Tumaco, la perla del Pacífico

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Escribe: Marcela Beltrán Gómez

“Noches de Bocagrande / bajo la luna plateada / el mar bordando luceros / en el filo de la playa”. Esta tonada, interpretada por el Trío Martino en 1966, resume, en buena parte, lo que San Andrés de Tumaco tiene para deleitar a los turistas. Esta melodía, escrita por el nariñense Faustino Arias, fue una dedicatoria para las playas de la isla de Bocagrande, ubicadas en el Pacífico colombiano, a pocos kilómetros de Tumaco. Sin embargo, una serie de confusiones relacionan la canción con las playas de Bocagrande en Cartagena de Indias. “Mucha gente se confunde y cree que Noches de Bocagrande es sobre Cartagena, pero no, la realidad es que es para Tumaco”, narra con orgullo Albert Briceño, salvavidas y guía turístico en Tumaco.

Por carretera, a seis horas de Pasto o, aproximadamente, a una hora y media en avión desde Bogotá se encuentra este majestuoso paraje, de vegetación abundante y arena oscura, que da la bienvenida para disfrutar de estas playas a orillasdel mar Pacífico. Este municipio, de más de doscientos mil habitantes, es el puerto más importante del departamento de Nariño, convirtiéndolo en un punto estratégico para el comercio en la zona. A pesar de haber vivido la guerra, sus calles hoy son escenario de pujanza y de querer dejar atrás la violencia que los aquejó.

Para los tumaqueños el mar es su principal fuente de ingreso, pues en él convergen diversas actividades económicas, como el turismo y el comercio, ya que a través del puerto se mueve mercancía proveniente de varios puntos del planeta. Los primeros pobladores de la zona provenían de la comunidad indígena tuma, quienes eran pescadores y cazadores de algunas especies del litoral. Posteriormente, durante la época de la conquista, el sacerdote jesuita Francisco Ruggi funda en 1640 San Andrés de Tumaco, nombre del municipio que se conjuga con el apelativo tradicional de la zona, así como con el nombre del santo del día en que ocurre el hecho. Razón por la que, además, el patrono de este puerto es San Andrés.

Cuenta la tradición nativa que el archipiélago de San Andrés de Tumaco se formó gracias a tres enormes pargos rojos a los que, después de recorrer los océanos del mundo entero, el oleaje y la suavidad de la brisa llevaron a costas del Pacífico nariñense, provocándoles un sueño tan profundo que la arena poco a poco cubrió sus lomos, haciendo que crecieran árboles y riachuelos sobre ellos, lo que con el paso del tiempo serviría como asentamiento de los indígenas. Por eso, cada vez que el oleaje irrumpe contra las costas de Tumaco o la tierra se mueve producto de un evento sísmico, se dice que son los tres peces quienes se están acomodando bajo el archipiélago en esta región.

Tumaco, ¿qué hay para hacer?

En la Perla del Pacífico, como se le conoce a este municipio nariñense, las playas se convierten en un importante atractivo para los visitantes, quienes buscan conectarse con un paraíso diferente. A pocos minutos del centro de la ciudad se encuentra la Playa de El Morro, una playa con una extensión de quinientos cuarenta metros, en la que los bañistas pueden disfrutar del mar hasta pasadas las seis de la tarde cuando, por seguridad, los salvavidas y guardias costeros exigen salir del agua a los turistas y nativos. Quienes visitan este lugar tienen la posibilidad de hacer uso de ocho bohíos —mesas circulares de madera con techo de paja—, veintitrés restaurantes y veintidós kioscos, donde los viajeros pueden deleitarse con un excelente día de sol.

Algunos vendedores hacen su agosto en la playa, ofrecen con creatividad las cocadas, hechas de manera artesanal en hornos de barro y leña, lo que le impregna al dulce un sabor delicioso y muy característico de la zona. “Son dulces tradicionales de coco fresco, hechos en casa, y para evitar la contaminación los envolvemos en hojas, no en plástico”, comenta uno de los vendedores, quien con gracia da la degustación a los viajeros mientras camina la playa de punta a punta con sus deliciosos manjares.

Desde la orilla se ve, a lo lejos, la Peña del Quesillo, una piedra que emerge del océano, como si se tratara de un iceberg tropical que decora el paisaje. Parte de su vegetación funciona como hogar permanente de aves endémicas que prefieren la pasividad que ofrece el mar para pernoctar. En cambio, las agitadas profundidades que rodean la peña son perfectas para que cangrejos y algunos peces deambulen por esta parte del océano.

Muy cerca de esta playa se encuentra el Arco de El Morro, una formación rocosa tallada por el mar Pacífico. Durante la marea baja el arco queda al descubierto y el suave oleaje golpea las rocas, de donde salen diminutos cangrejos en busca de refugio.
Con el paso de las horas la marea va subiendo hasta que se forma una piscina en la que los niños y bañistas pueden disfrutar de la belleza de este paisaje digno de postal.

Uno de los puntos que más atrae a los turistas es el Puente de El Morro, un viaducto que une tres islas: El Morro, La Viciosa y Tumaco, todas pertenecientes a la cabecera municipal. Fue construido en 1951 bajo el mandato de Gustavo Rojas Pinilla y hoy en día es uno de los atractivos turísticos de Tumaco, reconocido por su gastronomía y variada oferta en bares, donde los viajeros pueden degustar preparaciones típicas de la región pacífica. Una cazuela de pescado acompañado con arroz de coco es la combinación perfecta para sentir de qué están hechos en esta región. La riqueza del océano que rodea a Tumaco es tal que algunos habitantes, armados de un nylon enrollado en un trozo de madera o cartón y un anzuelo, se sientan al borde de este puente para pescar algo: “yo vengo de vez en cuando a pescar, traigo una cerveza, me siento en el borde y espero paciente”, cuenta un tumaqueño.

Sus playas recogen lo mejor del Pacífico nariñense, de su cultura, del amor por esta tierra de currulao y pescado fresco. Transitar por sus calles es celebrar con tambores la diversidad en la zona, encontrar murales que representan la cultura afro, que narran en sus fachadas el origen de esta región. Quizá uno de los monumentos más emblemáticos de Tumaco es el que exhibe con orgullo una estatua del maestro Leonidas “Caballito” Garcés, todo un referente para esta ciudad. El parque Colón, ubicado muy cerca de la Catedral de San Andrés, es un espacio tranquilo en el que los enormes árboles ocultan en lo alto a las iguanas, que apacibles observan el tránsito de un pueblo a orillas del Pacífico.

La riqueza natural y cultural que Tumaco tiene para ofrecer es tal, que hoy le están apuntando al turismo comunitario; es decir, a una manera de viajar y de compartir conocimiento con las comunidades a partir de la convivencia: “la comunidad les enseña a partir de su experiencia, de lo que ellos hacen cotidianamente, ir al manglar, sacar conchas, pateburro, aprender a hacer las cocadas, a raspar el coco, cómo se deshace la panela en el agua, escuchar de sus habitantes cuentos, mitos y leyendas, salir a pescar, porque este turismo también le apunta a un tema de conservación y sostenibilidad”, comentó Deyber Hernández, guía del municipio, quien a pesar de haber pasado un tiempo fuera de su natal Tumaco hoy busca la manera de generar espacios para que el resto del país la conozca sin temor. “Los extranjeros disfrutan mucho pajareando”, cuenta, entre risas, Hernández. “A ellos les gusta venir a observar aves y ver la belleza natural que tenemos en esta zona del Pacífico”, concluye.

Ballenas, las reinas del Pacífico

Además del avistamiento de aves, las ballenas llaman la atención de los viajeros, quienes sin pensarlo dos veces se adentran en el Pacífico para ver cómo estos mamíferos atraviesan el océano desde el sur para dar a la luz a sus crías.

Todo comienza desde el puerto, un punto agitado en pleno corazón de Tumaco. Allí los lancheros preparan con especial cuidado sus embarcaciones, dispuestas a transportar a los turistas ávidos de experiencias nuevas. Lanchas como Vikingo II, Don Domi, Johana I y muchas otras tienen la misión de llevar a los foráneos a lugares como el hotel María del Mar, uno de los destinos más populares en Bocagrande, punto desde donde zarpan las embarcaciones para el avistamiento de ballenas entre los meses de agosto y noviembre.“Ayer las vimos, son un verdadero espectáculo, por eso decidimos volver a emprender esta experiencia”, cuenta con emoción un grupo de turistas de Bogotá, quienes se preparan para iniciar esta nueva travesía. La lancha zarpa y antes de salir a enfrentar el fuerte oleaje del Pacífico, zigzaguea por entre el manglar, un complejo de túneles y canales que albergan cientos de especies que buscan dejar sus huevos entre las raíces.

Finalmente, el mar se abre y la embarcación sale en busca del mamífero marino más grande del planeta. Durante el recorrido, el capitán del barco y su ayudante observan como viejos veteranos del océano, alguna señal que permita descubrir a una ballena jorobada: “llevo quince años navegando y las he visto a menos de un metro, es una sensación extraña, porque es emocionante, pero al ver su tamaño realmente asustan”, cuenta Rafael, sin despegar los ojos del horizonte marino. De repente, a lo lejos se ve un chorro de agua que emerge con fuerza, es la respiración característica de la ballena que, sin quererlo, nos anuncia que ya están ahí. Rápidamente, la lancha busca el punto y conforme se acercan las ballenas, baja la potencia de los motores para no ahuyentarlas. Luego la lancha se apaga y queda a la deriva del vaivén de las olas. Extrañamente, todos guardan silencio y tanto Rafael como los turistas observan curiosos el horizonte. Algunos, producto del movimiento de la embarcación, se marean, pero tratan de mantener la cordura para no perderse el espectáculo que el Pacífico tiene una vez al año; sin embargo, pese a los esfuerzos y el conocimiento de los guías, las ballenas no deseaban ser vistas ese día: “a veces es cuestión de suerte, ellas merodean el mar, solo que hoy no querían salir”, dice con voz de tristeza un turista.

Si bien las ballenas arriban a aguas del Pacífico colombiano entre julio y noviembre, las posibilidades de verlas con mayor frecuencia están entre agosto y octubre. En julio también es posible verlas, solo que en menor cantidad.
Una vez en el hotel, los viajeros tienen la posibilidad de degustar uno de los platillos predilectos, el cangrejo acocado, cuya salsa a base de coco y plátano calado hace las delicias de quienes visitan este lugar. Cada plato viene acompañado de una tabla y un martillo para romper el duro caparazón del crustáceo y extraer la suave carne, cuyo sabor se mezcla con la salsa. “Este es nuestro plato por excelencia”, cuenta una habitante de Tumaco que aprovechó el fin de semana para desconectarse del agite tumaqueño.

Después de un suculento almuerzo hay quienes prefieren descansar y hacer una siesta en hamacas a orillas del mar, otros, en cambio, caminan la playa en compañía de Albert Briceño, un salvavidas de cincuenta y dos años enamorado de Tumaco, quien se encarga de mostrar las bellezas de Bocagrande a quienes visitan este paraíso del Pacífico. “Yo soy tumaqueño así haya nacido accidentalmente en Cali”, comenta este hombre de casi 1.85 metros, corpulento y de amplia sonrisa. Mientras recorre la playa señala con detalle a los miles de cangrejos que juguetean con el oleaje. “Nuestra misión es cuidar este lugar”, comenta vehementemente. Por eso, con la fortaleza que lo caracteriza, les enseña a otros jóvenes de la región las virtudes del mar, pero también el respeto que se merece.

Y es que Bocagrande vio cómo la furia del océano devastó parte de sus playas y arrasó con todo lo que encontró a su paso hace cuarenta años. Un sismo de 7.9 en la escala de Richter, cuyo epicentro se ubicó en el océano Pacífico, generó un tsunami que golpeó con fuerza las playas en esta zona del país. Tumaco sintió parte de este coletazo, igual que Bocagrande, que tuvo que ser reubicado después de la tragedia. Sin embargo, hoy esta zona se levanta y ofrece una experiencia maravillosa para quienes desean encontrarse cara a cara con el mar.

Antes de retornar a Tumaco, un grupo de turistas, junto a Albert, emprenden un recorrido por entre los manglares, un viaje en el que estas aguas se convierten en la sala cuna del mar. Para su protección, la comunidad ha implementado planes que evitan extraer ciertas especies que no superen un tamaño específico, esto con el fin de no agotar la biodiversidad de la zona.

Ya es hora de regresar a Tumaco antes de que el sol empiece a ocultarse, las lanchas que en la mañana zarpaban ahora regresan al puerto para dejar al grupo de turistas, quienes saben que esta experiencia solo se vive una vez, y qué mejor que hacerlo en Tumaco.

Tumaco, hecho a mano

El sonido de la tambora y de los cununos impregnan el ambiente de danza y folclor, luego la dulce tonalidad de la marimba nos transporta a las playas del Pacífico, que vibran al compás del currulao, un ritmo tradicional de la costa occidental del país, que se extiende desde el Chocó hasta Nariño. Justamente ahí, en el extremo sur de la región, se encuentra el maestro Francisco Tenorio, un hombre que cree en el poder de su cultura y del misticismo que tiene la música para mantener viva su tradición. Él, junto a su esposa, doña Laylys Quiñones, abanderan la Fundación Tumac, un espacio dedicado a rescatar esa esencia del Pacífico colombiano. “Nosotros surgimos para conservar la cultura del Pacífico. Sentíamos que la tradición, que estaba en manos de los más viejos, ya estaba muriendo y nació la necesidad de trasladarle a los jóvenes la danza, la música, la construcción de instrumentos y, por supuesto, la oralidad”, comenta el maestro Tenorio en medio de su taller, un largo pasillo en el que Kevin Cortés y otros diez jóvenes trabajan la madera y los cueros para crear instrumentos que mantengan vivo el folclor del que tanto hace referencia Tenorio.Han pasado veintitrés años desde que la fundación se formalizó, pero su trabajo ha estado vigente desde hace más de cuarenta años, tiempo en el que ha ido sembrando el interés por preservar la cultura y la tradición, así como por la productividad en este tipo de campos: “el mundo está en un momento de producción económica, intelectual, por eso no podemos dejar que el conocimiento ancestral sea improductivo. Queremos que la música sea una carrera, que se proyecte a otras culturas.

Nosotros no solo enseñamos la construcción de un instrumento, enseñamos a ser autónomos”, complementa el maestro, quien ha sabido mantener, junto a Laylys, esta fundación, que inició con milquinientos pesos hace dos décadas. “Cuando usted compra un cununo no solo está comprando un instrumento, está comprando la mano de obra de un joven, y a su vez está evitando una muerte en el Pacífico”, reflexiona.

Mientras el maestro toma una pausa para resolver algunos asuntos de la fundación, Kevin, un joven de no más de veintitrés años, amarra un cununo que tiene para la venta. Él pertenece a la fundación y lidera parte del trabajo que otros jóvenes, como él, adelantan allí. “Antes utilizábamos cuero de venado, pero como están en peligro usamos cuero de vaca en los cununos”, cuenta, mientras aprieta con fuerza las fibras para tensar el cuero al cuerpo del cununo. En el taller de la Fundación Tumac además de la percusión también se fabrica la marimba, un instrumento que evoca nuestra herencia africana, pero que según Tenorio debe tener una nueva proyección: “no nos podemos quedar en el lamento, en que fuimos esclavos. Hoy somos hombres libres y tenemos conocimiento, mostrémoslo. Hay que pensar cómo hacemos que nuestro territorio sea un lugar turístico y cómo nos podemos crecer”, argumenta.Pero no son solo los instrumentos y la espiritualidad lo que transmite la Fundación Tumac a los viajeros inquietos que buscan algo más del turismo de sol y playa. En Tumaco el oro y la plata tienen un nombre: filigrana. Al igual que en municipios como Mompox, en Bolívar, y Santafé de Antioquia, los joyeros del Pacífico trabajan con destreza el diseño de joyas a partir de esta técnica. En Tumaco, los artesanos elaboran collares, aretes, anillos, pulseras y otros accesorios a partir de la filigrana, pequeños filamentos de oro y plata, que enrollados conforman todo tipo de alhajas. “¿Que cómo aprendí?, mirando a un señor que me dijo que aprendiera. Cada día llevo dándole a esto, es más de media vida dedicada a este trabajo”, comenta Wilmar Marquínez, joyero oriundo de Barbacoas, quien lleva más de cuarenta años en este oficio. Él en su pequeño taller, ubicado en una concurrida calle del centro del municipio, elabora delicadas piezas de joyería que en el mercado tienen un valor de doscientos mil pesos en adelante, pero entre más detalles e hilos entorchados tengan, más costosas son.

Sus manos hacen maravillas con este mineral, traído en su mayoría de las minas ubicadas en Barbacoas, donde la tradición de la filigrana se aprende como si se aprendiera a leer y a escribir. Este hombre corpulento y de manos grandes trabaja con tal delicadeza el oro que sus piezas se exhiben con elegancia en las vitrinas de joyerías, a las que acuden los turistas en busca de algún recuerdo de Tumaco. “El oro llega en físico, como nos lo da la tierra, luego hay que fundirlo, después se estira en el laminador hasta el calibre que uno necesite. En la filigrana son dos hebras que se entorchan hasta que aprietan, después se achatan un poco y finalmente se meten a un ácido para sellarlas”, explica este orfebre de
vista prodigiosa, aunque confiesa que ya va siendo hora de usar gafas para ver con detalle el proceso.

Sabores de Tumaco

La ubicación geográfica hace que el pescado y los mariscos sean parte esencial de la gastronomía tumaqueña. Qué sería de este territorio sin el pescado fresco, sin los mariscos y sin el coco, tres ingredientes fundamentales para las preparaciones en este puerto del Pacífico. “Aquí tenemos tanta variedad que uno no sabe qué escoger. Pataburro, almeja, concha, camarón, jaiba, raya, tollo. No solo tenemos variedad, también tenemos cantidad”, cuenta Deyber, mientras observa con detalle las opciones de un restaurante local. Y es que para los tumaqueños el pescado hace parte de su historia, de su tradición, por eso son tan meticulosos en su preparación. Saben que los turistas llegan a estas tierras en busca de sabores diferentes y ellos están dispuestos a deleitarlos con sus diversas elaboraciones.

Otra de las apuestas de Tumaco está encaminada a la producción y procesamiento del cacao, pues en algunas asociaciones como Concacao los campesinos pueden llevar el grano para la elaboración de productos artesanales. “Cada quince días se procesan doscientos kilos de cacao, los cuales se convierten en chocolates para hacer bebidas y chocolatinas”, cuenta David Baguera, administrador de la asociación. Para vender su cosecha basta con acercarse al punto de acopio en Tumaco, no hay que estar registrado; pero eso sí, el cacao debe tener un buen secado y nada de hongos externos, de modo que la asociación hace un análisis de calidad minucioso para evitar el deterioro de su producto final.

Tumaco es un territorio alegre, de fiesta y de tambores, de playas con sabor a coco y fuerte oleaje. Su gente goza del mar y respeta profundamente sus tradiciones, los tumaqueños saben que cada vez que un turista pisa este lugar está entrando al paraíso, no en vano esta región brilla como la verdadera Perla
del Pacífico.

Tenga en cuenta:

• Tumaco cuenta con una terminal aérea: Aeropuerto La Florida.
• Por tierra, se localiza a seis horas de Pasto, capital del departamento de Nariño.
• Por ser un punto estratégico en materia de turismo cuenta con una variada oferta hotelera.
• Si su plan incluye avistamiento de ballenas, tenga en cuenta el uso del bloqueador solar, gorro y ropa cómoda que pueda mojar.
• Se recomienda siempre el uso de repelente, al igual que la vacuna previa contra la fiebre amarilla.

Agradecimientos:

• Hotel La Sultana – Tumaco
• Hotel María del Mar – Bocagrande
• Joyería La Sultana
• Adriana González – Agente Comercial SATENA Tumaco
• Deyber Hernández – Guía turístico
• Albert Briceño – Guía turístico

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