, Medellín hoy es una especie de flor que estuvo oprimida por una piedra que no le permitió crecer”, Julius Kappenberg.

Vivo en el paraíso

Escribe: Melissa Liane Thibodo

País de Estados Unidos

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Mi experiencia en Medellín ha sido todo un sueño. Desde el primer día en esta ciudad me han fascinado su clima cálido, sus palmeras frescas y los edificios que, si los ves con detenimiento, parecen que besaran el cielo. Soy de Oregón, que queda en el Pacífico noroeste de los Estados Unidos, y aunque he vivido en diferentes lugares, nunca había estado en una ciudad tan tropical, o por lo menos en una ciudad tan grande con esas características. Por momentos sentía una extraña sensación de estar viviendo una mezcla de selva y urbe. Es inevitable no quererla desde el principio, me encantó la energía de sus calles, la lengua, la música y, especialmente, su gente tan querida.

Vine a Medellín sin nada, no conocía a nadie, no tenía trabajo, ni casa permanente, ni idea alguna de cómo era Suramérica. Sin embargo, hice amigos rápidamente, pero eso no es impedimento en una ciudad como Medellín, por el carisma de su gente.

Aprendí cómo es su cultura, encontré casa y un trabajo como profesora de inglés en la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), del que estoy enamorada. En la UPB he conocido gente maravillosa, y mis estudiantes son inteligentes, amables y divertidos. Ellos me importan muchísimo. Ahora, sin duda alguna, puedo decir, como dicen aquí, que estoy amañada.

¿Qué me gusta de Medellín?

Son muchísimos los lugares que me encantan y disfruto en Medellín, como el Estadio Atanasio Girardot, donde se vive con pasión el fútbol; los clubes vibrantes de salsa y los barrios tranquilos. En el barrio donde vivo puedes encontrar casas pequeñas y encantadoras, y gente en la calle que vende aguacates y bananos; y los domingos, por las mañanas, puedes percibir el olor a buñuelo fresco y al tinto caliente en el restaurante, junto a la iglesia, donde encuentro gente cantando con cariño.

Aunque hay demasiadas cosas para disfrutar en Medellín, entre todos los lugares, mi favorito es la Comuna 13. En la Comuna 13 se intensifican las sensaciones y te sientes vivo de nuevo. Hasta hace algunos años era una de las zonas más violentas y turbulentas del país; ahora todo ha cambiado, parece un cielo de colores y arte en cada rincón, con olor a comida fresca, música alegre, con niños jugando en las calles y personas trabajadoras que dan lo mejor para que su barrio avance cada día. Para mí esa parte de la ciudad está llena de energía y vida, y me encanta pasar tiempo allá.

Adicionalmente, Medellín tiene una comida deliciosa; mi favorita son las frutas tropicales, los patacones con guacamole y hogao, y las empanadas. También disfruto las cervezas locales y el licor antioqueño, el aguardiente. Pueden encontrar comida rica en cualquier parte de la ciudad y, lo mejor, es pasar una tarde con amigos compartiéndola, no importa si es para una celebración o solo para divertirse. Seguramente si vienes a Medellín, te vas a alimentar muy bien y, además, con buena compañía.

¿Qué recomiendo de Medellín?

Llevo 10 meses viviendo en esta ciudad, y si tuviera que recomendarles a mi familia y amigos algún plan para realizar, les diría que experimentaran las diferentes zonas de la ciudad: el centro con sus esculturas en el Parque Botero, la variedad de museos, la vida nocturna en el Parque Lleras y el esplendor de la naturaleza, en espacios como el Parque Arví, por ejemplo.

También les recomendaría ir a puebliar. En Antioquia, hay muchísima belleza por todos lados, y a Medellín hay que explorarla; por fortuna, cuenta con muchos lugares para hacerlo.

Vine a Medellín para enseñar inglés, pero la realidad es que me encontré muchísimo más. Aquí pude ver otras perspectivas de vida, gente que aprecio, muchísimas experiencias felices y, aunque estoy lejos de mi hogar, aquí me siento realmente en casa, y por qué no, podría decir que estoy viviendo en el paraíso. Estoy muy contenta acá y orgullosa de vivir en una ciudad llena de tanta aventura. Estoy agradecida con Medellín y con la gente hermosa que vive acá, por todo lo que me ha dado; soy una mujer con mucha suerte, realmente.

 

Medellín, mi primer amor

Escribe: Reem Alfahad

País de origen: Kuwait

Crónica (5)

Cuando describo mi primer encuentro con Medellín, tiendo a decir que fue como enamorarme de alguien. El clima me coqueteaba, y la salsa me seducía. Pero lo que esperaba ser una aventura amorosa de dos meses con una ciudad, se convirtió en una relación de tres años completamente comprometida.

Estaba en mi penúltimo año de universidad, y, por fortuna, encontré una práctica que me permitiera pasar el verano en otro país; la idea era explorar tácticas y enfoques políticos completamente distintos. Para ese entonces, estudiaba Políticas Públicas en Estados Unidos, y toda mi familia vivía en Kuwait.

Como en cualquier buena historia, caí profundamente enamorada de esta ciudad, pues me ofrecía tanto, que ni siquiera yo sabía con exactitud que lo estaba buscando. Me gustó su reacción ante mi velo: en vez de transmitirme rechazo o resistencia, situación muy común en algunos países del norte, la gente se mostraba curiosa, e incluso me trataba con cariño.

Ese sentimiento se los transmití a mis padres, quienes estaban felices al saber que su hija se sentía aceptada en un país tan distinto al nuestro.Crónica (2)

Trabajé como practicante de Las Casas de la Cultura de Medellín, un proyecto de la Secretaría de Cultura de la Alcaldía, lo que me permitió recorrer toda la ciudad con mis colegas: desde los lindos barrios Manrique y Castilla, hasta los altos y sofisticados edificios en El Poblado. Estaba inmersa en un mundo cultural diferente a cualquier otra ciudad que hubiera conocido en todo el mundo. Encontré líderes comunitarios que daban lo mejor de ellos mismos, con actitudes generosas, y que siempre esperaban poco a cambio. Medellín no solo me estaba ilusionando, también me estaba retando, y, en parte, me estaba confundiendo. ¿Cómo se puede coexistir con tantas contradicciones en una sola ciudad?

Esas experiencias hicieron que los dos meses que estuve viviendo aquí se desvanecieran entre mis dedos. Volví a Estados Unidos, algo desorientada, como si acabara de perder a mi primer amor. Pero, para no desligarme por completo de Medellín, buscaba en mi universidad grupos de colombianos que me hicieran sentir como en casa: salía a bailar salsa, me involucraba en cuentos políticos de Colombia, hacía hasta lo imposible para reconstruir en mi memoria ese sentimiento que había dejado, el amor que creció con Medellín.

Con el pasar de los meses tuve mucha más claridad: debía volver. Mis colegas no entendían: “¿Vas a enseñar y a ayudar a los pobres?” Y yo intentaba explicarles a ellos lo que significaba: “Ellos tienen mucho más que enseñarme a mí, que lo que pueda enseñarles yo”, repetía una y otra vez. A mis padres, estando lejos, en el Medio Oriente, también les costaba entender: “¿Vas a dejar los Estados Unidos para vivir en un país en desarrollo?” Sí, eso haré. No había otra explicación.

Para ese momento, sus dudas no eran relevantes en mi decisión. Estaba enamorada, enganchada y convencida de que mi vida debía seguir en Medellín, y por eso regresé dos meses después de haberme graduado. Fue en ese momento en el que comenzó una relación amplia, compleja y tremendamente bonita con esta ciudad, a la que todavía considero mi hogar.

En los tres años siguientes hice, como dicen los paisas, de todo un poquito. Tuve la oportunidad de seguir trabajando con Las Casas de la Cultura, apoyé a algunas ONG con las comunidades, marché por la paz, tomé clases de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Antioquia, trabajé en la Fiesta del Libro…

Pero, quizá, lo más significativo que me pasó al venir a esta ciudad fue entablar lazos tan fuertes que se mantienen vivos a pesar de haber tenido que partir. Hoy vivo y estudio urbanismo en Londres, pero es imposible olvidarme de esta ciudad rodeada por montañas, que llevo siempre en mi mente; tanto, que mis trabajos están siempre direccionados hacia ella.

Mi trabajo gira alrededor de las mismas preguntas que la ciudad me formuló en nuestro primer encuentro. Por lo pronto, estoy haciendo algo que le aportará a Medellín, más como una manera de retribuirle todo lo que en esos años me brindó.

Ahora mi sueño no solo es volver a esta ciudad, y encontrar maneras de trabajar por su futuro; también sueño con poder construir lazos entre mis raíces en Medio Oriente y mis nuevas raíces en Colombia. Estoy segura de que podemos aprender mucho un país del otro.

 

Medellín, la ciudad a la que llamo hogar

Escribe: Nathan Allyn Rodgers

País de origen: Estados Unidos

Crónica (7)

Decidí venir a Medellín hace cuatro años para aprender español, y jamás imaginé que esta tierra iba a volverse mi hogar.

Colombia me llamó la atención por varias razones. Unos amigos la habían visitado y les encantó, y mientras estuve en Tailandia tuve un amigo bogotano que me habló maravillas de Colombia. Por eso, desde los 17 años, estuve pensando en en este país.

Crecí en Michigan y recuerdo los inviernos que tuve que pasar. Por eso siempre soñé con un lugar que tuviera una temperatura perfecta: término medio, ni frío, ni calor. Para ese entonces, mi agenda diaria mostraba siempre las temperaturas promedio de varias regiones en el mundo, y en la lista siempre estuvo Colombia. De inmediato supe que era el lugar perfecto; sin embargo, durante esa época, mediados de los 90, era demasiado peligroso visitar este país, y yo estaba aún muy joven para aventurar.Crónica (14)

A pesar de tener siempre presente el querer venir a Colombia, la vida me llevó a otros lugares después de culminar mis estudios en una pequeña universidad de Indiana. Yo, un niño de campo de Michigan, jamás pensó que viviría una experiencia en Ucrania, como voluntario del Cuerpo de Paz (Peace Corps). Al regreso, me instalé en Nueva York, donde trabajé con Unicef, empleo que me dio la oportunidad de vivir en Bangkok (Tailandia), y luego en Katmandú (Nepal).

Pero no obstante vivir esas aventuras, no podía sacar de mi cabeza a Colombia. En marzo de 2014 dejé mi trabajo en Nepal, y comencé a viajar. Fue entonces cuando retomé ese sueño, y noté que la seguridad había mejorado un poco, por lo que pude considerar una visita. Antes de hacer el viaje, leí sobre Medellín y lo que vi me gustó: un clima templado todo el año, ubicado en las montañas, un costo de vida razonable, gente amable con un acento relativamente fácil de entender, y un lugar que aún no era muy conocido. Tenía la posibilidad de vivirlo antes de los cambios que el turismo traería para esta ciudad.

Así que, en octubre de ese año, llegué a Medellín. Mi plan inicial era quedarme por uno o dos meses y continuar mi travesía, pero la ciudad tenía otros planes para mí. En los primeros meses conocí a dos hombres que, con el paso del tiempo, se convertirían en mis amigos y socios (uno estadounidense y otro paisa). Además, conocí a una caleña que estaba viviendo en Medellín, y que, más tarde, iba a convertirse en mi esposa.

Las cosas que me habían llamado la atención para conocer y visitar -la gente, el clima, el costo de vida y las montañas-, junto con la cercanía a los Estados Unidos, y las relaciones que formé con amigos y con mi esposa, me convencieron de quedarme y establecer una vida acá.

“Colombia me llamó la atención por varias razones. Unos amigos la habían visitado y les encantó, y mientras estuve en Tailandia tuve un amigo bogotano que me habló maravillas de Colombia. Por eso, desde los 17 años, estuve pensando en en este país”, Nathan Allyn Rodgers

Con los socios he empezado dos empresas. La primera es True Colombia Travel (www.truecolombiatravel.com), una agencia de viajes personalizados, que crea experiencias inolvidables para mostrar a nuestros clientes lo mejor de este país y la verdadera Colombia. Y la otra empresa es Cannúa (www.cannua.com), un lugar ubicado en el municipio de Marinilla, a unos 90 minutos de Medellín. Lo inauguraremos en abril de 2019, y será un retiro exclusivo tipo boutique, con una temática holística y sostenible, única en Colombia.

Con mi esposa he formado un hogar en Medellín, y la familia ha ido creciendo: tenemos una bebé y un perro, que son mi felicidad. Por ahora, cuando miro hacia atrás, pienso que Medellín es el primer lugar que, como adulto, no pienso dejar.

Medellín me ha brindado grandes oportunidades laborales y una familia hermosa, y estoy aportando mi parte a la creación de un futuro seguro y sostenible para este país, en especial para la ciudad a la que hoy llamo hogar.

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