La inteligencia artificial: amigos y detractores

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Escribe: Alejandro Rojas

Estamos en la era del internet de las cosas. La gente se emociona con los múltiples artilugios que surgen cada día para que la vida en el hogar sea más fluida: a una instrucción de voz, enciendes o apagas las luces, escuchas la música que deseas, haces café, ordenas la limpieza.

La palabra “inteligencia” se ha incorporado como un adjetivo cotidiano que define las propiedades de las máquinas: carros “inteligentes”, neveras “inteligentes”, casas “inteligentes”, oficinas y edificios “inteligentes”.

La robótica se abre paso y, a través de las redes sociales, se difunden videos de vigilantes, meseros, aseadores, mascotas y operarios que son realmente robots, dotados de la “inteligencia” necesaria para cumplir este tipo de labores.

Es conocido el sueño de los creadores de Google, Larry Page y Sergey Brin: la invención de un algoritmo perfecto capaz de interactuar con todas las características cognitivas de un ser humano.Una máquina capaz “de conocer hasta límites insospechados las reacciones de un ser humano”.

Recientemente unos científicos se ufanaban de haber puesto a prueba una conversación frente a un nutrido grupo de periodistas. La conversación era entre una funcionaria de servicio al cliente y una señora que hacía una solicitud. La conversación fue tan fluida, tan “humana”, tan llena de matices, que fue imposible para los asistentes descubrir quién de las dos interlocutoras era un ser humano y quién una máquina.

Nicholas Carr es un científico social que se ha dedicado a levantar una voz de alerta frente a este fenómeno, y es un severo crítico de lo que está ocurriendo con la internet y sus efectos en el pensamiento. En su libro Superficiales se pregunta: “¿Qué está haciendo la internet con nuestras mentes?”. 

Fundamentado en la denominada “plasticidad del cerebro”, demuestra cómo el entorno modifica en efecto nuestros mapas neuronales, y la exposición y uso de la internet nos aleja cada vez más del ejercicio del pensamiento. Nos hemos vuelto elementales, resignamos en las máquinas el ejercicio de la memoria (ya nadie hace ningún esfuerzo por recordar un teléfono o una dirección), de manera tal que degeneramos en ser “una sociedad desconcertada, incapaz de generar pensamiento puro e innovador, y, lo que puede ser infinitamente más negativo, que el ser humano se convierta en esos seres que acompañan a los cybors que aparecen en el lme de Mamoru Oshii, Ghost in the Shell: meros acompañantes de máquinas con interfaces humanos, auxiliares emocionales de la inteligencia artificial que, originariamente, debería haberlos auxiliado, y que, en el tiempo, habrá terminado por dominarlos”, asegura Carr en su texto.

Una voz autorizada que proviene de la entraña misma de las nuevas tecnologías, Elon Musk, el fundador de Pay Pal, el de la compañía de vehículos eléctricos Tesla, tiene una visión crítica sobre la inteligencia artificial que se sintetiza en esta frase célebre: “Es como esas historias en las que alguien convoca al demonio. Siempre hay un tipo con un pentáculo y agua bendita convencido de que así podrá controlarle, claro, no funciona”, señala.

En un reciente artículo del periódico digital especializado en tecnología AM, se insiste en esta visión: “Musk asegura que las cosas van demasiado rápido, y que por eso la IA es una tecnología que puede resultar tan peligrosa como los maletines nucleares.

En el coro de los agoreros del apocalipsis artificial destaca la voz del filósofo británico Nick Bostrom, de la Universidad de Oxford, que compara nuestro destino con el de los caballos, cuando fueron sustituidos por los automóviles y los tractores. En 1915, había en EE. UU. unos veintiséis millones de estos equinos. En la década de los cincuenta, quedaban solo dos millones. Los caballos fueron sacrificados para venderse como comida para perros. Para Bostrom, la IA supone un riesgo existencial para la humanidad comparable con el impacto de un gran asteroide o el holocausto nuclear.

Hay un consenso en el sentido de que estas nuevas tecnologías contienen beneficios innegables, pero ofrecen también amenazas innegables. La vigilancia no basta. Es necesario recobrar el pensamiento, la reflexión, trabajar en el desarrollo de un auténtico humanismo, abogar por la reconstrucción de la ética, apelar a todo ese legado humanístico ancestral que circula por nuestras venas, que está en nuestro ADN, que se ha forjado a través de millones de años, y que, a no dudarlo, se constituirá en la herramienta fundamental de nuestra sobrevivencia como especie.

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