LA NOSTALGIA DE LISBOA

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Fotografías: SXC.hu (Banco de Imágenes)
Fotografías: SXC.hu (Banco de Imágenes)

Escribe: Carlos Andrés Quintero T.

Es miércoles 5 de junio de 2013. Estamos con Catalina en la estación de trenes de Santa Apolonia. Tras una mágica e interminable noche de fado y vino tinto que aún hace eco en nuestras cabezas, nos despedimos de Lisboa. Vacío y silencioso, el tren que nos llevará a Óbidos (la pequeña ciudad medieval amurallada) ya está en marcha. Su lentitud se hace cómplice de nuestras miradas que quisieran no desprenderse nunca de las imágenes y sensaciones de Lisboa. A nuestra izquierda, los últimos balcones y azulejos, carcomidos por el tiempo e imponentes en su nostálgica belleza. A la derecha, algunas grúas gigantescas clavadas en las aguas del Tajo, ese río que es historia de barcas y saudade.

Fotografías: SXC.hu (Banco de Imágenes)
Fotografías: SXC.hu (Banco de Imágenes)

El fado, ese género musical portugués, hermoso homenaje a la nostalgia y la fatalidad, fue una de las dos principales razones que despertaron desde hace varios años nuestro anhelo de conocer Lisboa. La otra, de igual magnitud, fue la poesía de Fernando Pessoa. Ambas se aliaron en nuestras mentes para elevar la capital lusitana a un imaginario poético que la realidad del viaje se encargó de corroborar. Nunca la expectativa de un viaje nos fue tan bien correspondida.

Su gente, sus calles, sus olores, sabores y sonidos, se amalgaman para producir una experiencia inolvidable. Lisboa seduce y envuelve, detona una relación intima con ella.

Su riqueza arquitectónica es innegable, pero el espíritu de esta ciudad radica en mayor medida en la cercanía de su gente. Si bien difícilmente se borren de la memoria el Castillo de San Jorge o el Monasterio de los Jerónimos, lo que quedará para siempre en el corazón del viajero es la natural inclinación de los lisboetas a conversar. Esto sin importar la edad. Los viejos no están ocultos en sus casas entregados al olvido, están como los jóvenes compartiendo con sus amigos al calor de un buen vino en los cafés o restaurantes de la ciudad.

Ninguna crisis económica, por más cruda que sea como la que hoy vive Portugal, opacará nunca el espíritu fraterno de los habitantes de Lisboa. Ellos cantan al dolor en el fado, pero eso no significa que sucumban a él. Son nostálgicos, pero no ceden a la derrota. Los días previos a nuestra llegada, el Benfica, el equipo de fútbol más glorioso de la ciudad, había perdido en dos semanas los tres títulos a los que aspiraba, en los últimos minutos de cada partido: el de la liga con el Porto, el de la Europa League con el Chelsea y el de la Copa de Portugal con el Vitória de Guimarães. Sin embargo, ni estos ni otros sinsabores por más que duelan, logran amargar el temperamento de los lisboetas. Su amabilidad es por sí sola una gran razón para visitar esta ciudad.
El rostro de Lisboa es europeo pero con un cierto aire latinoamericano.

Lisboa es el recuerdo de sí misma y el de otros lugares en los que el paso del tiempo se posa con encanto sobre las fachadas. Recorrer sus calles ha significado de alguna forma revisitar las paredes desgastadas de La Habana; escuchar de nuevo el sonido de las campanas que evoca alguna iglesia en una calle empinada en São Luís de Maranhão en el nordeste brasileño; trepar por las escaleras angostas y observar los tejados sobre el puerto como en Valparaíso; toparse con un olor que recuerda un poco a Buenos Aires.

Lisboa ha sido transitar sensaciones ya vividas, pero sin perder el peso del asombro y sin que se le arrebate su propia identidad poética.

cronica2

A Lisboa habría que volver y volver, y aun así, no alcanzaría el tiempo para beber del inagotable espíritu de barrios como Chiado, Baixa, Bairro Alto, Belém o Alfama. Las calles, los balcones, los techos, las paredes con sus azulejos, las iglesias, el río, el tranvía, se superponen en cada registro de la mirada, reúnen en una sola sensación a la alegría y la tristeza. En nuestro último día, nos adentramos en el laberíntico Alfama, el barrio del fado.

Hay que buscar, hay que preguntar, dudas incluso si sí encontrarás lo que buscas. Pero cuando das con ese lugar en el que las voces y las guitarras te envuelven en su melancólica belleza, querrás que la noche de Lisboa nunca termine y que no cese de prolongarse en tus sueños y en tus recuerdos.

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