MONTAÑITA: LA REINA DEL SURF

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Escribe: Alberto Morales

Bueno, si se trata de hacer este viaje formidable, usted debe tomar primero un vuelo a Guayaquil, el gran centro económico de Ecuador. Una ciudad que fascina y no se parece en nada a la que conocí 30 años atrás. Rodeada de montañas habitadas por barrios que hoy son de clase media, sus vías son rápidas, sus puentes eficientes, sus centros comerciales desconcertantes y su agitación cosmopolita (ya llega a los 2 millones 500 mil habitantes).

02-compressorSorprende la “americanización” del paisaje urbano en muchos de los sectores. Se observa en efecto una obsesión por copiar la puesta en escena de Miami. Las palmeras, la arquitectura, las características de algunos condominios. Es un boom que no alcanza a desdibujar la Guayaquil tradicional, pero es evidentemente una amenaza.

Aunque hay alternativas para llegar en avión, hicimos el recorrido por tierra. Fueron casi 180 kilómetros por la “Ruta del Sol”, una carretera formidable con todas las especificaciones, que ofrece un paisaje hermoso y variado, por la que viajar es un auténtico placer.

Da envidia el costo de los peajes y el costo de la gasolina. Son precios irrisorios en comparación con los nuestros. Un peaje en términos de centavos de dólar causa sensación.

Un poco antes de llegar a Santa Helena giras a la derecha, también puedes hacerlo al llegar a Ballenita, en ambos casos vas a poder conocer los avances en la infraestructura vial del Ecuador, porque aun entrándose en una carretera secundaria, también esta tiene todas las especificaciones y el viaje sigue siendo placentero.

La gran revolución que ha vivido ese país es una revolución de la infraestructura vial.

Vas a pasar por San Pablo, por Ayangue, por Manglar Alto, pequeñas poblaciones costeras parecidas a las nuestras, y llegas por fin a Montañitas, dos horas y media luego de haber salido.

ACABAS DE LLEGAR AL PARAÍSO TERRENAL

Se entiende bien la razón del nombre, pues se encuentra en una bella ensenada rodeada de pequeñas montañas.

¡Cómo ha cambiado!. En las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, Montañita era refugio de jóvenes surfistas de todo el mundo que se daban cita allí para regodearse con sus olas descomunales.

04-compressorEl poblado tenía un aire “hippy”, lleno de artesanos que vendían sus baratijas de cuero, tela y madera, y las cabañas eran precarias, sin luz eléctrica. Hoy es un centro turístico con una oferta hotelera competitiva. Sus calles han sido pavimentadas y sus restaurantes y artesanías tienen otra cara, más avanzada, más adecuada al turismo internacional, aunque conserva el uso de los materiales rústicos propios de la zona: madera y paja. Es un auténtico balneario.

Pero sus playas magníficas y blancas, sus olas desconcertantes, sus cielos soberbios, siguen siendo los de siempre, enriquecidos ya por las figuras despampanantes de turistas rusas o danesas que caminan como gacelas acompañadas de sus parejas musculosas y tatuadas hasta el infinito; o las cometas humanas arrastradas por botes rápidos que dan toques multicolores al paisaje.

Abril y noviembre son los meses preferidos por los turistas. Se hacen eventos de surf de carácter internacional y la rumba vibra por todas partes.

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Como sus calles son fundamentalmente peatonales, resulta normal que los recorridos se hagan en bicicletas. Hay muchas bicicletas, pero no estorban. Hacen parte del paisaje.

Otra sorpresa agradable es la música. Contrario a lo que podría pensarse por lo que significa el talante ecuatoriano y su cultura, en Montañita resuena en sus parlantes costeros la música tropical, el reggae truena en las esquinas, y los ritmos hippies se hacen sentir. Es un reflejo razonable de esa condición cosmopolita que genera el flujo de visitantes. Montañitas es otro mundo.

La oferta gastronómica es rica y variada. Hay de todo: desde la pizza rápida o la hamburguesa hasta el plato costero sofisticado e incluso comida gourmet internacional.

Como era de esperarse, en una de sus esquinas, a tres cuadras de la playa, hay una panadería exuberante y muy bien iluminada, que ofrece las delicias de los pasteles y panes colombianos. Un señor de Neiva llegó hace veinte años allí y se quedó con su horno y sus saberes en repostería… todo un suceso.

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