A LOMO DE MULA, DE JERICÓ AL VATICANO, TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA

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Plaza de San Pedro en Roma. Foto archivo. sxc.hu

Escribe: Luis Guillermo Bonilla

Al caminar por las calles abarrotadas de gente que conducían a la famosa plaza de San Pedro, no tuve ningún otro pensamiento que aquel de imaginarme a la santa a lomo de mula por las selvas colombianas, haciendo lo que para muchos era locura: ver a un grupo de mujeres exponiendo su virtud, en mitad de tierras hostiles buscando indios, y segundo, más que locura, imposible: reconocer a los indígenas como seres humanos, con los mismos derechos y la misma esencia que el resto de la población. La canonización comenzó a las 9:30 de la mañana, hora de Italia, y duró aproximadamente tres horas. Junto a ella fueron canonizados también una santa mexicana, María Guadalupe; y un grupo de santos mártires Italianos.

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Cúpula de la Basilica de San Pedro en Roma. Foto archivo. sxc.hu

La bandera colombiana ondeaba por todo el lugar y la foto de una mujer paisa, enorme, se alzaba a uno de los costados de la plaza. En esos momentos pasan por el pensamiento muchas cosas, por el sentimiento también: hablar de orgullo, de pasión, de patriotismo o de dolor es poco. La canonización se erguía ante mi como un llamado, como una inspiración y como una denuncia: en Colombia, en ese mi país y en el país de la santa, hay aún mucho por hacer. La ceremonia seguía, el Papa habló de Laurita en castellano y el final de su homilía fue una invitación y un resumen de la vida de esta santa mujer: “…inspirados en el ejemplo de concordia y reconciliación de esta nueva santa, los amados hijos de Colombia continúen trabajando por la paz y el justo desarrollo de su patria¼” Sí, trabajar por el desarrollo justo de su patria. Si Laura no hubiese sido santa, por lo menos, sí sería personaje obligado para los libros de historia.

La santa fue producto de su tiempo. Era imposible que no intentase cambiar a los indios, “hacerlos más gente”. Pero ahí, en la misión que empezaba esta mujer antioqueña, se vislumbraba ya un pensamiento nuevo. Laura fue la primera en ver a los indios como personas que no se debían exterminar. Para el colono colombiano de finales de siglo XIX, la única forma de dialogar con un indio era con sangre y la única forma de relación era la subordinación.

Aunque los españoles habían sido expulsados de nuestras tierras casi un siglo antes, el pensamiento de la con-quista prevalecía con un peso aplastante sobre las pocas comunidades nativas sobrevivientes.

¿QUIÉN ERA LAURA MONTOYA?

Laura Montoya, hija de Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui,  nació en 1874, y dos años después quedó huérfana de padre. Dolores quedó viuda y con tres hijos y debió enfrentar la pobreza y vivir de la caridad de sus propios familiares. Así que Laura, como muchos otros niños de ese momento de la historia, debió enfrentarse a una infancia dura y llena de obstáculos que no sólo formaron su carácter, sino que la llevaron a entender la miseria humana.

A los 16 años, Laura decide entrar a la Normal de Institutoras de Medellín, para ser maestra elemental, siendo ésta la primera vez en la que cursó estudio alguno (de niña inició algunos estudios, pero luego de ser señalada como tonta fue retirada de la escuela) De ahí, comenzó una “carrera” como educadora a la antigua usanza: empezó en pequeñas escuelas, luego le dieron cursos más avanzados y hasta llegó a tener su propia escuela para señoritas en compañía de otra docente amiga.

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Ceremonia de canonización de Laura Montoya en la Plaza de San Pedro. Fotografía: Luis Guillermo Bonilla C.

DE MAESTRA DE ESCUELA A MAESTRA DE INDIOS

En 1907, Laura Montoya está en Marinilla y escribe: “me vi en Dios y como que me arropaba con su paternidad haciéndome madre, del modo más intenso, de los ineles. Me dolían como verdaderos hijos”. Esos ineles se traducirán en 1914 en los indios. Para ese año, y con el apoyo del Obispo de Santa Fe de Antioquia, Maximiliano Crespo, funda Las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, comunidad que rompió con los moldes tradicionales de las comunidades religiosas y de los esquemas educativos.

En su autobiografía se aprende que fueron 35 años de misión, los 9 últimos en una silla de ruedas que si bien detuvieron sus pasos, no detuvieron su pluma.

Laura murió en Medellín el 21 de octubre de 1949. A su muerte dejó extendida su congregación de misioneras en 90 casas distribuidas en tres países, con un número de 467 religiosas.

A ella le debemos entre muchas cosas, el nacimiento de los resguardos indígenas, el replanteamiento de muchos métodos de enseñanza y por qué no, la fundación de una comunidad misionera, nacida por y en el seno de la cultura latinoamericana. En la actualidad las misioneras trabajan en 19 países, distribuidas en América, África y Europa.

Dios bendiga esta santa, y la patria reconozca a esta incansable maestra

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