JERUSALÉN LA MÁS SAGRADA DE TODAS LAS CIUDADES SAGRADAS

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Escribe: Pedro Luis González

Bueno, hasta el más ateo de los ateos reconoce que esta Jerusalén tiene un encanto especial ligado al tema de las religiones. Y es que Jerusalén es, por excelencia, el destino de los creyentes. Supera en expectativas a las ciudades de Roma o Estambul, por ejemplo, pues mientras éstas reúnen toda la iconografía e historia del Cristianismo Católico y el Cristianismo Ortodoxo respectivamente, Jerusalén ostenta la condición de ciudad sagrada para esas y otras religiones.

Se va a ella pues con la idea de encontrarse con un pasado ancestral, bíblico, histórico y a conectarse con ese aspecto espiritual que todos llevamos dentro.

LAS DOS CIUDADES

Como todas las ciudades milenarias del mundo, en Jerusalén conviven la historia antigua y la era moderna. Hay de un lado una ciudad vibrante con una infraestructura turística dinámica, atracciones, ofertas culturales, artísticas, genuinas delicias gastronómicas, y de otro lado esa ciudad vieja, a la manera de nuestra Cartagena amurallada o el Quito viejo.

Entonces es como si se hiciera un salto en la máquina del tiempo. Al ingresar a ella y atravesar la muralla milenaria, todo adquiere otro sentido. En mi caso, la conmoción me retrotrae a los pesebres de la infancia, a esas bellas ilustraciones de la Biblia de mi madre, a las clases de don Jonás Mendieta, ese jesuita anciano e ilustrado que nos refería las batallas bíblicas con imágenes recortadas que adhería a un panel de tela y que nos transportaban a otros mundos en sus clases de religión.

Ya en el hotel, viendo los mapas, hemos aprendido que encontraremos cuatro barrios perfectamente definidos y que expresan las fronteras religiosas. Hay un barrio judío, un barrio armenio, uno cristiano y otro musulmán.

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LA PLAZA QUE DESLUMBRA

El primer impacto que recibo al ingresar a la inmensa plaza, es el llamado Muro Occidental o Muro de los Lamentos. Es el último vestigio que queda del Templo de Jerusalén y es mucho más alto de lo que nunca imaginé. Y entonces me recreo con los centenares de judíos que se encuentran allí, frente a él, moviéndose con recogimiento, lamentándose en efecto, tocando esas paredes con un respeto sacramental e introduciendo pequeños papelitos (sus ruegos y mensajes) en las grietas que abundan en toda su extensión. Son judíos ortodoxos, vestidos de negro, con sus barbas negras y sus rizos. Y hay también turistas y ancianos que al no poder está de pie llevan sus sillas o las alquilan. Es conmovedor.

MUCHO PARA VER, MUCHO PARA DEJARSE IMPACTAR

El resto es dejarse deslumbrar por todos estos sitios sagrados: la Iglesia del Santo Sepulcro, cuyas formas y apariencia en nada se parecen a las imágenes de la infancia. Custodiada por todas las creencias cristianas, católicas y ortodoxas, en ella confluyen diariamente centenares, por no decir miles de peregrinos. La iluminación es mágica, las paredes de rocas. El Domo de la Roca, con su cúpula dorada y fulgurante es de la más pura expresión islámica. Nos dice el guía que en orden de importancia, es el tercer templo islámico del mundo.

El espacio en donde se encuentra esta construcción es una gran explanada conocida como el Monte del Templo. Es antiquísima, se remonta al año 20 antes de Cristo. Pero la gran expectativa es conocer la llamada Vía Dolorosa o el Vía Crucis, ese recorrido tantas y tantas veces narrado en donde Jesús transita rumbo al calvario, cargando su propia cruz.

Es una calle empedrada, más estrecha de lo que imaginamos, en donde están marcadas las caídas a las que se hace tanta referencia en la Biblia. Hay escalas. Imagina uno el peso de la cruz mientras se asciende o desciende por esas escalas y no puede uno menos que conmoverse. El recorrido termina en la Iglesia del Santo Sepulcro, es donde se supone fue la crucifixión.

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Otros lugares iconográficos no generan tanto impacto. El Monte de los Olivos, salvo la presencia de muchos de esos árboles que tienen un aspecto milenario, no dejan sentir ese halo sacramental de otros espacios.

Lo que si es un espectáculo es el célebre mercado, porque resulta ser un ejercicio que exalta todos los sentidos: los collares magníficos, las cerámicas que remiten a las formas y colores de todas las culturas que allí confluyen, prendas típicas, cojines, alfombras, velas de olores fantásticos, regalos.

De los barrios, el que me pareció más atractivo, fue el Armenio.  Tiene una magia especial, un colorido diferente.

Hay un trabajo de iluminación francamente impresionante que impacta las noches de la ciudad antigua. Ese recorrido nocturno es irrenunciable.

DE TODO PARA EL TURISTA

Teniendo en cuenta que esta ciudad es una fragua en donde confluyen pueblos de tan diferentes religiones, culturas y tradiciones, la oferta gastronómica es una virtud especial. Entonces usted encuentra pequeños restaurantes con sabores inenarrables, que salen desde ollas y cacerolas que reposan a fuego lento en cocinas antiquísimas, y también cafés gourmet y comidas rápidas, salones elegantes de presencia internacional, bares muy animados, alegrías por todas partes.

Por el alojamiento no hay problema: toda la oferta hotelera conocida. Desde las cinco estrellas, hasta alojamientos estudiantiles. A Jerusalén hay que volver.

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