LA ISLA DE RODAS ES DIFERENTE LA IDEA DE RODAS Y EL ENCUENTRO CON RODAS

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1. Golfo en la Isla de Rodas

Escribe Alberto Morales

De niño, la leyenda del Coloso de Rodas, esa estatua monumental que presidía el puerto de la isla y la identificaba a la distancia, fue creciendo en mi imaginación y deleitó en no pocas oportunidades las horas del recreo en el colegio.

Una película de la adolescencia terminó de redondear ese imaginario que me puso a soñar con esa obra de dimensiones inimaginables, toda vez que bajo las piernas abiertas del Coloso pasaban los grandes veleros de la antigüedad con sus mástiles de alturas inimaginables.

Tenía que ser tan alto como una catedral – pensaba yo- y tenía que ser una obra perfecta. También aprendí de niño que era una de las siete maravillas del mundo.  La isla de Rodas desde siempre, me “supo” a Grecia.

Así, cuando el sueño de conocerla se hizo realidad y nos embarcamos en un crucero por las Islas griegas, ir a Rodas se convirtió en una obligación existencial. Llegar fue una experiencia de alto impacto.

En primer lugar, Rodas no se parece en nada a lo que imaginé. Desembarcamos en una ciudad amurallada cuya arquitectura medieval se impone sobre todo, de manera tal que -de no saber en dónde estás- pudieras confundirte con cualquiera otra población amurallada europea: calles estrechas, empedradas, fachadas de ladrillo y piedra, gruesas puertas de madera, un color amarillo ocre que se impone en el paisaje, plazas pequeñas con fuentes, muchas flores, y ventorrillos con techos de tela… hermosa claro, pero no tiene aire griego ni parece tan antigua como su historia.

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2. Detalle de arco escarzano en el sectos amurallado de la isla.

Fue luego del impacto del desembarco que estudié sobre ella: una ciudad cuya historia se remonta al año 1.100 antes de Cristo y que fue aliada de los persas contra Atenas hacia el año 480 antes de nuestra era. Y de repente gira y se integra a la denominada Liga Ateniense, para después volver a enfrentarla cuando se alía con Esparta en el 411 A de C Fue conquistada luego por los romanos hacia el 297 antes de Cristo, y estuvo a punto de desaparecer por un terremoto en el 226 A de C, año fatídico en el que de todas maneras es su célebre Coloso el que se derrumba.

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3. Ciudad amurallada, de estética románica

Leo que: “Tras la caída del Imperio Romano la isla estará dominada o influenciada por el Imperio Bizantino, Venecia y Génova. Que su posición geográfica entre occidente y Tierra Santa la convertirá en un lugar privilegiado y muy visitado durante las Cruzadas y que es en el año 1309 cuando los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén se establecen allí en la isla”, lo que explica el desarrollo de la arquitectura gótica que es la que la identifica hasta hoy. De hecho, Rodas está integrada a Grecia sólo a partir de 1947.

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4. Murallas vistas desde el mar

UNA EXPERIENCIA ALUCINANTE

Y entonces, aparece la oportunidad de viajar hasta Lindos, una población relativamente cercana al puerto (tal vez una hora y media) y que es célebre no sólo por sus murallas sino porque allí se encuentra el templo de Athenea. Viajé sin expectativas. Y he aquí que viajando por una carretera impecable me asombra de repente allá abajo, el paisaje de un pueblecito griego hasta lo imposible, de casitas inmaculadamente blancas que contrastan con el azul intenso del mar y el cielo mediterráneos. El pueblecito parece arrinconado contra la montaña. Lindos se llama.

Es muy turístico, sí. Ingreso a una callecita estrecha tapizada de piedras minúsculas como huevos, virtualmente techada por carpas de tela y con almacencitos que se suceden uno tras otro ofreciendo todo tipo de baratijas. Sí, sé que estoy usando diminutivos pero no se trata de un tic, todo es pequeño, pequeñísimo.
Hay a la izquierda una capilla ortodoxa cuyas puertas y vitrales son genuinas obras maestras.

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5. Vista del mar de Lindos

Sigo avanzando hasta encontrar unas escalas de piedra por las que asciendo en manada, empujado por la multitud de turistas que han llegado ese día. Y entonces me encuentro con esa muralla que, sin proponérselo, me retrotrae de inmediato a la abadía centenaria de “El nombre de la Rosa”, la novela de Umberto Eco, por la elemental razón de que es una copia rediviva de la descripción del novelista.

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6. Casas griegas y playa de lindos vistas desde arriba

El ascenso me saca del pueblo y de las calles estrechas. Subo por este camino que nos ofrece a la izquierda una visión inenarrable del mar Egeo y el pueblecito visto a lo lejos desde otro ángulo.  Subo, subo y entonces me encuentro ahí, de frente con lo que se ha dado en llamar “el relieve de la trirreme rodia”.  Una escultura tallada sobre la roca, al pie de la escalera por la que asciendo. Es una barcaza imponente y en la proa, aprendo, sobresale la estatua del general Hagesandro. Y entonces aparece la Abadía. Es el castillo de los Caballeros de San Juan.

Se accede atravesando un pasadizo que te ofrece al final la visión de una especie de milagro: ahí, en el centro de una explanada están las ruinas de la Acrópolis de Athenea, griega como ninguna otra. Una especie de réplica a escala de la Acrópolis de Atenas. El paisaje es absurdo, porque al lado, también en ruinas, está la capilla medieval de la Abadía. Es la iglesia ortodoxa griega de San Juan, construida en el siglo XIII sobre las ruinas de otra iglesia que al parecer fue construida en el siglo VI.

Me sorprende la percepción equivocada de que las ruinas de la abadía son más viejas que las ruinas del templo. El ladrillo de la capilla en nada se parece al blanco inmaculado de las piedras con las que se levantó el templo de la Acrópolis.

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7. Templo de Atenas en la acrópolis, lindos
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8. Ruinas en la acrópolis, Lindos

Uno tiene la sensación de que el templo de Athenea hubiese sido construido en el patio de la casa principal. Me entero entonces que el nombre verdadero de este monumento fascinante es “la Acrópolis de Lindos”.

El paisaje es imponente. A este templo de Athenea solo podían entrar los seres puros. Cierro los ojos y soy capaz de imaginar este edificio en todo su esplendor.  Sus pisos lustrosos, el artesonado de sus techos, la belleza de las mujeres que lo habitan. El ruido que hacen los turistas me regresa a la realidad.

La explanada es una especie de mirador.  Desde allí la vista del paisaje es sobrecogedora. El sol atraviesa las nubes y los rayos caen sobre las aguas del mar como en una escena de película. No puedo menos que escuchar lo que afirma el guía de un grupo cercano… que fue por aquí, por Lindos, por donde el apóstol San Pablo entró a Grecia.

Lo recorro todo con parsimonia, paso a paso, degustando el placer de cada roca, admirando las transcripciones en las piedras, aprendiendo que es en esas transcripciones en donde se origina la palabra “crónica”. Y veo también los gatos, decenas y decenas de gatos de los más variados tamaños y colores, que habitan en este espacio.  Gatos silenciosos, casi invisibles, que asoman sus cabecitas por entre los recovecos de piedra, por entre las ruinas, gatos que me miran, que miran a todo el mundo con curiosidad, impávidos, como recordándonos que ellos y sus antecesores han estado ahí desde el principio de los tiempos y que saben cosas que nosotros no sabemos, que nadie sabe…

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