Matrioskas: de Rusia para el mundo

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Escribe: Marcela Beltrán Gómez

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Colores brillantes, finos detalles en sus trajes y un rostro angelical que evocan los fríos paisajes siberianos, son la radiografía cultural de las Matrioskas.

Aquellas muñecas rusas, esas que están partidas a la mitad y en cuyo interior se encuentran pequeñas réplicas de ella misma cada vez más pequeñas, son hoy el producto de exportación cultural más popular de Rusia. Las Matrioskas, como se les conoce desde hace más de un siglo, además de ser un suvenir obligado para los viajeros, llevan consigo una alta carga simbólica sobre la fertilidad y la maternidad, incluso la leyenda de su creación está íntimamente ligada con el deseo de ser madre. El relato popular cuenta la historia de Serguie, un humilde carpintero que para acompañarse en su soledad talla a partir de un trozo de madera una muñeca que bautizó Matrioska, esta de repente cobra vida y un día pide al carpintero conceder su más profundo deseo, ser madre. Él, con la habilidad que lo caracteriza abre a la muñeca y extrae parte de la madera de sus entrañas para construir otra muñeca de menor tamaño, a la cual llamó Trioska. Ella, al igual que Matrioska, quiso ser madre y le pide al ebanista esculpir una réplica desde su interior.

Serguie accede y le da vida a Oska, una muñeca de las mismas características solo que más pequeña. Al igual que las dos anteriores, Oska pide sacar de su interior otra muñeca para no sentirse sola; al ver la poca madera que podía utilizar para su creación, Serguie crea a Ka, a quien además de pintarla de colores le dibuja un frondoso bigote, además de sellar su trabajo con estas palabras: “Tú eres hombre y no puedes tener hijos”. Posteriormente metió a Ka dentro de Oska, Oska dentro Trioska y Trioska dentro de Matrioska. A la mañana siguiente, sus creaciones habían desaparecido, y él continuó viviendo en soledad.

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Si bien las Matrioskas son hoy un símbolo ruso, la realidad es que se asentaron en tierras zarinas a finales del siglo XIX, procedentes de Japón, donde algunos artesanos elaboraban imágenes del dios Fukurukuju que en su interior contenía 7 divinidades relacionadas con la fortuna. Estas singulares figuras cayeron en manos de Savva Mamontov, un empresario y artista ruso quien pensó en un diseño de esta pieza con tintes moscovitas, no obstante fue Sergei Maliutin quien se puso manos a la obra en tallar y pintar las primeras Matrioskas. Su primer ejemplar, una niña que en su interior tenía 8 réplicas más pequeñas que alternaba entre niño y niña, sirvió como referencia para la posterior elaboración de estas artesanías, que en un principio se realizaron como juguete.

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Para 1900, estas pequeñas esculturas talladas en madera, deciden viajar a París, para participar en la Exhibición Universal, en donde gracias a su delicado trabajo artesanal cautivaron a los asistentes, convirtiéndolas en un objeto representativo de la cultura rusa; incluso durante la Perestroika, las muñecas dejaron a un lado sus dulces rostros femeninos para transformarse en políticos influyentes de aquellos años. Mijaíl Gorbachev, Leonid Brézhnev, Nikita Jrushchov, Iósif Stalin y Vladimir Lenin fueron inmortalizados por los artesanos soviéticos con sus trabajos, además de convertirse en un símbolo del comunismo para la región.

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En Rusia, muchas poblaciones trabajan en la elaboración de estas muñecas, pero es sin duda Semiónov, ubicada a más de 450 kilómetros al nordeste de Moscú, la que se roba todas las miradas, pues produce más del 60% de las Matrioskas de todo el mundo, convirtiéndolo en un epicentro artesanal ruso, sin importar que muchas de sus fábricas luzcan como si se viajara en tiempo 40 o 50 años atrás. El proceso de elaboración inicia con la elección de una buena madera para tallar, los expertos prefiere la tilia gracias a su flexibilidad y resistencia; una vez se hayan elegido los trozos aptos para tallar, una máquina se encarga de lijarlos para darles una textura más suave.

Luego con afiladas cuchillas dan forma a las muñecas, torneando así sus populares curvas. Para que las muñecas encajen sin problemas, primero moldean la parte inferior, con base en su diámetro elaboran la parte superior, que corresponde al torso de la muñeca. La magia de esta pieza decorativa es la precisión con la que encajan una muñeca dentro de otra, por tal motivo, siempre se inicia el proceso tallando la pieza más pequeña.

Una vez las Matrioskas finalizan el tallado, los artesanos recubren con almidón de papa las piezas de madera bruta en tres tandas para, posteriormente, pintarlas a mano. Con la precisión de una máquina, los pintores, que en su mayoría son mujeres, se reparten las labores para agilizar la producción de las muñecas, es decir mientras una pinta la base de color, otras se encarga del rostro y otra de los detalles que les dan vida a los trajes tradicionales de las Matrioskas.

Después de dejarla secar, se le aplica una laca natural para proteger la pintura y así darle el brillo que caracteriza estas artesanías.

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Es tal la importancia de estas muñecas en Rusia, que en Moscú existe el Museo de las Matrioskas, un espacio que alberga una amplia colección de estas singulares muñecas, incluyendo el Récord Guinnes, una Matrioska que en su interior contiene 50 muñecas de menor tamaño. Es tal el impacto de estas populares Matrioskas y su referente cultural ruso, que no han sido ajenas a las tensiones políticas que atraviesa su país con Ucrania, ya que en diversas ocasiones han sido utilizadas en carteles y folletos impulsando la campaña “No compres mercancías rusas”.

En estos, las muñecas aparecen vestidas con camuflados y portando armas en sus diseños.

Sin importar su verdadero origen o qué tanto las usen como imagen para boicotear su nación, las Matrioskas además de guardar pequeñas réplicas en su interior, son matronas de una tradición de más de 100 años, que las convierten en una artesanía que se mantiene viva en medio de las tundras siberianas.

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