Colombia, un país hecho cómic

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Escribe: Estiben Montaño

Cuando hablamos de cómic, casi siempre nos llegan a las mentes fortachonas tipo Hulk o curiosos personajes como Mafalda, importantes íconos de esta corriente narrativa que fusiona ilustraciones y diálogos. Pero, en Colombia, ¿cuál es el personaje hecho cómic que nos representa? A decir verdad, hay bastantes iniciativas, construidas, en su mayoría, a partir de nuestra cultura y nuestra idiosincrasia.

Los pioneros de la historieta en Colombia reconocieron el potencial para narrar historias de manera alternativa, y, gracias a la influencia que llegaba de EE.UU. y Europa, lograron marcar el inicio de este fenómeno. En enero de 1924 se publicó, en el diario vespertino El Mundo al Día, Mojicón, una adaptación del cómic norteamericano Smithy, de Walter Berndt del Chicago Tribune. Este chiquillo, creado por Adolfo Samper, reemplazaba “Need help, boys?” por “¿Necesitan ayuda, chaticos?”, y se convirtió en la primera tira cómica del país que retrató a Bogotá y a los cachacos. La publicación duró hasta 1938, cuando el periódico entró en declive por la crisis de la gran depresión, y desapareció sin razón el mismo año.

Pero solo sería hasta 1952 que el país conocería al personaje más representativo de Samper, Don Amacise, un tinterillo oportunista de corte satírico que se paseó por el semanario Sábado, e incluyó en sus historias a personajes de la agenda pública, como Laureano Gómez y Julio César Turbay, entre otros. Posteriormente sería una solterona bogotana, de nombre Misiá Escopeta, el mamarracho predilecto de Samper, y el más costumbrista de sus creaciones.

Por ser una alternativa versátil, las historietas también tuvieron usos educativos e institucionales. En 1933, la reforma educativa marcó el inicio de Chanchito, el boletín ilustrado para niños que recibió su nombre de uno de los personajes de Rafael Pombo, al igual que Rin-Rin, la revista infantil del Ministerio de Educación de la época, que en 1936 acompañó a los más chicos con canciones, fábulas y cuentos, pero sin historietas.

Es qui aquí en Bogotá se le dice doptor a cualquier pendejo”, rezaba Copetín, el popular gamín creado por Ernesto Franco, y que mostró a Bogotá en los años 60 con sátira social, humor negro y un lenguaje mal hablado. El personaje fue inspirado a partir de un habitante de calle que, en busca de dinero y comida, visitaba al caricaturista al restaurante que administraba; luego se convertiría en la tira cómica más significativa del país, según los críticos. Los dichos populares y los líos de ciudad se mostraban en el sector de Chapinero, uno de los tantos escenarios de este holgazán que pasó por El Tiempo, El Espectador y la revista Vea, por cerca de 30 años.

A partir de las tiras cómicas se puede contar la historia y apelar a la memoria de los lectores, una premisa a la que le apostó el caleño Ricardo Potes en los años 70, con Soldados Zona Bananera 1928, un trabajo de grado inspirado en el libro La casa grande, de Álvaro Cepeda, que narraba la masacre de las bananeras, la tragedia de Ciénaga, Magdalena. Y un ejemplo más actual es el de Los once, una novela gráfica que publicó Laguna Libros en 2014, y que relata la toma del Palacio de Justicia a través de una metáfora, con animales como protagonistas, al mejor estilo de Rebelión en la granja, de George Orwell, y Maus, de Art Spiegelman, la primera novela gráfica en ganar un premio Pulitzer.

El experimento de Mundo al Día de incluir personajes animados en sus publicaciones vendría a ser una constante en los años 70, la década de auge de los cómics en la prensa. El Tiempo publicaba en ese entonces Calarcá, de Carlos Garzón, las aventuras del cacique jefe de la tribu de los Pijaos. Además, organizó un concurso de “monos”, en el que sobresalieron las tiras cómicas Aprenda a dibujar, del maestro Umaña, y Clubman, de Ugo Barti. El Espectador hizo lo propio en sus páginas, con La Gaitana, de Serafín Díaz; y El Colombiano, con Los Invasores, de Elkin Obregón.

Pero sería la Ley 23 de 1993, mejor conocida como la Ley del Libro, el antecedente que marcaría un antes y un después en el cómic nacional, ya que reducía las historietas al nivel de la pornografía y los juegos de azar, lo que ocasionó que su producción costara un 30% más frente a otro tipo de literatura.

Solo fue hasta 2013 que un fallo del alto tribunal de la Corte Constitucional reconoció, por fin, su valor artístico, cultural y pedagógico, y les otorgó los beneficios tributarios del resto de la producción literaria del país. Y un año después, el consumo de novelas gráficas aumentaría, gracias a la popularidad de las series de televisión extranjera que se desprendieron de los cómics.

En las décadas recientes, estos relatos se mudarían a otros espacios diferentes a la prensa, como el internet y las editoriales independientes, medios fundamentales para la producción, difusión y crecimiento del cómic, como es el caso del Museo Virtual de la Historieta Colombiana, un sitio web que estudia el tema desde el año 2000. También está El Globoscopio. 

Com, un colectivo de historietistas que incentivan este arte desde 2010 en el país. Y a nivel internacional, es la revista Larva la encargada de enfrentar lo mejor de la escena latina independiente con los demás exponentes del mundo.

Así como hay diferentes medios de difusión para los dibujos, también tenemos eventos exclusivamente para mostrar lo mejor del universo gráfico, como el festival Entreviñetas, la plataforma que desde el 2010 promueve la lectura y el diálogo sobre estas expresiones creativas y culturales. Además, Colombia, así como otros países del mundo, celebra una vez al año la Comic-Con, la convención más importante del entretenimiento y la cultura pop.

Como si fuera poco, y para tener una experiencia más cercana a las tiras cómicas, la biblioteca Luis Ángel Arango lanzó en 2010 el Club del Cómic, un espacio de creación, experimentación y aprendizaje para curiosos y nuevos narradores. La novela gráfica es un tipo de historieta de aspiración literaria en formato de libro, y nuestro exponente más reciente es Virus Tropical, la tira cómica autobiográfica de Paola Gaviria, que fue llevada al cine en 2017, siguiendo los pasos de la francoiraní Persépolis, de Marjane Satrapi.

Y no podía faltar el héroe nacional de tinta, Pipatón, el Cacique de la etnia de los Yariguíes que defendería la libertad de su pueblo frente a los españoles. Un proyecto gráfico de historia dirigido a los niños, y llevado a las páginas por Eder Villa para el programa Amar la lectura, de Barrancabermeja.

Y es así como se han llevado a cabo los trazos en nuestro país, mostrando los diferentes rincones de Colombia, abordando una rica diversidad de relatos, extendiendo su difusión cada vez más a los distintos canales populares y alternativos, y generando espacios para que aprendamos de este universo, que aunque es de origen extranjero, logramos plasmarlo a nuestra manera criolla: sin capas ni superpoderes, sino con personajes como la vecina, el habitante de calle y los representantes más hilarantes de nuestra cotidianidad.

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