En busca del Cabo de la Vela

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Escribe: Beatriz Betancur

“Viajera del tiempo”

Situado en la misteriosa Guajira, al norte de Colombia, encontramos el Cabo de la Vela, hogar de la cultura Wayúu, que considera este territorio como su “tierra sagrada, donde moran sus ancestros”. El Cabo, como se le conoce, es un lugar desértico de privilegiada belleza, con playas color oro que abrazan un tranquilo mar esmeralda. En este pequeño paraíso se puede dormir en chinchorro, o hamaca, bajo un cielo estrellado. Quienes visitan el Cabo de la Vela saben que sus paisajes son imágenes instantáneas que se mantienen vivas en la memoria de los turistas.

Para disfrutar de este hermoso lugar, se debe llegar primero a Riohacha, capital del departamento de la Guajira. El arribo a esta ciudad puede hacerse por medio de dos rutas: una aérea, volando desde Bogotá hasta el aeropuerto Almirante Padilla, de la capital guajira; la otra, un viaje terrestre desde Santa Marta, tomando la Troncal del Caribe hacia Riohacha, en un trayecto por el que se pasa por verdaderas postales viajeras, como Palomino y Dibulla, que dibujan a lo lejos bellos acantilados. Una vez se llega a la ciudad, se toma la vía hacia Uribia, donde los viajeros de mochila compran víveres para continuar su trayecto hacia las paradisíacas playas del Cabo.

En el camino, se ve cómo el verde de la vegetación desaparece paulatinamente para abrirle paso al desértico paisaje, hogar de cientos de familias que habitan en rancherías a orilla de carretera. Paralela a la vía se divisa la carrilera, principal medio de transporte para el traslado de carbón desde el Cerrejón, una de las empresas extractivas más importantes del país.

Después de un largo recorrido por entre dunas, se asoma, casi como espejismo, el Cabo de la Vela, un lugar de hermosas  playas, de fina arena tostada por el sol, que invita a tumbarse en ella para disfrutar de la exuberancia del lugar. El mar de aguas cristalinas es aprovechado por bañistas que desean sumergirse para calmar el sofoco, producto de las altas temperaturas, que oscilan entre los 25 y 30 grados. Otros, en cambio, ven este lugar como el escenario perfecto para practicar kite surfing, una disciplina deportiva que consiste en mantener el equilibro sobre una tabla, mientras se sostiene una especie de paracaídas que se mueve de manera armónica, gracias a los fuertes vientos de la zona. “Es como si caminara sobre el agua”, cuenta, entre risas, un turista que observa con asombro.

Además de las cálidas aguas del mar Caribe que bañan estas costas, el Cabo de la Vela cuenta con pequeños tesoros que vale la pena conocer. Uno de los puntos más visitados es El Faro, una colina desde donde el sol todos los días se despide para darle paso al cielo estrellado que caracteriza al lugar. En este punto se divisa toda la majestuosidad del paisaje: a lo lejos, como verdaderos barcos fantasmas, se ven las embarcaciones llegar y salir del puerto, ubicado a unas cuantas horas de allí.

Hacia otra dirección, y a pocos minutos del casco urbano del Cabo, se encuentra el Pilón de Azúcar, una colina más pequeña, custodiada desde las alturas por un altar de la Virgen de Fátima. Al llegar a este punto, la vista es envidiable: desde su cima se ve el Parque Eólico, donde se produce energía por medio de molinos de viento, y Playa Dorada, un rinconcito de arena cobriza que brilla bajo el sol caribeño, y cuyo oleaje golpea con fuerza sobre las rocas que la rodean. Muy cerca del lugar se encuentra Ojo de Agua, una playa tranquila, con una especie de laguna bordeada por acantilados.

Pero la magia del recorrido está reservada para la noche, pues los viajeros que lo deseen pueden pernoctar en chinchorros en medio de las playas, arrullados por el mar; una de las mejores experiencias que se pueden vivir en este paraíso. De igual forma, existen viajeros que transitan la playa en medio de la oscuridad, alumbrando con linterna, pues alrededor de las 10 de la noche cortan el suministro eléctrico en la zona. La mayoría de hospedajes son réplica de las rancherías wayúu, cuyas paredes son fabricadas con palmas y cactus. Algunos de estos cuentan con casilleros para guardar las pertenencias, y unos cuantos poseen habitaciones privadas y con ventilador.

Para el disfrute gastronómico, existen restaurantes que ofrecen a los viajeros los platos tradicionales, como el pescado a la parrilla, la langosta fresca o la iguana guisada, acompañados de arroz con coco y patacones. Sin embargo, algunos prefieren probar el friché, un plato típico que consta de fritos de carne, vísceras y huesos de chivo. En la calle principal del Cabo se encuentra tiendas y bares donde los nativos venden jugos, agua y cerveza para calmar la sed de los caminantes, además de artesanías como mochilas, chinchorros, manilas, mantas, sombreros y sandalias, en gran variedad de colores.

En el Cabo de la Vela el paisaje habla por sí solo. Cada rincón de este lugar es un ejemplo de la tranquilidad y la belleza que transmite el departamento de la Guajira para el mundo.

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